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sábado, 10 de diciembre de 2022

Haruki Murakami; Tony Takitani



Tampoco tenía amigos a quienes consultar las cosas o a quienes poder abrirles el corazón.

 

Relato

En cuanto se encontraban y resolvían el asunto que los ocupaba, ya no tenían nada más que decirse.

 

Relato

Sin embargo, había algo en ella que golpeó con violencia el corazón de Tony Takitani.

 

Relato

se sintió atraído por su modo de vestir. A él no le interesaba demasiado la ropa y apenas se fijaba en cómo iban vestidas las mujeres; sin embargo, se quedó profundamente admirado al ver cómo aquella chica sabía llevar la ropa. Incluso puede decirse que lo conmovió. Había muchas mujeres que vestían con buen gusto. Muchas que iban más elegantes que ella. Pero el caso de aquella chica era diferente. Vestía con tanta naturalidad, con tanta gracia, que parecía un pájaro envuelto en un aire especial, como si se dispusiera a alzar el vuelo hacia otro mundo. Nunca había visto a alguien que llevara la ropa con tanta alegría. Y a su vez la ropa, al envolverla, cobraba una nueva vida.

 

Relato

Hablaban y hablaban, como si estuvieran llenando algún vacío

 

Relato

Al despertarse por la mañana, lo primero que hacía era buscar a su mujer con la mirada.

 

lunes, 27 de junio de 2022

Banana Yoshimoto; El lago


Banana Yoshimoto; El lago

 

De toda su vida, mamá fue la única flor que olía a libertad.

 

Pero ellos dos jamás intentaron dejar la ciudad para encontrar su propia vida. Porque su vida consistía, precisamente, en vivirla juntos allí.

 

Porque sufría la discriminación en mis propias carnes, una discriminación tibia pero indiscutible.

 

En la vida, todo posee su vertiente positiva. Es triste, pero cierto: cuando sucede algo malo, el aspecto bueno destaca, se hace visible. Aunque no lo formularan con palabras, sus ojos me decían: «¡Sabemos muy bien que estás sufriendo!».

 

Yo, en cambio, prestaba una atención infinita a tonterías.

 

—¿Sabes, mi pequeña Chihiro? En cuanto te equivocas una vez, te pasas la vida irritada, tal como me ha pasado a mí. Pero el hecho de estar siempre enfadada, gritando a los demás, sólo significa que dependes de ellos.

 

Eras una flor oculta en lo alto de un precipicio escarpado al que nadie puede llegar.

 

Unicamente los pájaros y los ciervos, tú eras una persona dueña de una delicadeza y una transparencia sin límites. 

 

Y acabaste tus días viviendo una vida provisional en vez de una vida auténtica, ¿verdad?

 

Para esconder mi miedo bromeé, pero mi corazón sufría siempre, en todo momento.

 

Yo era tan vanidosa, eran tantas las cosas que me daban miedo, que no podía actuar de otro modo a fin de protegerme a mí misma. Pero a ti no debe sucederte lo mismo, ¿me oyes? Tú tienes que procurar mantener siempre el ombligo calentito, tener el cuerpo y la mente relajados para no perder jamás la serenidad. Vive como una flor. Tienes todo el derecho. Porque eso es algo que se adquiere, sin falta, viviendo. Y eso es todo lo que necesitas.

 

En definitiva, ser querido es eso: que deseen tocarte, ser cariñosos contigo. Mi cuerpo lo aprendió, todavía lo recuerda. Está bien preparado para no responder ante el amor falso. ¿Se podría decir, tal vez, que «ha sido educado» en este sentido?

 

Una puerta abierta dispuesta para la huida.

 

Cuando pierdes a alguien querido, desaparece el deseo sexual. Es como si te quedaras seco. En aquella época, yo estaba experimentándolo en mi propia carne, y si Nakajima hubiera ardido de deseo sexual, posiblemente lo hubiese echado de casa. De manera que también yo había estado evitando hablar de ello, intentando que no se diera la ocasión.

 

Escuchar las desgracias de la gente es como aceptar dinero. Las cosas jamás acaban ahí. Porque debes asumir la responsabilidad de haber oído lo que has oído.

 

Asomarse a la vida cotidiana de los demás es tan interesante como hacer un viaje.

 

jueves, 14 de noviembre de 2019

Haruki Murakami; Hombres sin mujeres


Esbozar siempre una plácida sonrisa mientras de su pecho desgarrado manaba una sangre invisible. Atender los quehaceres cotidianos como si nada ocurriera, mantener conversaciones casuales.

Apenas he sentido el deseo de hacer amistades. Sobre todo una vez casado.

Quiere decir que, como tenía a su esposa, dejó de necesitar amigos?

Según Kafuku, en este mundo hay, grosso modo, dos clases de bebedores: los que necesitan beber para añadir algo a su vida y los que necesitan beber para librarse de algo.

Se supone que, esforzándonos, deberíamos poder escudriñarlo tan a fondo nuestro corazón, como grande sea nuestro esfuerzo. Así pues, ¿no crees que, al final, lo que tenemos que hacer es pactar con firmeza y honradez con nuestros propios corazones? Si uno desea ver en serio a los demás, no le queda más remedio que observarse en profundidad, de frente, a sí mismo. Eso es lo que pienso.

Pretender escudriñar por completo el corazón de otra persona, por muy compenetrado que estés con esa persona o por mucho que la ames, es pedir demasiado. Lo único que consigues es sufrir.

Si se trata de un punto ciego, todos vivimos con él.

La mayor parte de mis vivencias eran trastos inservibles, anodinos y propios de alguien falto de imaginación. Quería juntarlos todos y arrumbarlos en el fondo de un gran cajón. O prenderles fuego y convertirlos en humo (aunque no sé qué clase de humo saldría). El caso es que deseaba hacer borrón y cuenta nueva y empezar otra vida, como otra persona, en Tokio. Quería experimentar las nuevas posibilidades que me ofrecía mi yo.

Como una planta robusta no puede contenerse en una maceta.

Me excedo soltando frases lapidarias.

La memoria, inevitablemente, se halla en continua transformación.

En ocasiones la música tiene el poder de reavivar los recuerdos con tal intensidad que a uno hasta le duele el corazón.

Es dos días antes de mañana, y el día después de anteayer…

Ojalá Kitaru lleve una vida feliz en Denver, o en cualquier otra ciudad lejana. Si eso de ser feliz es pedir demasiado, ojalá viva al menos el presente con salud y sin carencias. Porque nadie sabe con qué soñaremos mañana.

Elucubraciones a modo de una blanda masilla que rellena los intersticios entre un hecho y otro.

jamás he sabido qué clase de tinieblas ocultaba aquella mente, con qué pecado cargaba a cuestas.

Tenía la extraña convicción de que no estaba hecho para la vida conyugal.

Me parece que gran parte de las mujeres del planeta (sobre todo, las atractivas) está hasta la coronilla de hombres ávidos de sexo.

Digas lo que digas, los hijos son una bendición», aquel reclamo no le resultaba nada creíble. Seguramente querían hacerle cargar a él con el peso que ellos llevaban. Creían que todos los seres humanos tenían la obligación de pasar por un calvario idéntico al que vivían ellos.

Entre las personas «sociables» a menudo uno se topa con seres mediocres y aburridos, desprovistos de toda profundidad.

Un caballero es aquel que no habla demasiado de los impuestos que paga ni de la mujer con quien se acuesta —me dijo un buen día.

Incluso al mono le llega el día en que falla y no logra aferrarse a la rama.

Quizá creyese que la gente que escribe, al igual que los terapeutas o los religiosos, poseen el derecho legítimo (o la obligación) de escuchar las confesiones de los demás.

Reajuste emocional.

(Sherezade) Todo lo que contaba se convertía en un relato especial, se tratase de la historia que se tratase. El tono, las pausas, la forma en que hacía avanzar el relato, todo era perfecto. Despertaba el interés del oyente, lo mantenía astutamente en ascuas, le obligaba a pensar, a especular, y luego le daba justo lo que deseaba. Con esa envidiable destreza conseguía que, por un instante, el oyente se olvidase de la realidad que lo rodeaba. Como si le pasase un paño húmedo a un encerado, borraba limpiamente fragmentos de recuerdos desagradables que permanecían como adheridos, preocupaciones que el oyente hubiera querido olvidar de haber sido posible.

Él era bastante ingenuo para esas cosas. Creía que su matrimonio iba bien y ni siquiera sospechaba de su mujer. Si no hubiese regresado por casualidad un día antes, quizá jamás se habría enterado de nada.

El extraño don de atraer a la gente

Un aura singular que atraía las miradas.

Sus ademanes y su manera de hablar poseían cierta languidez y su semblante resultaba un tanto impenetrable.

Pero es que entre nosotros siempre existió algo así como un botón mal abrochado.

Estábamos acostados a oscuras, cada uno pensando en sus cosas, con el oído pendiente de aquella quietud.

Cuando me enteré de la muerte de M, me sentí el segundo hombre más solo del planeta.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Yukio Mishima; Muerte en el Estío



A veces, sin embargo, un incidente de este tipo pone en movimiento una especie de psicología de grupo que permite la transmisión de los más elementales pensamientos. No es fácil permanecer fuera. No es fácil registrar una desavenencia. Al interrumpir el sueño, Tomoko había asumido sencillamente cuanto le transmitían los demás sin preocuparse por preguntar nada.

Le parecía que con la luz del día la verdad se mostraría en su desnuda crudeza, y que, por primera vez, la tragedia se volvería real.

Un destello plateado resplandeció cerca de la costa. Los peces saltaban y parecían ebrios de placer. 

Era más capaz de lo que indicaban sus silenciosos modales.

El proceso por el cual lo imprevisto se desliza en la conciencia del hombre es extraño y sutil.

En un sitio desconocido se había producido un accidente en el cual no tenía nada que ver, pero que lo había aislado del mundo exterior.

Masaru no sabía cómo enfrentarse con su mujer. No estaba seguro de que hubiera algo como «un encuentro natural». Ninguna de las emociones que lo embargaban parecía encajar en algo semejante. Quizás lo antinatural era, en efecto, natural.

Una muerte es siempre un problema desde el punto de vista administrativo. Los trámites los obligaron a desarrollar una frenética actividad. Y hasta podría decirse que Masaru en particular, como cabeza de la familia, no tenía tiempo ni para el dolor.

Masaru y Tomoko estaban sumergidos de algún modo en todo cuanto debía ser hecho. Tomoko no podía comprender cómo aquella pena inconmensurable y aquella atención por todos los detalles podían coexistir. También le resultaba sorprendente comer tanto sin saborear siquiera los alimentos.

¿Cómo no ven quién ha sido realmente el afectado? Soy una madre que acaba de perder a sus dos hijos.

Tomoko estaba profundamente insatisfecha. Se sentía como alguien condenado a la oscuridad, alguien cuyos verdaderos méritos pasan desapercibidos. Le parecía que tan tremendas desgracias deberían traer aparejados especiales privilegios. Su principal insatisfacción era hacia sí misma.

Sin saberlo, su desesperación se centraba en la pobreza con que, en estos casos, se manifiestan las emociones humanas. ¿No era acaso irracional que no hubiera otra cosa que hacer, excepto llorar, frente a la muerte de tres personas como único medio de expresión y como si se tratara de la muerte de un solo ser?

Masaru tendió más y más a retraerse frente al dolor de su mujer. Un hombre tiene que trabajar. Podría distraerse en sus tareas. Mientras tanto, Tomoko acunaba su pena, y Masaru tuvo que enfrentarse con esa monótona tristeza al volver a su casa por las noches. Comenzó entonces a llegar cada vez más tarde.

Se habían condicionado a la muerte y, como en el caso de quienes se acostumbran a la depravación, comenzaron a pensar que la vida no encerraba ya nada que pudiera inspirarles temor.

Había algo grotesco en lo excesivo. Sin embargo , ni una catástrofe ni una guerra lo eran. Una muerte era siempre algo tan grave y solemne como un millón de muertes. El leve exceso era lo diferente.

El proceso por el cual un hecho terrible se mezcla con la vida cotidiana trajo aparejado para el matrimonio un nuevo tipo de temor mezclado con vergüenza, como si ambos hubieran cometido un crimen que finalmente iba a ser descubierto.

Había olvidado cuán halagador puede volverse un espejo. No cabía duda de que la tozuda insistencia del dolor termina por apartarnos de tan agradables consuelos.

Se dijo que aquella insatisfacción que la carcomía debía ser sólo producto de la alegría y el bullicio que no hacían sino subrayar cuán lejos del olvido se encontraba su dolor.

Del impreciso disgusto que le producía el no haber sido tratada como corresponde a una mujer afligida por el luto.

Su búsqueda de esparcimientos se volvió ligeramente demencial. Había algo vengativo en la certeza de que tenía que divertirse.

Su espíritu seguía sumergido en la muerte.

No cabía duda de que la búsqueda de diversiones se había convertido en la manera más segura de remover el dolor de su corazón.

Frente a la máquina de coser olvidaba sus pesares.

Los recuerdos del estío reflejaron oscuras sombras sobre la vida de los Ikuta.

Aun cuando no hubiera alcanzado el verdadero olvido, algo cubría el dolor de Tomoko como una fina capa de hielo sobre un lago. Podría quebrarse ocasionalmente; pero, durante la noche, volvería a formarse de nuevo.

Una madre embarazada de su cuarto hijo, tiene, reflexionaba, la obligación moral de resistirse a la morbosa complacencia del dolor. En aquellos últimos meses, Tomoko había cambiado mucho.

Lógico es reconocer que el olvido estaba demostrando su poder. Tomoko estaba sorprendida frente a la sencillez de su corazón.

Perdió la costumbre de recordar, y ya no le pareció extraño carecer de lágrima

Aun cuando el olvido llegó para Masaru antes que para su esposa, no había frialdad alguna en él. Masaru se había debatido dentro del más profundo pesar. Aun en su inconstancia, un hombre es, en general, más sentimental que una mujer. Incapaz de expresar su emoción y consciente del hecho de que el dolor no lo perseguía con particular tenacidad, Masaru se sintió de pronto muy solitario y se permitió una insignificante infidelidad. Pronto se cansó de ella. Tomoko le anunció su embarazo y Masaru corrió hacia su mujer como un niño en busca de su madre. El incidente los había dejado como los náufragos de un buque. Pronto fueron capaces de verlo todo con los ojos con que el resto de la gente lo había leído en un rincón de los diarios de la fecha. Tomoko y Masaru hasta llegaron a dudar de su participación en el trágico suceso. ¿No habían sido acaso sólo los espectadores más cercanos del caso?

Más que una ofensa, aquello se volvió una moraleja. Era la transformación de un hecho concreto en una metáfora. Había dejado de ser propiedad de la familia Ikuta. Era un hecho público.

«Hay que vigilar continuamente a los niños cuando se los lleva a la playa. La gente se ahoga donde jamás hubiéramos podido suponerlo.»

Como para Masaru el episodio en sí no había ocurrido hasta que se lo notificaron, aquella porción de césped sería siempre para él sólo un sombreado rincón. 


domingo, 10 de junio de 2018

La fórmula preferida del profesor


Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara.

Sin embargo, por mucho que enumere estas cosas y otras más, no guardan proporción alguna con la intensidad de las horas que pasamos con él.

Tenía una concepción original sobre el «error correcto», de manera que era capaz de darnos de nuevo confianza precisamente cuando más apurados nos veíamos, sin poder encontrar la solución correcta.

Los números eran la mano derecha que tendía para estrechar la del prójimo y, al mismo tiempo, un abrigo para resguardarse de sí mismo. Un abrigo tan pesado que nadie conseguía que se lo quitara, tan recio que no permitía distinguir el contorno de su cuerpo, aunque se deslizara una mano por encima. Pero por el mero hecho de llevarlo puesto lograba proteger su propio espacio.

Aquella hojita era el comprobante de que había interrumpido su tiempo más preciado para pensar en mí.
Es igual de difícil expresar la belleza de las matemáticas que explicar por qué las estrellas son hermosas.

La suma de los divisores del 220 es igual a 284. Y la de los divisores de 284, igual a 220. Son números amigos. Son una combinación muy infrecuente, sabes. Fermat o Descartes sólo lograron descubrir un par, cada uno de ellos. Estos dos números están unidos por la gracia de un vínculo divino. ¿No te parece hermoso? ¡Que la fecha de tu cumpleaños y el número grabado en mi reloj de pulsera estén unidos por un lazo tan maravilloso!

Mi madre murió de una hemorragia cerebral, justo cuando la incomprensión mutua se estaba desvaneciendo y yo empezaba a sentirme respaldada con esa abuela cercana. Por ello me sentí tan feliz, más que el propio Root, cuando lo vi abrazado por el profesor.

Mi cumpleaños y el reloj del profesor se habían encontrado tras un gran esfuerzo en la inmensidad del mundo de los números; ambos cuidaban de su relación amistosa, apoyándose por completo el uno en el otro.

El único tema del que podíamos hablar sin ningún problema era las matemáticas.

El sabía enseñar. Sus suspiros de admiración ante una fórmula, sus palabras alabando su belleza, el brillo de sus pupilas, eran muy significativos.

Dado que él olvidaba cuanto me había dicho, yo tenía la gran ventaja de poder hacerle la misma pregunta cuantas veces quisiera, sin reserva alguna. Mientras a un alumno normal le basta con una sola vez, yo, para comprender perfectamente algo, necesitaba cinco o diez explicaciones.

Aquellos brazos tenían toda la ternura necesaria para proteger al ser débil que estaba ante él. Me sentí feliz de ver a mi hijo abrazado por alguien de aquella manera.

Un niño debe estar ya en la cama a las ocho. Los adultos no tenemos ningún derecho a quitarle horas de sueño. Desde la aparición del ser humano, las criaturas siempre han crecido mientras dormían.

Así fue cómo un antiguo matemático, en los umbrales de la vejez, una asistenta y madre soltera que no llegaba todavía a los treinta y un muchachito de escuela primaria pudimos disfrutar de la cena sin sentirnos incómodos por el silencio. Y todo gracias al profesor.

Aunque a ambas nos unía el hecho de ser madres solteras, o precisamente por eso, no hubo modo de apaciguar el enfado de mi madre. Era una indignación transida por gritos de dolor y de pena. Su emoción era tan violenta que yo era prácticamente incapaz de saber cómo me sentía realmente. Pasada la vigésimo segunda semana de embarazo, me marché de casa. A partir de entonces, perdí todo contacto con ella.

Ahora estás en la época de acumular energía y, cuando explote, crecerás de golpe. Muy pronto podrás escuchar el sonido de los huesos que se estiran.

Mi madre sólo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto. Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien inglés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquiera que se encontrara con él…
Los que inventan el problema conocen la solución. Resolver un problema del que tenemos garantía de que existe solución, es como ir de excursión por el monte, con un guía, hacia una cumbre que ya avistamos. La verdad última de las matemáticas está escondida al final del camino, entre los arbustos, sin que nadie sepa dónde. Además, ese lugar no tiene por qué ser la cima. Puede estar entre las rocas de un despeñadero o en el fondo de un valle.

Todos los problemas tienen un ritmo, ves. Es igual que la música. Si consigues encontrar el ritmo al enunciarlo, leyendo en voz alta, descubres la totalidad del problema e incluso puedes adivinar las partes sospechosas en las que puede haber una trampa escondida.

Sobre todo, tenía ganas de estar al lado de Root cuando alguien era amable con él.

Curioso maestro que se enfada, encima de que tenemos tanto cuidado en no equivocarnos, ¿verdad?

Cuando un niño llega a casa, la madre tiene que estar presente para salir a recibirlo. Venga, démonos prisa. No hay nada más maravilloso que escuchar a un niño decir «¡Ya estoy en casa!».

Los pétalos del cerezo cayeron trazando círculos en el aire, añadiendo nuevos dibujos al secreto del universo.

La tranquilidad que buscaba el profesor existía dentro del corazón, adonde no llega el sonido del mundo exterior.

Lo que más aborrecía el profesor en este mundo era el gentío. Por eso no quería salir de casa. Los lugares donde se aglomera la gente, estaciones de trenes, grandes almacenes, cines, centros comerciales, le resultaban difíciles de soportar. el hecho de que diversos tipos de personas se unan por pura casualidad y se arremolinen rebullendo sin ningún orden, y, por otro lado, la belleza que requiere el sentido matemático, eran dos universos totalmente opuestos.

No era alegría ni libertad, sino calma lo que sentía al conseguir la solución correcta. Era la calma propia del que tiene la certeza que cada cosa está en su lugar, sin tener que añadir ni quitar una sola coma, y que las cosas van a quedarse así eternamente, como siempre había sido. Al profesor le encantaba aquello.

Esta vez, sin embargo, las lágrimas eran diferentes a las que yo conocía. Por mucho que le tendiera la mano, esta vez se derramaban en un sitio en donde yo no podía secarlas.

El dinero podía recuperarse después, y en cambio probablemente no habría muchas oportunidades para que un anciano y un niño disfrutaran juntos de un partido de béisbol.

Algunas de aquellas sencillas escenas que compartimos los tres no sólo no se han decolorado con el tiempo, sino que han ido emergiendo con más viveza y han reconfortado nuestros sentimientos.

Dios existe. Porque la matemática no tiene contradicción. Y el diablo también existe. Porque no es posible demostrarlo».
Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.

Eran platos poco originales pero apetitosos. Eran platos que podían aportar su dosis de felicidad al final de una jornada

El cumpleaños nos visita a todos una vez al año.

No había ningún contacto físico en ninguna parte, y sin embargo, daba la sensación de que entre ellos existía algún afecto.

El hecho de poder sentir el aliento de los otros muy cerca, y presenciar el proceso de ir acabando poco a poco las modestas tareas, nos aportó una alegría inesperada.

La conducta del profesor me hizo pensar nuevamente lo importante que había sido el día que nació Root.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...