sábado, 22 de abril de 2017

Ahora sé el precio que cuesta cuidar de los muy viejos

Janna y Maudie poco o nada tienen en común.

Janna, una mujer madura pero aún atractiva, dedica todos sus esfuerzos a una actividad profesional que en apariencia le permite realizarse; Maudie, una viejecita encorvada por los años y los sacrificios, se mantiene viva gracias al orgullo indomable que a menudo malogra sus relaciones con el Mundo.

Nace así una relación de amistad que descubre el lazo común entre las dos: una ternura secreta, tímida, y casi indecible que busca explayarse.

Aquí nadie sueña con permanecer casado durante un segundo, después de que uno ha dejado de pasarlo bien.

Así que usted es la Buena Vecina de Maudie? Estaba decidida a no dejar que a Maudie le estafaran la única amiga verdadera y propia, dije: —No, no soy una Buena Vecina. Soy amiga de Maudie. Ahora ya hace tiempo que nos conocemos.

Así la familia de Maudie le robó finalmente su logro, una verdadera amiga suya, alguien que la quiere. Porque quiero a Maudie, y no podía soportar tenerla sentada a mi lado, temblando, lloriqueando. Le dije: —Maudie, usted vale más que cien de éstos y estoy segura de que siempre ha sido así.

Ahora lo veo de una manera distinta a como lo veía mientras lo estaba viviendo.

Si perdiera mi empleo, no me quedaría mucha vida propia.

Hay que saber dejar que las cosas ocurran.

Ahora sé el precio que cuesta cuidar de los muy viejos, los desamparados.

Como siempre, los padres eran como apéndices a la escena de los cuatro hijos, que no les dejaban acabar ni una conversación si tenían la temeridad de iniciar alguna, o hablaban entre sí de un lado a otro de la mesa y se comportaban exactamente como si Georgie y Tom fueran unos útiles criados que podían tratar a su antojo.

¡Hacemos nuestra elección mucho antes de lo que creemos!

Con qué alivio di la espalda a esta escena de feliz vida familiar contemporánea y me dirigí a la puerta.

El cambio ha venido creciendo en el interior.

Hay ocasiones en que no puedes ir con prisas.

Me gusta cuando sus vivaces ojos azules brillan y ríen: me gusta cuando mira así porque olvido a la anciana y puedo verla fácilmente como era.

Escupía palabras, palabras, palabras. De repente comprendí que estaba hipnotizada. Se había autohipnotizado. Me interesó esta idea mía y al preguntarme cuántas veces nos hipnotizamos sin saberlo.

En tiempos difíciles necesitamos divertirnos.

Cuánto adoro el festín de posibilidades que siempre es esta ciudad. Pero no lo supe hasta que tuve tres largas y encantadoras semanas, para mí sola, largos días de primavera, para que me complaciera en ellos. De repente, me vi rodeada de océanos de tiempo. Comprendí que estaba viviendo el tiempo como lo viven los ancianos, o los muy jóvenes. Me podía sentar sobre el muro de un jardín y contemplar la actividad.

Sé demasiado bien por qué necesitamos embellecer nuestra historia. Resultaría intolerable tener el peso pesado de la verdad, todo sombrío y doloroso.

No eres vieja si tienes el corazón joven.

Mirada triunfante

Me entretenía con las mismas historias, porque se le han acabado los recuerdos.

Pobreza raída, pero valiente.

No lo aceptaron, cruzaron miradas sobreentendidas. Le lanzaban en voz alta preguntas protectoras a Maudie, como si se tratara de una medio tonta; y ella allí, entre ellos, con sus mejores galas, la cabeza que le temblaba un poco, desafiante y culpabilizada y, obviamente, indispuesta, pero intentó afrontar esta presión realmente horrible, que la hacía parecer ridícula y estúpida.

Crueldad descuidada.

Empecé a verlo todo a través de los ojos de Maudie.

Cuánto toleramos en la gente sin llamarlos nunca locos.

Nada de lo que sucede se acerca a la realidad, todo es una horrible farsa, porque no le puedo decir: Maudie, tiene cáncer. Pienso en mi madre, pienso en Freddie. Me despierto de noche y me pregunto, ¿cuál es la diferencia, que aquella gente pudiera decir, tengo cáncer, pero Maudie no pueda? ¿Educación? ¡Tonterías! En ningún momento antes de que mi madre, de que mi marido murieran perdieron contacto con lo que estaba pasando. ¡Era yo quien había perdido contacto!

No me convertiré en una desastrada, no lo haré. La trampa de la vejez.

Si ya no puedo preocuparme por mi estilo, que exige tiempo, complicaciones, detalles, pensaré en algo inteligente, en un compromiso.

Deseo comunicarme, aunque sólo sea momentáneamente, con la auténtica Maudie. Pero se ha encerrado en su rabia, sus sospechas: y desde esta prisión, contempla aquella horrible sonrisa encantadora que siento que toma forma en mí cara cuando entro allí.

Esta Janna que visita a Maudie cada día, una hora, dos horas, tres (aunque nunca el tiempo suficiente, porque siempre se siente rechazada cuando me voy), no es la Janna que se negó participar cuando su marido, su madre, murieron.

Cuando te comprometes con los infinitamente indigentes, se supone que aceptas la carga de la culpabilidad. Necesitan mucho: les puedes dar muy poco.

Soy amiga (más que esto, quiero creer) de Maudie, sólo porque decidí serlo. Lo decidí. Por lo tanto, funciona. Si aceptas libremente hacer algo, entonces no resulta absurdo, por lo menos para ti.

Lo que pienso cuando me encuentro aquí, sosteniendo la mano de Maudie, es que debería estar en una familia numerosa y cariñosa, que fuera como una red de goma que se puede estirar por aquí o por allá para encajarla a ella, pero esto es una tontería. También me digo que se merecía ser una niña inteligentemente querida por sus inteligentes padres y que su madre no tenía que morir cuando ella tenía quince años, y que tenía el derecho de haber sido una persona feliz, sana, próspera durante toda su vida.

Ha habido nunca lugar mejor que un hospital para las cosas no dichas, no habladas, para que la gente se comprenda sólo con una mirada.

En el pasado temía tanto la vejez, la muerte, que me negaba a ver gente anciana por las calles... no existían para mí. Ahora, me paso horas en aquel pabellón y miro, me maravillo, me hago preguntas y me asombro.

Tiene una cara dulce y penetrante con los ojos llenos de vida. Porque mira cuanto la rodea, no se pierde nada, sonríe para sus adentros cuando sucede algo agradable o divertido.


La necesidad de quienes los contemplan, los familiares próximos, los más cercanos y queridos, es que el pobre paciente muera lo antes posible, porque la tensión es demasiado horrible. Pero, posiblemente no sea tan horrible para quien se está muriendo como para quienes lo contemplan.

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