jueves, 29 de septiembre de 2022

Julio Ramón Ribeyro; Prosas apátridas


El botín de los años inútiles, que con tanto celo guardaste, disípalo ahora: te quedará el triunfo desesperado de haber perdido todo. R. TAGORE

 

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El sentimiento de la edad es relativo: se es siempre joven o viejo con respecto a alguien. César Vallejo dice en un poema en prosa que por más que pasen los años nunca alcanzará la edad de su madre, lo que es cierto además. Es comprensible que los hombres de cuarenta o cincuenta años sigan sintiéndose jóvenes, pues saben que todavía hay hombres de setenta u ochenta. Sólo cuando se llega a esta última edad comienzan a escasear los puntos de referencia por la cima. Los octogenarios se sienten pocos, es decir solos, viejos.

 

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Los genios son estos locos más una cualidad: la de encontrar la solución de un problema saltando por encima de las dificultades intermediarias.

 

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Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodíasnociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Podemos a lo más tener el recuerdo de esas sensaciones, pero no las sensaciones del recuerdo. 

 

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La maravillosa elegancia con que los animales llevan su desnudez.

 

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La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza!

 

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Una mujer, cómo anima una casa. Ausente ella, las cosas languidecen. Todo se cubre de polvo y se marchita. En el florero una rama seca, la cómoda llena de pelusas, quemado el foco de la lámpara, percudida la ropa. La mujer mantiene con las cosas de la casa un comercio asiduo. Son sus cosas, posesiva ella, y las engríe y acariña. Las pone en su lugar, las pule y embellece. Depositaria de los objetos domésticos, tiene para cada cual una palabra, una pasión. Ella, sólo ella, sabe dónde están las tijeras, el hilo, la libreta que en vano buscamos. Habita las cosas y las cosas la habitan. Sensible a lo pequeño, descubre la mancha en la alfombra, la ceniza en la mesa. Nosotros, desdeñosos, distantes, adquirimos las cosas, pero luego las dejamos vivir indiferentes y las vemos perecer sin pesadumbre.

 

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Parece que el rostro se organizara alrededor de la mirada.

 

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Distancia: a doscientos metros no podemos saber si una mujer es bella. A unos centímetros todas son iguales. La percepción de la belleza necesita cierto margen espacial, que varía no sólo de acuerdo al observador, sino también de acuerdo al objeto observado. Entre nosotros decíamos sobre algunas mujeres, utilizando una expresión ya convenida, «tiene buen lejos», pues a cierta distancia parecía guapa, pero apenas se acercaba no lo era. Otras en cambio tienen «buen cerca», pero al alejarse notamos que son desproporcionadas o flacas o con las piernas torcidas. ¿Qué distancia debe servirnos de patrón para dar un veredicto estético sobre una persona? Un amigo, a quien hice esta consulta, me respondió: «La distancia de la conversación».

 

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El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las conocemos o las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible, implacable de los signos alfabéticos.

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Un amigo me revela negligentemente, como si de nada se tratara, algo que ocurrió hace años, muchos años, y de pronto siento dentro de mí un derrumbe de galerías. Zonas íntegras de mi pasado se hunden, se anegan o se transfiguran. Esto me sirve para comprobar que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro. La maravillosa historia de amor, que guardábamos en un sarcófago de nuestra memoria y que visitábamos de cuando en cuando para buscar en ella un poco de orgullo, de ánimo, de calor o de consuelo, puede reducirse a polvo por la carta que hallamos en un libro viejo el día en que mudamos de lugar la biblioteca. Una puta nos revela una noche que el padre venerado, que permanecía hasta tarde en la oficina para ganar más y mantener con holgura a su familia, frecuentaba a esa misma hora los prostíbulos más abyectos de la ciudad. Por un azar descubrimos que el amigo adulto que admirábamos de niños, porque era con nosotros tan generoso y tan asiduo.

 

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Así, la abuela que odiábamos y que llenó de rencor nuestra infancia por su severidad, su malhumor, sus caprichos, era en realidad una mujer buenísima, que sufría un mal incurable y que repartía prospectos de madrugada en las casas para poder con su salario comprarnos caramelos. En suma, nada hemos adquirido, ni paz, ni gloria, ni dolor, ni desdicha. Cada instante nos hace otros, no sólo porque se añade a lo que somos, sino porque determinará lo que seremos. Sólo podremos saber lo que éramos cuando ya nada pueda afectarnos, cuando —como decía alguien— el cuadro quede colgado en la pared.

 

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Ahora que mi hijo juega en su habitación y que yo escribo en la mía me pregunto si el hecho de escribir no será la prolongación de los juegos de la infancia. Veo que tanto él como yo estamos concentrados en lo que hacemos y tomamos nuestra actividad, como a menudo sucede con los juegos, en la forma más seria. No admitimos interferencias y desalojamos inmediatamente al intruso. Mi hijo juega con sus soldados, sus automóviles y sus torres y yo juego con las palabras. Ambos, con los medios de que disponemos, ocupamos nuestra duración y vivimos un mundo imaginario, pero construido con utensilios o fragmentos del mundo real. La diferencia está en que el mundo del juego infantil desaparece cuando ha terminado de jugarse, mientras que el mundo del juego literario del adulto, para bien o para mal, permanece. ¿Por qué? Porque los materiales de nuestro juego son diferentes. El niño emplea objetos, mientras que nosotros utilizamos signos. Y para el caso, el signo es más perdurable que el objeto que representa. Dejar la infancia es precisamente reemplazar los objetos por sus signos.

 

62

También mueren los lugares donde fuimos felices.

 

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Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo. En él, más que en espejos o almanaques, tomamos conciencia de nuestro transcurrir y registramos los síntomas de nuestro deterioro. El diente que le sale es el que perdemos; el centímetro que aumenta, el que nos empequeñecemos; las luces que adquiere, las que en nosotros se extinguen; lo que aprende, lo que olvidamos; y el año que suma, el que se nos sustrae. Su desarrollo es la imagen simétrica e invertida de nuestro consumo, pues él se alimenta de nuestro tiempo y se construye con las amputaciones sucesivas de nuestro ser.

 

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Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era sólo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo. Pero tan prodigioso como escribir es leer, pues se trata de realizar la operación justamente contraria: temporalizar lo espacial, aspirar hacia el recinto inubicuo de la conciencia y de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión de grafismos convencionales, de trazos que para un analfabeto carecen de todo sentido, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y a reconvertir en su sustancia primera.

 

94

94 Entro a la cocina y veo a mi mujer sumergida bajo centenares de platos, tazas, fuentes, ollas, copas, cubiertos, coladores, espumaderas, aparatos eléctricos, tratando de limpiarlos y de ponerlos en orden. Y me digo que no hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre. De ahí que ciertas tribus recolectoras de Australia, Nueva Guinea, Amazonía, hayan decidido no poseer nada, lo que, paradójicamente, no es un signo de pobreza, sino de riqueza. Eso les permite la movilidad, la errancia, es decir, lo que no tiene precio: la libertad.

 

95

Nuestro rostro es la superposición de los rostros de nuestros antepasados. En el curso de nuestra vida los rasgos de unos se van haciendo más visibles que los de otros. Así, de bebés, nos parecemos al abuelo; de niños, a la madre; de adolescentes, al tío; de jóvenes, al padre; de maduros, al papa Bonifacio VI; de viejos, a un huaco Chimú y, de ancianos, a cualquier antropoide. Casi nunca nos parecemos a nosotros mismos.

 

97

Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido pulsadas todas. Así, nunca sabremos qué música era la que guardábamos. Nos faltó el amor, la amistad, el viaje, el libro, la ciudad capaz de hacer vibrar la polifonía en nosotros oculta. Dimos siempre la misma nota.

 

106

El más insignificante de los hombres deja una reliquia —su pantalón, una medalla, su carta de identidad, un rizo guardado en una cajita— pero son pocos los que dejan una obra. Por ello las reliquias me deprimen y las obras me exaltan. Por ello también rara vez visito la «casa del artista», se trate de Balzac, Beethoven o Rubens, y prefiero la compañía de sus libros, melodías o pinturas. Las reliquias segregan un aroma de tristeza, de fugacidad y sobre todo de ausencia, pues son el signo visible de lo que ya no está. Su valor es condicional: se conservan porque pertenecieron a tal o cual, pues de otro modo hace tiempo que serían polvo, como sus dueños. Nada más angustioso por ello que ver el sillón de Voltaire, la tabaquera de Bach o el pincel de Leonardo. Cosas deshabitadas. El espíritu pasó por allí, pero solamente pasó, para instalarse en la obra.

 

Soy un hedonista frustrado.

 

182

El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra, es decir, de un lente distinto. Este lente nos permite acceder a grados de complejidad, de sentido, de sutileza o de esplendor que estaban allí, en la realidad, pero que nosotros no habíamos visto.

 

197

Hay momentos en que el sufrimiento alcanza tal grado de incandescencia que diríase nos cristaliza y nos vuelve por ello indestructibles.

 

145

El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento, ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.

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