domingo, 31 de enero de 2021

Luis Landero; Lluvia fina


Para Alejandro, mi queridísimo hijo, mi filósofo valiente. Siempre en el corazón.

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Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar.


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Siempre, los relatos o las palabras que vuelven de los oscuros ámbitos de la memoria llegan en son de guerra, cargados de agravios, y ansiosos de reivindicación y de discordia.


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La dimensión teatral de las palabras que a veces son más persuasivos que ellas mismas, y las sobreviven en la memoria, de modo que a menudo no sabemos con seguridad si estamos recordando las frases o más bien su puesta en escena, el repertorio de ademanes que las acompañaban, las sonrisas, las miradas, las manos, los hombros, las pausas, el secreto parloteo del silencio y del cuerpo.


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A ella todos le cuentan, todos la quieren, todos le agradecen su comprensión, su manera tan dulce, tan consoladora de escuchar.


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Tan presta al asombro.


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Pensaba que la felicidad se aprende, y ese sería el primer oficio que tendríamos que aprender de niños, como también se ha de aprender a convivir con los contratiempos que nos manda el destino, y que la primera lección de todas consiste en aligerar el alma para poder flotar sobre la vida.


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Y los dos se internaron en el futuro como en un bosque encantado donde acechaban multitud de peligros, él delante, llevándola de la mano para protegerla de cualquier amenaza, como si fuese una niña o una criatura inerme, algo precioso y frágil que había que conducir con enorme cuidado, y de esta forma y paso a paso, he aquí que ya llevaban veinte años avanzando por aquel camino, pero sin llegar nunca a ninguna parte, cada vez más erráticos e incrédulos, y ya perdido definitivamente el norte de la felicidad.


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La madre se casó con el padre como hubiera podido casarse con otro, con cualquiera, porque ese era su destino de mujer, casarse con un hombre, qué importa cuál.


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Recuerdos rescatados a última hora del olvido.


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Yo creo, Aurorita, que aquellas historias nos infantilizaron para siempre.


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Nos quedamos todos cautivos en la niñez.


2

Recuerdan la época del padre como el paraíso del juego y de las risas, y del vivir confiado y feliz.


2

Se conforma con las pequeñas verdades que en su aluvión arrastran consigo las apariencias. Pero siempre ha intuido que los relatos no son inofensivos, y menos aún cuando se entrelazan como en una rebatiña de perros donde todos se disputan a dentelladas los magros huesos de la verdad. Mejor no hablar, mejor no remover las aguas siempre voraginosas del pasado.


3

En todas las familias hay mentiras, y también en el amor y en la amistad, entre otras cosas porque para convivir es necesario que cada cual tenga sus secretos —y aquí Gabriel elevó el tono y se puso en plan doctrinal—, y es que en gran parte somos nuestros secretos. El perro su pan escondido, el pájaro su nido, el zorro su cubil, el cura los pecados de sus feligreses, el mandatario los secretos de Estado, los enamorados el trémulo fervor de sus miradas a hurtadillas de los demás. No hay nadie que no se lleve un secreto a la tumba, y no hay mayor gloria para un secreto que morir sin haber sido desvelado. La sinceridad, llevada al fanatismo, solo puede conducir a la destrucción. Y, además, ¿para qué remover ahora el pasado? Las aguas del pasado siempre bajan turbias y, lo que es peor, enturbian también las del presente.


4

Salieron huyendo hacia el futuro como una estampida de ganado que agita los cencerros.


5

Silencio posapocalíptico, empezó a manar el hilo incierto de una queja que nadie, y ella menos que nadie, logró entender de dónde salía.


5

Los recuerdos arden dentro de mí.


7

Es tremenda. Siempre tiene la escopeta cargada. No hay palabra o silencio a los que no le saque punta.


7

Siempre sale ganando, ya sea como víctima o como triunfadora.


7

La inocencia nos absuelve de nuestros errores.


7

Y dejamos que las palabras, por su propio peso, se hundiesen en el silencio.


7

Deberíais descansar del pasado, dejar de darle vueltas.


8

Tenía un modo triste de ser, sí, pero era una tristeza inofensiva y compatible con cualquier ilusión.


8

Caminos simbólicos de la vida y del tiempo.


8

Escucha el relato que le va contando su memoria, retazos del pasado que no sabe cómo armar para darles un sentido, una unidad, algo que la ayude a entender cómo ha sido su vida y qué puede esperar ahora del porvenir. Si tuviese a alguien a quien contarle sus recuerdos, una Aurora que la escuchara y acogiera con gusto sus palabras, quizá lograra comprender algo, o al menos desahogarse y aliviar esta pena que desde hace ya tiempo la carcome por dentro. Mira los dibujos a todo color que hay colgados en las paredes. «También los niños tienen sus historias y las cuentan a su manera, con sus trazos y sus frases mal hechas», piensa, y cierra los ojos para contener la emoción y la punzada de dolor que le producen tanta inocencia y tantas ganas de vivir expuestas a los desafueros del mundo y de los años.


10

Todos tenemos dentro un montón de palabras que son como fieras enjauladas y hambrientas que están rabiando por salir a la luz.


11

Las asperezas y soledades de este mundo.


 

 

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