sábado, 9 de enero de 2021

Jose Ignacio Carnero; Ama

I

La vida, sencillamente, sucede.


Ese sacrificio merecía la pena.


I

La mayor parte de mis amigos son de derechas, y eso me da un toque distintivo. Me han adoptado como a una mascota.


I

Esperaba un castigo de Dios y desconfiaba de tanta felicidad.


I

Los gallegos son un poco así: desconfiados, pesimistas, prudentes. Los gallegos todavía no se creen a salvo del diluvio universal.


I

Que siguieron ahorrando para dejarnos algo para el día de mañana, a pesar de que les decimos que no lo hagan; que el día de mañana nunca llega; que creían que cuando la conversación se ponía íntima decían: «Ya te contaré»


I

Ese es todo el futuro que es capaz de ofrecernos. Una porción de tiempo con la que resulta imposible hacer ningún plan.


I

Que la vida era eso: ratitos


II

Me ha dado por pensar que hay un idilio entre el amor y la comida.


II

Están relajados, de vacaciones, y se saben enamorados. O eso parece, porque estando de vacaciones, se hace necesario al menos parecer enamorado, simular la ternura, fingir que se está disfrutando, porque eso de andar de morros con lo caros que son los viajes es una mala inversión.


III

Aunque nos empeñemos en comprar bonos, la vida es tan solo un billete sencillo.


III

Mi padre tiene el don de ser feliz.


III

Estarán en esa novela, que es mi álbum familiar.


III

Un hombre fiel a unos valores en desuso.


III

La foto capta la vida.


III

Aquel tiempo en el que la vida consistía en tener hijos y pagar el piso; aquel tiempo en el que el éxito consistía en tener un apartamento.


IV

Recorro el pasado sin molestar a los fantasmas.


IV

Sueño con la vida que no tuvo.


IV

Ella que siempre decía que a un buen cocinero se le distingue de uno malo por el orden y la limpieza de su lugar de trabajo.


IV

Los muertos tienen una belleza efímera. Desaparecen como esas momias a las que un golpe de viento las convierte en polvo.


IV

Como te vean, así te tratarán.


IV

No nos queda futuro, y por eso hablamos del pasado.


V

La vida que, por acabarse, no deja de ser vida. La vida escasa que ocupa esta habitación de hospital.


V

Querías irte de la vida sin hacer ruido. Querías huir del mundo de puntillas. Querías marcharte por una puerta secreta que nadie conociese. 


V

Acumulo afecto, no lo dejo fluir, y por eso desaparece. El amor caduca, y después se convierte en aire. Ya lo decías, ama, que quererse es lo más importante y, sin embargo, yo no sé querer. El amor viene desde fuera, pero solo entra si, al mismo tiempo, está saliendo. Es una paradoja cómo surge: nace cuando muere, y emerge cuando nos despojamos de él. Solo existe en movimiento, y yo, sin embargo, creía que se almacenaba. 


V

Las palabras, una junto a otra, me calman, ama.


V

Las palabras están para decir la verdad.


VI

Al fin y al cabo, la realidad poco nos puede ofrecer ya.


VII

En aquel tiempo incluso la vida importaba menos.


VII

Con mi madre también había muerto un idioma, una forma de expresarse, un lenguaje único.


VII

En todas las familias un idioma privado que se construye al margen de la lengua utilizada.


VII

Ese léxico familiar que se construye con cada relación humana; como Laia y yo tenemos nuestro idioma propio que hemos comenzado a edificar.


VII

Es la casa de mis padres porque ya no es la mía. Las casas dejan de pertenecernos en algún momento que ignoramos.


VII

No le importó morir. Ella era lo último importante en la ecuación de su vida. Como el capitán que abandona su barco en último lugar, así la vi comandar sus días finales de vida.


IX

Cocinando, era como ella se sentía útil. Era su forma de sentirse querida, de aumentar su autoestima, de ocupar su lugar en el mundo. A todos nos gustaba cómo ella cocinaba, y eso la reconfortaba. Le decíamos que cocinaba muy bien, pero nunca le decíamos que era maravillosa en todo lo demás. En realidad, nuestra forma de decírselo era disfrutar de su comida, pero no sé si ella se dio cuenta de que queríamos decir mucho más. Quizá, por eso, ella seguía cocinando: porque necesitaba afecto y nosotros no sabíamos cómo dárselo. Cocinar era su forma de querer y de que la quisieran. Todos nos inventamos extrañas formas de amar.


IX

Nadie necesita a los viejos. Los viejos son los que necesitan de nosotros.


XII

Pero, aun así, debí salir contigo aquella tarde de julio, y no fantasear tanto con visitar lugares lejanos. Siempre fantaseando. Es una forma de huir, de no enfrentarse a lo posible, de no encarar la realidad más inmediata. Es, en definitiva, una forma de cobardía, porque yo siempre he sido un cobarde. Siempre soñando cosas imposibles para huir del dolor, pero también de la felicidad. Sin embargo, eso sí estaba al alcance de mi mano, y no te lo di. Pero no oía ladrar los perros, ama. Juro que no los oía.


XII

Creo que es, en parte, acudiendo al recuerdo de mi madre la manera en la que consigo vencer esas bajezas que todos tenemos.

 

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