miércoles, 1 de agosto de 2018


Amelie Nothomb; La nostalgia feliz

Todo lo que amamos se convierte en una ficción.

Nunca se me ocurrió deslizar lo falso dentro de lo verdadero, ni disfrazar lo auténtico con apariencias de falsedad.

Lo que has vivido te deja una melodía en el interior del pecho: ésa es la que, a través del relato, nos esforzamos en escuchar. Se trata de escribir este sonido con los medios propios del lenguaje. Esto implica recortes y aproximaciones. Podamos para desnudar la confusión que se ha apoderado de nosotros.

Cuando una historia es tan perfecta, uno teme no estar a la altura en el futuro. Me asustan los reencuentros. Los temo tanto como los deseo.

Esta pulsión de aniquilación de uno mismo tiene una potencia demencial.

Nunca me he dejado vencer por ella, pero la he experimentado miles de veces, sin que ninguna explicación haya logrado convencerme.

Este lugar común me deja el corazón a la intemperie.

El Apocalipsis es cuando ya no reconoces nada.

Natsukashii designa la nostalgia feliz —responde ella—, el momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura

No añada un retraso a la ofensa que le infligió hace veinte años.

Me irrita que otros se permitan llegar tarde y sin embargo no considero que deban ser ajusticiados. Sólo mi retraso merece la muerte.

La única explicación que he encontrado para justificar mi patología es mi pertenencia a la especie aviar: los pájaros nunca se retrasan en sus migraciones, ni en sus puestas. En cambio, a veces sí llegan antes de tiempo. Por desgracia, cuando les sugiero esta hipótesis a los anfitriones, consternados por que ya haya llegado, se parten de risa.

La profundidad de nuestro silencio da fe de nuestro grado de comprensión.

No hay futuro para lo que es únicamente poético

Basta con recordar la prodigiosa frase de Colette: «París es la única ciudad del mundo en la que no es necesario ser feliz».


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