domingo, 29 de abril de 2018

No y Yo

Voy a hacer un retrato del itinerario de una joven sin techo, de su vida, esto…, de su historia. Quiero decir…, cómo es que se encuentra en la calle.

Voy a entrevistar a una joven sin techo. La conocí ayer, y ha aceptado.

Bajo sus tres chaquetas imaginé un secreto, un secreto clavado en su corazón como una espina, un secreto que no había revelado a nadie. Sentí ganas de estar cerca de ella. Con ella.

Al mismo tiempo me había parecido que conocía de verdad la vida, o más bien que conocía algo de la vida que daba miedo.

Intento sonreír, para parecer natural, pero no hay nada más difícil que parecer natural cuando precisamente se está pensando en ello.

Sé reconocerlo, entre otras cosas, el tono de voz cuando lleva mentira en su interior, cuando las palabras dicen lo contrario de lo que se siente, sé reconocer la tristeza de mi padre, y la de mi madre, como el mar de fondo.

Aún hoy, cuando dejo vagar mi imaginación, cuando no vigilo el camino que toman mis pensamientos, cuando mi cabeza divaga porque me aburro, cuando a mi alrededor el silencio se prolonga, vuelve el grito y me rasga el vientre.

En la calle no hay amigos.

La energía que gasta para tener un aspecto normal.

No puede permanecer varios días seguidos en el mismo sitio. Eso forma parte de su vida. Asentarse. Volver a marcharse. Evitar riesgos. En la calle existen reglas, y peligros. Mejor no hacerse notar. Bajar los ojos. Fundirse con el paisaje. No invadir el territorio del vecino. Evitar las miradas.

Había tanta violencia en su mirada

Me describe sus días, lo que ve, lo que oye, escucho con los oídos bien abiertos, y eso que mis orejas son grandes, apenas me atrevo a respirar. Es un regalo que ella me hace, estoy segura, un regalo a su manera, con su eterna mueca de disgusto, esa expresión asqueada y esas palabras tan duras que dice a veces, apártate, déjame en paz o ¿pero qué te has creído? (es una pregunta sin serlo, que se repite a menudo, como si me dijera: ¿En qué crees tú, en qué crees, crees en Dios?). Es un regalo que no tiene precio, un regalo difícil de llevar por el miedo que tengo a no ser digna de él, un regalo que modifica los colores del mundo, un regalo que pone en cuestión todas las teorías.

Me sonríe con una sonrisa auténtica que viene de dentro, no una sonrisa de fachada que esconde las grietas

A veces el azar obedece a la necesidad.

Y si decidiésemos enfrentarnos a lo que se hace y lo que no se hace, y si decidiésemos que las cosas pueden ser de otro modo incluso si es muy complicado y siempre más de lo que parece.

Las cosas pueden ser de otro modo, así que lo infinitamente pequeño puede volverse grande.

No hubo interrogatorio, ni desconfianza, ni duda, ni marcha atrás. Me siento orgullosa de mis padres. No han tenido miedo. Han hecho lo que debían.

El problema son los peros, precisamente, pero con los peros no se hace nunca nada.

Por la noche, cuando estamos a la mesa, sorprendo la mirada de mi padre sobre ella, esa mirada incrédula y tierna, y al mismo tiempo cargada de inquietud, como si todo eso, tan misterioso, pendiese de un hilo.

Con Lucas inventamos para ella días mejores, azares bienhechores, cuentos de hadas. Ella escucha sonriendo, nos deja contarle otra vida, Lucas es un genio para eso.

A mi madre le importan un rábano las cosas de la dietética y la buena salud, tiene otros problemas contra los que luchar.

Ciertos secretos son como fósiles y la piedra se ha vuelto demasiado pesada para darle la vuelta.

¿Sabes? Las cosas de padres e hijos son siempre complicadas.

El insomnio es la cara oculta de la imaginación. Conozco esas horas negras y secretas.

Hay días en los que nos damos cuenta de que las palabras pueden llevarnos por una peligrosa pendiente y hacernos decir cosas que más vale callar.

Una mirada muerta. Pensé en todas las miradas muertas de la tierra, millones, privadas de brillo, de luz, miradas perdidas que no reflejan nada más que la complejidad del mundo, un mundo saturado de sonidos e imágenes, y sin embargo tan indefenso.

Atmósfera, que se ha espesado.

En la vida no existe nada, no hay títulos, ni pancartas, ni señales, nada que indique atención: peligro, derrumbamientos frecuentes o desilusión inminente. En la vida estamos solos frente a nosotros mismos, y tanto peor si todo está roto.

No hay que esperar cambiar el mundo porque el mundo es mucho más fuerte que nosotros.

La vida no es más que una sucesión de pausas y desequilibrios cuyo orden no obedece a ninguna necesidad.

Aspecto de estar lejos.

¿Es la vida la que se aleja de los carteles o los carteles los que son insolidarios con la vida?

Lo difícil que es encontrar las palabras adecuadas, las que pueden ilusionar, las que consuelan.

Antes de conocer a No, creía que la violencia estaba en los gritos, en los golpes, la guerra y la sangre. Ahora sé que la violencia también está en el silencio, que a veces es invisible a la simple mirada. La violencia es ese tiempo que cubre las heridas, el encadenamiento irreductible de los días, esa imposible vuelta atrás. La violencia es aquello que se nos escapa, calla, no se muestra, la violencia es aquello para lo que no hay explicación, eso que permanecerá opaco para siempre.

Las palabras estaban por debajo del momento, de su gravedad, las palabras no podían expresar ni la necesidad ni el miedo.

Pensé en los efectos secundarios de la vida, aquellos que no se indican en ningún prospecto, en ningún manual de instrucciones. Pensé que también allí estaba la violencia, pensé que la violencia estaba en todas partes.

Algo acababa de pasarme que me había hecho crecer. No tenía miedo.

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