jueves, 14 de noviembre de 2019

Ida Hegazi Høyer; Perdón


La primera vez que te vi, acabé completamente desnuda.

Yo te vi primero. Estuve un buen rato mirándote. Eras lo más hermoso que había visto en mi vida.

También la piel tiene un lenguaje.

Nos habíamos mudado al interior del otro. Nunca había estado tan orgullosa ni me había considerado tan afortunada.

¿Habéis dormido bien?, preguntaba y siempre resultaba igual de incómodo responder que sí.

La naturaleza, es lenta y se recrea, no como nosotros, los humanos, con nuestros trajes de camuflaje, nuestros señuelos fumigados y esos aparatos que supuestamente eternizan.

Lo peor del sufrimiento, que devora su propio sentido y saquea toda integridad. Y aunque aún supiera poco sobre el dolor, el tormento o el suplicio, al menos entendía lo suficiente para comprender que era ahí, precisamente ahí, donde adquiere su rostro el amargo.

Pero ésta no es una de esas historias. Ésta es tu historia, tu relato, mi versión. ¿Y cómo de inverosímiles pueden llegar a ser los límites antes de desdibujarse? Una cosa he aprendido, nunca llegan a ser lo bastante inverosímiles. En la realidad no hay fronteras reales. En la realidad nos vemos forzados a tomar sendas muy distintas, a adoptar formas muy diferentes de realismo. Como, por ejemplo, en la comedia y la tragedia, ¿no es acaso lo mejor y lo peor cuando aquello que no puede resolverse, de todos modos, se resuelve en algo absolutamente general y absolutamente impensable?

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