viernes, 11 de mayo de 2018

Rosa Montero; La Carne


Rosa Montero; La Carne.

La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.

Demasiada ira es como demasiado alcohol, produce una intoxicación que te hace perder lucidez y criterio.

Iba a cumplir sesenta años. Redondos y pesados como una sentencia.

A los triunfadores de clase media siempre les encantaban las niñas ricas.

Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura —soltó de repente Soledad—. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.

La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa y a menudo el interesado era el último en enterarse, como los cornudos del teatro clásico.

Te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar.

Como si algo chirriara levemente.

Poseía muchas cosas pero no le servían de nada, porque sus carencias pesaban mucho más.

Mientras el miedo engordaba dentro de ella

La vejez era cara.

¿Cuándo se cerró su destino de ese modo?

Con el tiempo había empezado a encenderse en su cabeza la locura del amor, del deseo de amor. Sin eso, sin esa llama iluminando los días, su vida le parecía vacía, tediosa e insensata.

Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo se nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones.

la existencia misma es un viaje, así que no hace falta tener que coger un coche o un avión ni trasladarse a otra ciudad para ser rehén de toda esa parafernalia protésica.

A cierta edad, plantearse hacer el amor con alguien exigía una planificación

A veces le había tenido bebiendo sus palabras

Si tan sólo fuera un poco menos cobarde y se atreviera a escribir un libro…

Según Freud, lo siniestro es la irrupción del horror en lo cotidiano.

Las coincidencias eran siempre inquietantes

Había tenido el tiempo y la oportunidad de ser madre

Conseguir integrarte en tu edad

Ella quería mucho más, quería cariño y cotidianidad y compañía y pareja,

Una incómoda distancia de extraños se había instalado entre ellos: como si, más allá del sexo, todo fuera un desierto.

Uno no debe plantear cuestiones cuya respuesta tema conocer.

Era como si, al perder la ilusión embellecedora de la pasión, quedara al descubierto la acongojante realidad. Las roñosas bambalinas tras el decorado.

Si ella hubiese sido menos ansiosa; si hubiera dejado que la relación creciera naturalmente, quizá habrían terminado haciéndose novios, casándose, teniendo hijos. Ah, esas otras infinitas vidas posibles que se abrían como la cola de un pavo real en torno a nuestra existencia, todas esas modificaciones de nuestro destino que podrían haber tenido lugar con tan sólo variar un pequeño detalle. De hecho, tal vez hubiera ocurrido así en otro mundo.

Uno de los espejismos más extendidos es el de pensar que nosotros no vamos a ser como los otros viejos, que nosotros seremos diferentes. Pero luego la edad siempre te atrapa y terminas igual de tembloroso, de inestable y babeante.

El tiempo tictaqueaba inexorable..



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