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miércoles, 26 de mayo de 2021

Rosa Montero; La buena suerte


Rosa Montero; La buena suerte

 

En memoria de mi madre, Amalia Gayo, que me enseñó a narrar. Para la pequeña e inolvidable Sara, que se defendió. Defendamos nosotros a las Saras del mundo. Con mi gratitud y mi amor a las Salamandras, que han iluminado los oscuros tiempos del coronavirus.

 

Quien quiera estar contento que lo esté, del mañana no hay certeza. LORENZO DE MÉDICI

 

En él había descolocado, algo fallido y erróneo. Una ausencia de esqueleto, por así decirlo. Esto es, una ausencia completa de destino, que es como andar sin huesos. Se diría que ese hombre no ha logrado un acuerdo con la vida, un acuerdo consigo mismo, lo cual, a estas alturas ya todos lo sabemos, es el único éxito al que podemos aspirar. 

 

Los artistas nos reconocemos al primer vistazo. 


Se ilusionó, cuando ya hacía mucho que se habían acabado los tiempos de las ilusiones.

 

Dotar de belleza a lo fallido. 

 

Mira, a mi edad he llegado al convencimiento de que la gente no se divide entre ricos y pobres, negros y blancos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, moros y cristianos —dice al fin—: No. En lo que se divide de verdad la humanidad es entre buena y mala gente. 

 

Pablo está convencido de que es necesario aprender a amar en la infancia, como se aprende a caminar o a hablar. 

 

No son precisamente esos muros invisibles de cosas silenciadas uno de los elementos más habituales de la vida en común? Con los años, las parejas se van llenando de pequeñas desilusiones, de divergencias del proyecto amoroso que creyeron entrever en la primera pasión, de fallos propios y ajenos, rendiciones, aceptación acomodaticia de sus egoísmos y su cobardía. Con los años, el otro o la otra cada vez está más cerca en las rutinas pero más lejos en lo esencial. Hasta llegar a convertirse, en ocasiones, en perfectos extraños. Y los peores son los extraños bien sincronizados, aquellos que entran y salen juntos, que van de vacaciones, que cenan con los amigos y jamás discuten, pero que luego, cuando están los dos solos, ni se miran a los ojos, sideralmente separados por el telón de hierro de todo lo que han dejado de compartir y decirse.

 

No hay nada que envejezca tan deprisa como el amor mal amado. 

 

Envejecer es ser ocupado por un extraño. 

 

El Mal posee recursos que el Bien desconoce. 

 

Si el corazón pudiera pensar, se pararía, decía Fernando Pessoa.

 

Los muertos nunca se van solos: se llevan un pedazo del universo.



lunes, 23 de noviembre de 2020

Rosa Montero; La loca de la casa


Los recuerdos no son siempre lo que parecen.

 

Uno

Me he acostumbrado a ordenar los recuerdos de mi vida con un cómputo de novios y de libros.

 

Uno

Siempre he pensado que la narrativa es el arte primordial de los humanos.

 

Uno

Para ser, tenemos que narrarnos, y en ese cuento de nosotros mismos hay muchísimo cuento: nos mentimos, nos imaginamos, nos engañamos.

 

Uno

Nos inventamos nuestros recuerdos.

 

Uno

Los humanos somos, por encima de todo, novelistas, autores de una única novela cuya escritura nos lleva toda la existencia y en la que nos reservamos el papel protagonista.

 

Dos

El escritor siempre está escribiendo.

 

Dos

Escribir, en fin, es estar habitado por un revoltijo de fantasías, a veces perezosas como las lentas ensoñaciones de una siesta estival, a veces agitadas y enfebrecidas como el delirio de un loco.

 

Dos

De joven, la muerte siempre es la muerte de los demás.

 

Tres

Los novelistas, escribanos incontinentes, disparamos y disparamos palabras sin cesar contra la muerte.

 

Tres

la especie procrea contra la muerte.

 

Tres

Soy una persona enamoradiza.

 

Tres

Para que un hombre me atrajera de verdad, yo tenía que creer que nos comunicábamos.

 

Tres

Eran unos tiempos felices y fáciles, unos tiempos sin sida, promiscuos y carnales

 

Tres

Yo también me fui camino del resto de mi vida

 

Tres

Hasta ser engullido por la línea del tiempo.

 

Tres

Las cosas en la vida, ya se sabe, casi siempre se logran a destiempo.

 

Cuatro

La presencia intuida de lo hermoso.

 

Siete

Los famosos se convierten a veces en tortugas vueltas boca arriba.

 

Siete

Lúcido librito Cumpleaños, ha hecho la reflexión que me parece más atinada sobre por qué un escritor es atacado de pronto por el desánimo, el bloqueo, el desaliento, la seca (como decía Donoso), la mudez definitiva o pasajera.

 

Siete

Uno se hace viejo por fuera, pero también por dentro.

 

Ocho

En una milésima de segundo, todo mi mundo estable, doméstico y seguro se había convertido en una pesadilla.

 

Ocho

El miedo imaginario suele ser siempre peor que el peligro o el dolor real.

 

Diez

Por qué será que, cuando no estamos sumidos en el martirio del desamor, no le damos tanta importancia a esa desdicha? ¿Será que, en el fondo de nuestra conciencia, sabemos que la pasión amorosa es un invento, un producto de nuestra imaginación, una fantasía?

 

Diez

La loca de la casa a veces es así: juega perversamente con nosotros. Nos hace experimentar un dolor destructivo y auténtico frente a sus espejismos.

 

Diez

Como soy una persona apasionada, he vivido repetidas veces ese dolor amoroso insoportable que luego siempre se acaba soportando.

 

Diez

Miradas golosas

 

Diez

Durante varios años, el recuerdo de M. me siguió produciendo una especie de desagradable pellizco en la memoria.

 

Diez

Si tú supieras la cantidad de vidas distintas que puede haber en una sola vida… Pero no se lo dije.

 

Once

«Las palabras pesan y dicen más de lo que dicen», escribe Klemperer 

 

Once

Por eso el género literario que prefiero es el de la novela, que es el que mejor se pliega a la materia rota de la vida. La poesía aspira a la perfección; el ensayo, a la exactitud; el drama, al orden estructural. La novela es el único territorio literario en el que reina la misma imprecisión y desmesura que en la existencia humana.

 

Once

La vida jamás es exacta.

 

Doce

Puesto que nuestras existencias son un cuento que nos vamos contando a medida que crecemos, adaptándolo y cambiándolo según las circunstancias, fastidia pensar que la versión final de ese relato va a ser redactada por los demás.

 

Trece

Una novela es todo lo que el escritor es: sus sueños, sus lecturas, su edad, su lengua, su apariencia física, sus enfermedades, sus padres, su clase social, su trabajo… y también su género sexual, sin duda alguna.

 

Catorce

Le añadía brillo y épica.

 

Catorce

Sigo pensando que escribir te salva la vida. Cuando todo lo demás falla, cuando la realidad se pudre, cuando tu existencia naufraga, siempre puedes recurrir al mundo narrativo.

 

Catorce

Creo que la mayoría de los novelistas percibimos que nuestro equilibrio depende de algún modo de nuestra obra.

 

Catorce

El escritor, al igual que cualquier otro artista, intenta echar una ojeada fuera de las fronteras de sus conocimientos, de su cultura, de las convenciones sociales; intenta explorar lo informe y lo ilimitado, y ese territorio desconocido se parece mucho a la locura.

 

Quince

Somos, por definición, bichos lectores. Roemos las palabras de los libros de manera incesante, al igual que la carcoma empeña todo su ser en devorar madera.

 

Quince

Para aprender a escribir hay que leer mucho.

 

Quince

Un mundo sin libros es un mundo sin atmósfera, como Marte.

 

Quince

Un lugar imposible, inhabitable.

 

Quince

Los novelistas no somos sino lectores desparramados y desbordados por nuestra ansiosa hambruna de palabras.

 

Quince

Un lector tiene la vida mucho más larga que las demás personas, porque no se muere hasta que no acaba el libro que está leyendo.

 

Quince

La muerte también es lectora, por eso aconsejo ir siempre con un libro en la mano, porque así cuando llega la muerte y ve el libro se asoma a ver qué lees, como hago yo en el colectivo, y entonces se distrae.

 

Quince

Libro caótico, maravilloso e inmenso.

 

Quince

Porque todo arte es la búsqueda de esa belleza capaz de agrandar la condición humana.

 

Quince

Soñamos, escribimos y creamos para eso, para intentar rozar la hermosura del mundo, que es tan inabarcable.

 

Quince

Así pasamos todos la vida, añorando aquello que es más grande que nosotros, el polvo de estrellas que un día fuimos.

 

Diecisiete

La muerte no sólo te espera al final del camino, sino que también te come por detrás.

 

Diecisiete

Pienso que tal vez la imaginación compita contra la memoria para apoderarse del territorio cerebral. Puede que uno no tenga cabeza suficiente para ser al mismo tiempo memorioso y fantasioso. La loca de la casa, inquilina hacendosa, limpia los salones de recuerdos para estar más ancha.

 

Diecisiete

Paraísos perdidos, promesas traicionadas, felicidades rotas.

 

Diecisiete

Mensajero del pasado y viene cargado de dolor y de melancolía.

 

Diecisiete

Todos los escritores ambicionamos atrapar el tiempo, remansarlo siquiera unos momentos en una pequeña presa de castor construida con palabras; a veces te parece estar a punto de lograrlo; a veces el tiempo forma a tu alrededor un remolino y te permite contemplar un ancho y vertiginoso paisaje a través de los años.

 

Dieciocho

Cada cual tiene un diseño secreto del amor, una fórmula enganchada al corazón.

 

Dieciocho

Me puse coqueta, que es un estado delicioso.

 

Dieciocho

La larga historia personal que me contaba su piel.

 

Dieciocho

Raras veces he sentido tanto a un hombre. Fue un festín.

 

Dieciocho

Eso también sucede con la edad: vas acumulando cicatrices, sólo que algunas son visibles y otras no.

 

Dieciocho

Ambos teníamos pareja en nuestros respectivos países y en cualquier caso la historia había sido demasiado hermosa como para fastidiarla con la cotidianeidad.

 

Dieciocho

Otra de las cosas que una aprende con la edad es a tomar las cosas como vienen. E incluso a dar las gracias.

 

Diecinueve

Escribir es hacerse pasar por otro», dice Justo Navarro.

 

viernes, 11 de mayo de 2018

Rosa Montero; La Carne


Rosa Montero; La Carne.

La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.

Demasiada ira es como demasiado alcohol, produce una intoxicación que te hace perder lucidez y criterio.

Iba a cumplir sesenta años. Redondos y pesados como una sentencia.

A los triunfadores de clase media siempre les encantaban las niñas ricas.

Ser maldito es saber que tu discurso no puede tener eco, porque no hay oídos que lleguen a entenderte. En esto se parece a la locura —soltó de repente Soledad—. Ser maldito es no coincidir con tu tiempo, con tu clase, con tu entorno, con tu lengua, con la cultura a la que se supone que perteneces. Ser maldito es desear ser como los demás pero no poder. Y querer que te quieran pero sólo producir miedo o quizá risa. Ser maldito es no soportar la vida y sobre todo no soportarte a ti mismo.

La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa y a menudo el interesado era el último en enterarse, como los cornudos del teatro clásico.

Te dabas cuenta de que esas nimiedades eran la tarjeta de visita del asesino, del silencioso criminal que te iba a ejecutar.

Como si algo chirriara levemente.

Poseía muchas cosas pero no le servían de nada, porque sus carencias pesaban mucho más.

Mientras el miedo engordaba dentro de ella

La vejez era cara.

¿Cuándo se cerró su destino de ese modo?

Con el tiempo había empezado a encenderse en su cabeza la locura del amor, del deseo de amor. Sin eso, sin esa llama iluminando los días, su vida le parecía vacía, tediosa e insensata.

Una de las cosas más ridículas que la edad conlleva es la cantidad de trucos, potingues y ortopedias con los que intentamos combatir el deterioro: el cuerpo se nos va llenando de alifafes y la vida, de complicaciones.

la existencia misma es un viaje, así que no hace falta tener que coger un coche o un avión ni trasladarse a otra ciudad para ser rehén de toda esa parafernalia protésica.

A cierta edad, plantearse hacer el amor con alguien exigía una planificación

A veces le había tenido bebiendo sus palabras

Si tan sólo fuera un poco menos cobarde y se atreviera a escribir un libro…

Según Freud, lo siniestro es la irrupción del horror en lo cotidiano.

Las coincidencias eran siempre inquietantes

Había tenido el tiempo y la oportunidad de ser madre

Conseguir integrarte en tu edad

Ella quería mucho más, quería cariño y cotidianidad y compañía y pareja,

Una incómoda distancia de extraños se había instalado entre ellos: como si, más allá del sexo, todo fuera un desierto.

Uno no debe plantear cuestiones cuya respuesta tema conocer.

Era como si, al perder la ilusión embellecedora de la pasión, quedara al descubierto la acongojante realidad. Las roñosas bambalinas tras el decorado.

Si ella hubiese sido menos ansiosa; si hubiera dejado que la relación creciera naturalmente, quizá habrían terminado haciéndose novios, casándose, teniendo hijos. Ah, esas otras infinitas vidas posibles que se abrían como la cola de un pavo real en torno a nuestra existencia, todas esas modificaciones de nuestro destino que podrían haber tenido lugar con tan sólo variar un pequeño detalle. De hecho, tal vez hubiera ocurrido así en otro mundo.

Uno de los espejismos más extendidos es el de pensar que nosotros no vamos a ser como los otros viejos, que nosotros seremos diferentes. Pero luego la edad siempre te atrapa y terminas igual de tembloroso, de inestable y babeante.

El tiempo tictaqueaba inexorable..



jueves, 12 de septiembre de 2013

El arte es una herida hecha luz

Para toda mi gente querida, con amor. Sabéis quiénes sois aunque no os nombre.
Dedicatoria

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos.
El arte de fingir dolor

Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.
El arte de fingir dolor

Los libros nacen de un germen ínfimo, un huevecillo minúsculo, una frase, una imagen, una intuición; y crecen como zigotos, orgánicamente, célula a célula, diferenciándose en tejidos y estructuras cada vez más complejas, hasta llegar a convertirse en una criatura completa y a menudo inesperada.
El arte de fingir dolor

Marie Curie. Siempre me resultó una mujer fascinante, cosa que por otra parte le ocurre a casi todo el mundo, porque es un personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida. Una polaca espectacular que fue capaz de ganar dos premios Nobel, uno de Física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie, y otro de Química, en 1911, en solitario.
El arte de fingir dolor

Vivimos tiempos radiactivos.
El arte de fingir dolor

Para poder escribir una novela, para aguantar las tediosas y larguísimas sentadas que ese trabajo implica, mes tras mes, año tras año, la historia tiene que guardar burbujas de luz dentro de tu cabeza. Escenas que son islas de emoción candente. Y es por el afán de llegar a una de esas escenas que, no sabes por qué, te dejan tiritando, por lo que atraviesas tal vez meses de soberano e insufrible aburrimiento al teclado.
El arte de fingir dolor

Por cierto que cada novela tiene pocas perlas: con suerte, con muchísima suerte, tal vez diez. Pero incluso puedes apañártelas con cuatro o cinco, si son lo suficientemente poderosas para ti, si son embriagadoras, si las sientes tan grandes que no te caben dentro del pecho y te dices: yo esto tengo que contarlo. Porque, de no hacerlo, presumes que la escena estallaría en tu interior y terminarías sacando chorros de vapor por las narices.
El arte de fingir dolor

Al perder la escritura perdí el nexo con la vida.
El arte de fingir dolor

Sentía una atonía, una distancia con la realidad, una grisura que lo apagaba todo, como si no fuera capaz de emocionarme con lo que vivía si no lo elaboraba mentalmente por medio de palabras.
El arte de fingir dolor

Tal vez el escritor sea un tipo más o menos tarado que es incapaz de sentir su propio dolor si no finge o construye con palabras sobre ello. Con esas palabras que colocan, que completan, que consuelan, que calman, que te hacen consciente de estar viva. Vaya, todos los términos me han salido con C. Extraordinario. El ciego tintineo del cerebro.
El arte de fingir dolor

El texto del que quería que hablara era el diario de Marie Curie, poco más de una veintena de páginas redactadas a lo largo de doce meses después de la muerte de su marido, que falleció a los cuarenta y siete años atropellado por un coche de caballos.
El arte de fingir dolor

No estoy hablando de teorías feministas, sino de intentar desentrañar cuál es el #LugarDeLaMujer en esta sociedad en la que los lugares tradicionales se han borrado (también anda perdido el hombre, desde luego, pero que ese pantano lo explore un varón).
El arte de fingir dolor

A veces tengo la sensación de que uno se mueve en la vida dando siempre vueltas por los mismos lugares, como en un desconcertante Juego de la Oca.
El arte de fingir dolor

Marie Curie Fue la primera en tantos frentes que resulta imposible enumerarlos. Una pionera absoluta. Un ser distinto.
El arte de fingir dolor

¿Cómo conquistó esa polaca sin apoyos ni dinero todo eso, tan temprano, tan sola, tan a contrapelo? Fue una mujer nueva. Una guerrera. Una #Mutante.
El arte de fingir dolor

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte:
La ridícula idea de no volver a verte

Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes #Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando.Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento.
La ridícula idea de no volver a verte

Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.
La ridícula idea de no volver a verte

Después de la muerte de Pablo, yo también me descubrí durante semanas pensando: «A ver si deja ya de hacer el tonto y regresa de una vez», como si su ausencia fuera una broma que me estuviera gastando para fastidiarme, como a veces hacía.
La ridícula idea de no volver a verte

El sufrimiento agudo es como un rapto de locura
La ridícula idea de no volver a verte

Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir.
La ridícula idea de no volver a verte

En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus». Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ese es el error: uno no se recupera, uno se reinventa).
La ridícula idea de no volver a verte

la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.
La ridícula idea de no volver a verte

Confieso que, durante muchos años, consideré que era una indecencia hacer un uso artístico del propio dolor.
La ridícula idea de no volver a verte

Aunque en mis novelas yo huya con especial ahínco de lo autobiográfico, simbólicamente siempre me estoy lamiendo mis más profundas heridas. En el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno. El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada. Y sin embargo, y a pesar de ello, los escritores nos empeñamos en poner #Palabras en la nada. Arrojamos #Palabras como quien arroja piedrecitas a un pozo radiactivo hasta cegarlo.
Yo ahora sé que escribo para intentar otorgarle al Mal y al Dolor un sentido que en realidad sé que no tienen. Clapton y Allende utilizaron el único recurso que conocían para poder sobrellevar lo sucedido.
El arte es una herida hecha luz, decía Georges Braque. Necesitamos esa luz, no sólo los que escribimos o pintamos o componemos música, sino también los que leemos y vemos cuadros y escuchamos un concierto. Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: «La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta». No basta, no. Por eso estoy redactando este libro. Por eso lo estás leyendo.
La ridícula idea de no volver a verte

Ella no iba a terminar encerrada en la triste jaula de lo doméstico.
Una joven estudiante muy sabia

Los ambientes revolucionarios siempre han sido favorables al avance de las mujeres; los momentos socialmente anómalos dejan fisuras en el entramado convencional por donde se escapan los espíritus más libres. Quiero decir que, por esas paradojas de la vida, es posible que la represión rusa ayudara a Marie a romper los prejuicios machistas de la época; unidos por la resistencia nacionalista, los hombres y las mujeres polacos eran sin duda más iguales.
Pájaros con las pechugas palpitantes

En Nada (1944), la maravillosa novela escrita en estado de gracia por Carmen Laforet, precisamente: ella sabía que tenía un talento literario descomunal, y su #Ambición estaba a la par de ese talento; pero no tuvo fuerza psíquica suficiente para sostener sus aspiraciones en medio del machismo ramplón de la posguerra española. No volvió a escribir nada de la valía de su primera novela, y de hecho escribió muy poco más. Se quebró. Se derrumbó. Laforet sí terminó envejecida y oscura y con la pechuga palpitando de impotencia y asfixia.
Pájaros con las pechugas palpitantes

El mayor problema de la mujer occidental consistía en no saber vivir para su propio deseo: siempre vivía para el deseo de los demás, de los padres, de los novios, de los maridos, de los hijos, como si sus aspiraciones personales fueran secundarias, improcedentes y defectuosas.
Pájaros con las pechugas palpitantes

Cuando pasa el tiempo y vemos que nuestro hombre no muda a Superhombre, empezamos a sentir una frustración y un rencor desatinados. Apagamos los focos de nuestros ojos, esos reflectores con los que antes les iluminábamos como si fueran las grandes estrellas de nuestra película; y empezamos a observarlos con desprecio y desilusión, como si fueran garrapatas.
Pájaros con las pechugas palpitantes

Las penas de amor abren insospechados abismos, espasmos de agonía que creo que en realidad se refieren a otra cosa, que van más allá de la historia amorosa concreta, que conectan con algo muy básico de nuestra construcción emocional. Con la piedra maestra en la que se asienta el edificio que somos. El desamor derrumba y derrota.
Pájaros con las pechugas palpitantes

La infancia es un lugar al que no se puede regresar (y por lo general tampoco quieres hacerlo: yo desde luego jamás volvería) pero del que en realidad nunca se sale. «El niño es el padre del hombre», decía Wordsworth en un célebre verso, y tenía razón: la infancia nos forja y lo que somos hoy hunde sus raíces en el pasado. Dicen que la Humanidad se puede dividir entre aquellos cuya infancia fue un infierno, en cuyo caso siempre vivirán perseguidos por ese fantasma, y aquellos que disfrutaron de una niñez maravillosa, que lo tienen aún mucho peor porque perdieron para siempre el paraíso. Bromas aparte (¿o quizá no sea una broma?), la infancia es una etapa morrocotuda. Toda esa fragilidad, esa indefensión, esa intensidad en las emociones; además de la imaginación febril, el tiempo eterno y una necesidad de cariño tan desesperada como la que siente el náufrago que agoniza de sed por un vaso de agua. En la infancia siempre estamos a punto de morir, metafóricamente hablando. O, al menos, de que mueran o resulten mutiladas algunas de nuestras ramas. Crecemos como bonsáis, torturados y podados y empequeñecidos por las circunstancias, las convenciones, los prejuicios culturales, los imperativos sociales, los traumas infantiles y las expectativas familiares. #HonrarALosPadres.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

Pablo es el más pequeño, el que asoma al fondo con la cabeza ladeada. Tenía diez años recién cumplidos. Y el caso es que ya estaba todo él ahí, pero con la inocencia y la ignorancia de lo que después le llegaría en la vida. Es extraño: desde que murió no sólo echo de menos su presencia, seguir viviendo con él y verle envejecer, sino que también añoro su pasado. Las muchas vivencias que no conocí. Esta niñez, esta tarde de verano en un barquito. Querría poderme beber, como un vampiro, todos sus momentos de felicidad.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

Nuestras camas son tan importantes! En ocasiones, aunque cada día menos, serán el escenario de nuestra muerte. Y, en cualquier caso, son el cobijo de nuestra desnudez más absoluta, y no me estoy refiriendo sólo a la falta de ropa.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco; pero, si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos.
Elogio de los raros

Muchas mujeres temen que sus necesidades emocionales puedan restarles independencia. Cuando tu independencia te ha costado tantísimo como le costó a Marie, tiendes a convertirte en una gallina clueca que, sentada sobre el pequeño huevo de su libertad, arrea picotazos a cuantos se acercan. Me ha sucedido incluso un poco a mí, pese a que mis circunstancias son infinitamente más favorables, así que entiendo su miedo.
Elogio de los raros

«Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia».
Marie Curieen una carta a su hija Iréne , Elogio de los raros

Claro que luego está la memoria involuntaria. Me refiero a la memoria proustiana, esa que evocan las magdalenas por carambola. Es extraordinario, porque, cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba. Y así, un día estás viendo con toda tranquilidad una revista cuando das la vuelta a una página y zas, te das de bruces con la fotografía de una de las maravillosas iglesias de madera medievales de Noruega, sí, aquellas increíbles construcciones rematadas por dragones que más parecían salidas de un pasado vikingo que del cristianismo. Y tú has estado ahí con él en aquel viaje a Noruega delicioso, estuvisteis justamente ahí, ante esta bellísima iglesia de Borgund, absortos, entusiasmados y felices. Juntos. Vivos. Buuuuuummmm, estalla la bomba del recuerdo en tu cabeza, o quizá en tu corazón, o en tu garganta. Puro terrorismo emocional.
Elogio de los raros

La vida fluía, tan normal, y, de pronto, el abismo.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Ligereza, maravillosa virtud existencial que consiste en saber vivir el presente con plenitud serena.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo da menos miedo.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.
Aplastando carbones con las manos desnudas
La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. El arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor.
Una cuestión de deditos

Es verdaderamente prodigioso es que su vida pudiera dar para tanto.
Una cuestión de deditos

Es algo que, de alguna manera, nos sucede a todas. De nuevo es un problema del #Lugar, del maldito y borroso espacio propio que tenemos que encontrar las mujeres. Un #Lugar social, pero también un #Lugar íntimo. Qué angustiosa confusión entre el propio deseo y los deberes heredados.
Una cuestión de deditos

Su condición de mujer era algo en lo que no se pensaba jamás.
Una cuestión de deditos

Existe un dios de los novelistas. O una diosa.
Pero me esfuerzo

Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien.
Pero me esfuerzo

Se drogaba con el trabajo
Una sonrisa ferozmente alentadora

Anonadante indiferencia con que la vida continúa después del fallecimiento de alguien querido. Pero cómo, ¿el mundo sigue igual sin él? Tu cabeza lo entiende, pero tu corazón se queda atónito.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Esa mirada de ternura, de sorpresa y deseo.
Una sonrisa ferozmente alentadora

No hay nada que avive tanto la pasión como la sensación de que el amado se nos escapa.
Una sonrisa ferozmente alentadora

A veces las relaciones que se cimentan en el daño son más persistentes que las que se basan en el amor.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Y aquí hay que hacer un punto y aparte para hablar de la #DebilidadDeLosHombres, una gran verdad que todas conocemos pero ninguna menciona.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Cuántas veces mentimos las mujeres a los hombres; en cuántas ocasiones fingimos saber menos de lo que sabemos, para que parezca que ellos saben más; o les decimos que les necesitamos para algo, aunque no sea cierto, sólo para hacerles sentir bien; o les adulamos descaradamente para celebrar cualquier pequeño logro. Y hasta nos resulta enternecedor constatar que, por muy exagerada que sea la lisonja, nunca se dan cuenta de que les estamos dando coba, porque en verdad necesitan oír esos halagos, como esos adolescentes que precisan de un apoyo extra para poder creer ensí mismos. Sí: son capaces de ir al frente a combatir en guerras espantosas; de arriesgar la vida subiendo al Everest; de atravesar selvas procelosas para encontrar las fuentes del Nilo; pero, en lo emocional, en lo sentimental, en la realidad de cada día, los hombres nos parecen francamente #Débiles.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Decidió envejecer.
Una sonrisa ferozmente alentadora

El tiempo, el dinero, el esfuerzo y espacio invertidos en construir para los muertos hubieran podido mejorar bastante la vida de los vivos. Aunque, si se piensa bien,
Unas viejas alas que se deshacen

«Morir es parte de la vida, no de la muerte: hay que vivir la muerte», dice con deslumbrante sencillez la doctora Iona Heath.
Unas viejas alas que se deshacen

Hasta en la muerte puede haber belleza, si sabemos vivirla.
Unas viejas alas que se deshacen

Soy una gran aficionada a las biografías: son cartas de navegación de la existencia que nos avisan de los escollos y de los bajíos que nos esperan. He leído cientos de ellas, y hay algo que siempre se repite y que me resulta bastante desolador. Resulta que el periodo de la infancia de los biografiados suele ocupar un amplio espacio; luego vienen la juventud y la madurez, que, naturalmente, abarcan montones y montones de hojas. Pero llega un momento del relato de sus vidas en donde, de repente, todo parece vaciarse o acelerarse o comprimirse. Quiero decir que, salvo que mueran jóvenes, cuando se alcanza la vejez se diría que lo que les sucede interesa muy poco.
La última vez que uno sube a una montaña

Una biografía de esas gruesas y minuciosas, pongamos de seiscientas páginas, y a lo mejor los treinta últimos años de la vida de una mujer que llegó a nonagenaria resulta que se despachan en menos de veinte hojas.
La última vez que uno sube a una montaña

Ese tiempo deshilachado y aparentemente insustancial del que los biógrafos no encuentran nada relevante que contar.
La última vez que uno sube a una montaña

Minna Keal tenía ochenta años. A partir de entonces, y hasta su muerte, sucedida una década después, «Creí que estaba llegando al final de mi vida, pero ahora siento como si estuviera empezando. Es como si estuviera viviendo mi vida al revés», dijo tras estrenar en los Proms.
La última vez que uno sube a una montaña

No existe una sola vida sin su cuota de mugre, aunque sea en proporciones pequeñas.
La última vez que uno sube a una montaña

Salvo en las óperas y los melodramas, la muerte es un anticlímax.
La última vez que uno sube a una montaña

Los personajes de ficción son las marionetas del inconsciente.
Escondido en el centro del silencio

No es fácil saber dónde pararse, hasta dónde es lícito contar y hasta dónde no, cómo manejar la sustancia siempre radiactiva de lo real.
Escondido en el centro del silencio

Poder llegar a analizar la propia vida como si estuvieras hablando de la de otro.
Escondido en el centro del silencio

Pero la literatura, o el arte en general, no puede alcanzar esa zona interior. La literatura se dedica a dar vueltas en torno al agujero; con suerte y con talento, tal vez consiga lanzar una ojeada relampagueante a su interior. Ese rayo ilumina las tinieblas, pero de forma tan breve que sólo hay una intuición, no una visión. Y, además, cuanto más te acercas a lo esencial, menos puedes nombrarlo. El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras. Lo más importante de las buenas novelas se agolpa en las elipsis, en el aire que circula entre los personajes, en las frases pequeñas.Por eso creo que no puedo decir nada más sobre Pablo: su lugar está en el centro del silencio.
Escondido en el centro del silencio

Creo que nuestra percepción lineal del tiempo lo empeora todo. Einstein dijo ya hace mucho que el tiempo y el espacio eran curvos, pero nosotros seguimos viviendo los minutos como una secuencia (y una consecuencia) inexorable. En su raro y conmovedor libro Un hombre afortunado, publicado en 1966, John Berger.
El canto de una niña

¿Por qué el suicidio va tener que ensuciar todo su pasado? Pero tendemos a ver las cosas así: si alguien se suicida, es como si toda su vida fuera una tragedia. Si alguien tiene una vejez solitaria, precaria e infeliz, es como si las tinieblas impregnaran toda su existencia. Pero no es así. Lo que vivió, lo vivió. Antes de que llegara el invierno, la cigarra disfrutó de una vida fantástica, mientras que la existencia de la hormiga siempre fue bastante tediosa. Además, de todos modos el periodo vital de los insectos es muy breve, o sea que, ¡hurra por la cigarra! Por lo menos tendría unas memorias alegres, una narración hermosa que contarse.
El canto de una niña

la #Felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una casi nada que lo es todo.
El canto de una niña

Con esa contumacia con que las parejas veteranas nos repetimos las pequeñas cosas que nos obsesionan.
El canto de una niña

A veces me pregunto en qué pensará uno antes de morir; qué recuerdos escogerá como resumen para narrarse.
El canto de una niña

Pero no te olvides de la felicitación navideña que escribió a su hija Irène y a Frédéric en diciembre de 1928. Ya te he citado parte, pero ahora transcribiré unas líneas más:
Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia.
El canto de una niña

Y ahora dime: ¿No has sentido nunca la insidiosa tentación de dejar de ser quien eres? ¿De liberarte de ti mismo? Pero no hace falta ser tan drástico y tan loco como Wakefield: bastaría con ir soltando lastre. Con irse desnudando de las capas superfluas. Fuera la dictadura de #HacerLoQueSeDebe. Adiós a la #Ambición esclavizante y a la inseguridad torturadora (estas dos son pareja). Se acabó la #Culpabilidad y el ciego mandato de #HonrarALosPadres.
Al final, en efecto, es una cuestión de narración. De cómo nos contamos a nosotros mismos. Aprender a vivir pasa por la #Palabra. Recuerda los asombrosos resultados de ese estudio según el cual los separados y divorciados están más deprimidos que los viudos. ¿Qué les falta a los primeros? Desde luego no la persona amada, sino una narración convincente y redonda. Un relato consolador que les dé sentido. Todos los humanos somos novelistas y, por consiguiente, yo soy redundante porque además me dedico a escribir. Hago novelas cuyas peripecias no tienen nada que ver conmigo, pero que representan fielmente mis fantasmas; y ahora que con este libro he intentado decir siempre la verdad, quizá haya terminado haciendo en realidad mucha más ficción. Porque, como dice Iona Heath, «hallar sentido en el relato de una vida es un acto de creación».
Siempre pensé, y lo he escrito alguna vez, que la vejez es una edad heroica.
El canto de una niña

Según un conocido refrán norteamericano, «hacerse mayor no es para blandengues»

Con la edad podamos aprender a escribirnos mejor: a fin de cuentas la novela es un género de madurez. Y Creo que, si tienes suficiente dinero para pagar las necesidades básicas, y suficiente salud para ser autónomo, ser mayor te puede liberar de ti mismo.
El canto de una niña

la #Felicidad dibuja una estable y firme curva en forma de U a lo largo de la vida. Es decir, hombres y mujeres de todas las sociedades dicen sentirse más felices en la juventud y en la vejez, mientras que el momento más difícil de la existencia está entre los cuarenta y los cincuenta años.
El canto de una niña

Quizá los humanos estemos tópicamente acostumbrados a fijarnos sólo en los grandes hechos, en los actos pesados, en la solemnidad y en el afán.
El canto de una niña

Supongo que hace falta vivir mucho, y lograr aprender de lo vivido, para llegar a comprender que no hay nada tan importante ni tan espléndido como el canto de una niña bajo una higuera.
El canto de una niña


Tres libros formidables que cito en mi texto: Un hombre afortunado, de John Berger, en Alfaguara, Madrid, 2008; Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath, en Katz difusión, Madrid, 2008, y El enterrador, de Thomas Lynch, en Alfaguara, Madrid, 2004. Agradecimientos


Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...