miércoles, 6 de abril de 2022

La mujer que no envejecía; Grégoire Delacourt



Carta a mis lectores
Este libro es la prueba de que «la vejez es una victoria». Y tanto mejor así. Gracias a cada uno de vosotros por leer la historia de Betty y compartir esa buena noticia en vuestras librerías, en vuestros periódicos, en las redes sociales… ¡Las buenas noticias escasean! Grégoire Delacourt
 
Carta a mis lectores
La imposición de que nunca dejen de parecer jóvenes.
 
Carta a mis lectores
Como si la belleza solo fuera cuestión de edad.
 
Carta a mis lectores
La mujer que comparte mi cama hace mucho que dejó de tener veinte años[…] Y es su corazón, cubierto de llanto y heridas lo que me tranquiliza.   Georges Moustaki, Sarah
 
De uno a treinta y cinco
Los encuentros más decisivos son siempre los más simples, en mi opinión, una cuestión de azar, un segundo de distracción y de repente el otro se inmiscuye, nos calienta cuando no teníamos frío.
 
De uno a treinta y cinco
Y más tarde comprendí que habían querido escribirme una historia única, enseñarme que la imaginación permite llevar a cabo todos los viajes, engrandece todas las infancias. Mis padres nunca se quejaban, ni de la helada, ni de las lluvias que lo pudrían todo; labraban y moldeaban la tierra como escultores, como amantes.
 
De uno a treinta y cinco
Los soñadores no cambian el mundo, lo sueñan y punto.
 
De uno a treinta y cinco
Quería envejecer junto a un hombre bueno, paciente, y un día llegar a ser abuela, que ambos nos convirtiéramos en esos dos viejecitos que a veces te cruzas en un parque, sentados en un banco, que se cogen de la mano y cuya belleza se han contagiado el uno al otro.
 
De uno a treinta y cinco
Me estaba explicando la aflicción de las mujeres, ese miedo atávico al tiempo que borra, transforma y disuelve hasta hacer desaparecer cuanto había sido encanto, elegancia, deseo, la vida misma.
 
De uno a treinta y cinco
Françoise curaba su desesperación de madre con la belleza del mundo, y cuando dictaron la dura condena contra su hijo, no quiso saber nada. «No soy la primera madre que pierde a un hijo», murmuró. Y vi llorar a papá.
 
De uno a treinta y cinco
Cuando eres viejo, lo bonito es ser viejo, así de sencillo».
 
De uno a treinta y cinco
Françoise no reaccionó. No lloró. No rompió nada a su alrededor. Se limitó a coger la mano de papá y a decirle: «Llévame a algún sitio donde solo haya cosas bonitas. Por favor». Y John Silver el Largo la tomó en sus brazos, la estrechó contra su corazón y la llevó a la Toscana, al lugar del genio artístico de los hombres y de Dios, allí donde los campos ondulan bajo el viento, como el mar, donde las avenidas de cipreses dibujan caminos que conducen al cielo, donde el frescor de las iglesias seca las lágrimas.
 
De treinta a treinta
Envejecer resulta doloroso, y cruel. Es dejar que se esfume, sin poder hacer nada, la suavidad de la piel, su textura lechosa, es verla mancharse, aflojarse y colgar; es dejar que desaparezcan las miradas de antes, que venían a posarse en nosotras al azar durante un paseo, esas miradas glotonas, a menudo hambrientas, que nos hacen sentir hermosas y sabrosas, y cuya insistencia, incluso vulgaridad a veces, supone un elogio. Envejecer es ver reducirse nuestro espacio en la tierra, marchitarse nuestras sombras. Es acabar por volverse invisible. Así que esa soy yo. Esa soy yo a la edad en la que la juventud se esfuma. Esa soy yo, rara y curiosa. Todas nos observamos a diario, y todos los días nos vemos jóvenes, y si la luz es desfavorable, nos sabemos jóvenes. He leído en alguna parte que uno no se ve envejecer a sí mismo.
 
De treinta a treinta
la belleza es un antidepresivo.
 
De treinta a treinta
Sébastien cumplió dieciséis años. Empezaba a alejarse de nosotros, poco a poco, sin herirnos. Crecer es violento, hay que hacer un duelo difícil; quieres ser libre, independiente, sin perder por ello la protección de la que gozabas de niño, empiezas a golpearte contra los muros del mundo, a medir el lugar que ocuparás en él.
 
De treinta a treinta
—¡Es repugnante lo que haces, André, es de una cobardía absoluta! Amar supone amarlo todo en el otro. Te he amado cada instante, incluso en tus ausencias, tus silencios, tus excesos. —Entonces bajé la vista, dejé de mirarlo de hito en hito—. Yo te profeso un amor incondicional. El tuyo es volátil. Te vas porque lo que me pasa no te gusta. Resulta patético. Grotesco. De hecho, es algo que no tiene nombre.
 
De treinta a treinta
«Siempre hay una historia que nos espera, Betty. Algo imprevisible. Un vértigo.
 
De treinta a treinta
La época era tan rica en promesas que hasta las desilusiones nos renovaban el entusiasmo, hasta las caídas nos enardecían.
 
De treinta a treinta
Ninguna mujer es fuerte cuando envejece, Fabrice, solo está aterrorizada, y al dejarla para buscar en otra lo que ella fue, la estás asesinando.
 
De treinta a treinta
La constancia es un espanto. Mi marido me abandonó porque no cambiaba, porque mi apariencia mentía y ya no contaba nuestra historia, porque mi permanencia era el espejo de su finitud.
 
De treinta a treinta
Evoqué a la mía, a la que tanto me habría gustado ver envejecer, con bonitas arrugas que le habrían caligrafiado en el rostro sus risas, sus placeres, trazado sus luchas y sus tormentos; me habría gustado verla atravesar el tiempo como un ave que surca el cielo, porque una madre que ya no envejece, que se ha detenido, implica dejar atrás a una niña que no crece.
 
De treinta a treinta
Tu madre, que sin duda fue una mujer valiente, porque conozco su dolor, los arrebatos de cólera de tu padre, la locura de los hombres que ya no se quieren a sí mismos.
 
De treinta a treinta
No es la juventud lo que se va, André, es la gente, cuando envejecemos asoma nuestro rostro de muerte, la extinción que está por llegar, el espanto de pensar que hay un mundo que seguirá girando sin nosotros.
 
De treinta a treinta
Pero los hijos son crueles a veces, casi a su pesar, nos despiertan con brutalidad: «No puedo presentarte como mi madre, es imposible, lo siento muchísimo, mamá». Nuestras manos se separaron, nuestros cuerpos se alejaron el uno del otro, abandonamos la calma y el frescor del patio interior de la Vielle Bourse para reencontrarnos con la violencia del mundo, los transeúntes apresurados, los coches; la desarmonía. Me presentó como su prima. Y pese a que sabía que no diría mulieris est, «esta es mi madre, la mujer que me trajo al mundo, la única que me ha querido desde el primer día, el primer segundo, la que tuvo miedo y frío por mí cuando yo tenía miedo y frío, aquella de cuyo vientre salió el hombre que soy, ahora más alto que su padre, el hombre que hoy te ama, Saga, y que te tomará por esposa»; pese a que sabía todo esto, tuve ganas de llorar, de huir, pero ni lloré ni hui.
 
De treinta a treinta
Yo soñaba con estar en otra parte porque ya no era una madre, ni una esposa, ni nada; solo una bonita prima de treinta años, soltera, tapicera, «tiene mucho talento —precisó mi hijo—. Acaba de restaurar un sofá de dos plazas, lo llaman confidente, a courting sofa, Saga». Sin embargo, no se lo tuve en cuenta, del mismo modo que tampoco lo hice cuando mi marido me anunció que se marchaba en el viaje de vuelta de París. Mi eterna juventud era un castigo.
 
De treinta a treinta
Una madre debe permanecer en pie bajo el peso de la pena, de la vergüenza y de las lágrimas.
 
Sesenta y tres
LA VEJEZ ES una victoria.
 
Agradecimientos
A todos aquellos que, al azar de estos últimos años y aun sin saberlo en ocasiones, me han aportado consuelo, apoyo o tan solo risas locas y saludables.
 
Agradecimientos
Y, finalmente, a Dana, que convierte en inmortales las cosas bellas; junto a ella ya no tengo miedo de envejecer.

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