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domingo, 12 de julio de 2020

Iván Turguénev; Diario de un hombre superfluo

No ha hecho nada reseñable en toda su vida

 

El concepto de hombre superfluo, como hombre inteligente, sensible e idealista pero nihilista e indeciso, se hizo popular gracias a la publicación de esta obra de Iván Turguénev en 1850.

 

Un hombre decente no habla de sus enfermedades; componer una novela corta, no, no es para mí; para deliberar sobre asuntos elevados no me alcanzan las fuerzas; describir la cotidianidad que me rodea ni siquiera me entretiene; pero me aburre no hacer nada, y me da pereza leer. ¡Oh! Voy a contarme mi propia vida. ¡Una idea magnífica! Justo antes de morir se considera correcto y no va a molestar a nadie. Empiezo.

 

Desprenderse al fin de la conciencia abrumadora de la vida, del sentimiento obsesivo e inquieto de la existencia!

 

Mientras el hombre vive, no percibe su propia vida; esta, como un sonido, se vuelve clara varios años después.

 

Las efusiones sentimentales son como el regaliz: al principio lo chupas y parece que no está mal, pero después se queda un sabor desagradable en la boca. Empezaré a contar mi vida con sencillez y tranquilidad.

 

Mi vida no se diferencia en nada de la vida de otra mucha gente. La casa paterna, la universidad, el servicio en los grados bajos del escalafón, el cese, un pequeño círculo de conocidos, pobreza sencilla, placeres modestos, ocupaciones humildes, deseos moderados, tengan la bondad de decirme si hay alguien que no conozca nada de esto. Y por eso no voy a contar mi vida, tanto más porque escribo para deleite mío; y dado que hasta yo creo que mi pasado no tiene nada demasiado alegre, y ni siquiera demasiado triste, debe de ser que no hay nada digno de atención.

 

He de confesar una cosa: en este mundo he sido un hombre completamente superfluo o, quizá, un pájaro completamente superfluo.

 

Es evidente que la Naturaleza no contaba con mi aparición y, en consecuencia, se comportó conmigo igual que con un huésped no esperado ni invitado.

 

En realidad soy bastante inteligente, incluso a veces se me ocurren ideas bastante divertidas, nada corrientes, pero puesto que soy un hombre superfluo y con un candado en mi interior, pues me cuesta horrores

 

Expresar mi idea, tanto más porque sé de antemano que la contaré mal. Incluso a veces me parece raro cómo habla la gente, con tanta sencillez y facilidad…

 

Esas tres semanas fueron la época más feliz de mi vida.

 

Cuando un hombre se siente muy bien, es sabido que su cerebro no trabaja mucho. Un sentimiento tranquilo y alegre, el sentimiento de estar satisfecho, se infiltra en todo su ser, lo absorbe; la conciencia de ser un individuo desaparece, se siente completamente feliz, como esa tontería que dicen los poetas educados. Pero cuando al fin pasa el encantamiento, el hombre a veces siente y lamenta haber cuidado tan poco de sí mismo en medio de esa felicidad, no haber duplicado sus reflexiones, sus recuerdos, no haber proseguido con su disfrute…, como si el hombre completamente feliz tuviera cuándo hacer esas cosas, ¡si ni se para a meditar sus sentimientos! Un hombre feliz es como una mosca al sol.

 

En ese estado de adoración apasionada y atenta en que con toda el alma se sigue inocente e involuntariamente cada movimiento del ser amado, en que no es capaz de hartarse de su presencia, de cansarse de oír su voz, en que sonríe y mira como un niño recuperado de una enfermedad, y una persona algo experimentada sabría a cien pasos y a primera vista qué es lo que ocurre

 

Sí, por fuerza tendrás que decir, como el filósofo ruso: «¿Cómo saber lo que no sabes?». Hasta mañana.

 

Aún teniendo ojos e incluso abriéndolos muchísimo, no llegan a ver nada o ven todo bajo una luz equivocada, como a través de unas lentes tintadas. Sus propias ideas y observaciones les obstaculizan cada paso.

 

La mentira es igual de vivaz que la verdad, si no más.

 

No es capaz de entender lo que ocurre en su interior, tampoco lo es de lo que ocurre delante de él.

 

Ya no tenía duda alguna sobre mi desgracia y estaba completamente desesperado,

 

La muerte es algo sagrado a pesar de todo, eleva a cualquier criatura.


martes, 23 de octubre de 2018

Tolstoi; La felicidad Conyugal


Lo que sonaba en mi alma era: ¿para qué? ¿Para qué hacer algo si de forma tan gratuita se desaprovechaban mis mejores años? ¿Para qué? Y a ese para qué no había más respuesta que las lágrimas. Capítulo I

Me parecía que mi vida estaba condenada a transcurrir en ese lugar solitario y apartado del mundo. Capítulo I

Usted no debe y no puede estar triste —dijo—. Tiene usted la música, que entiende, los libros, los estudios… Tiene toda una vida por delante, para la que ahora justamente debe prepararse si no quiere lamentarlo después. Dentro de un año ya será tarde. Capítulo I

Estudie más, no ceda a la melancolía. Capítulo I

Tanto con sus palabras como con sus ojos me colmó de caricias. Capítulo II

Los libros que antes leía sólo para matar el tedio de pronto fueron para mí uno de los mayores placeres en la vida; y todo únicamente porque él y yo hablábamos de libros, los leíamos juntos, y era él quien me los proporcionaba. Capítulo II

El decía que en la vida hay una felicidad indiscutible: vivir para el otro. Capítulo II

Él me descubrió todo un universo de alegrías en el presente, sin modificar nada en mi vida, sin añadir nada, salvo a sí mismo a cada una de mis impresiones. Capítulo II

Ese estado de ánimo especial de alegría inmotivada que tanto me gustaba en él y que llamábamos «loco entusiasmo». Capítulo III

El corazón me latió con tanta fuerza y una alegría tan inquietante, como prohibida. Capítulo III

Mi pecho estaba henchido de una felicidad tan grande que cuando volvía de la iglesia a casa tenía miedo de la vida, tenía miedo de cualquier impresión, de cualquier cosa que pudiese destruir esa felicidad. Capítulo IV

Ahora tiene en el alma una música que es mejor que cualquier otra música en el mundo. Capítulo IV

Sólo sentía que algo extraordinario me estaba ocurriendo. Capítulo V

Los sentimientos, las inquietudes y la felicidad de esos dos meses podrían ser suficientes para toda una vida. Capítulo VI

Nuestra vida no desmerecía frente a nuestros sueños. Capítulo VI

Leía, me dedicaba a la música, a su madre, a la escuela; pero todo era únicamente porque cada una de estas ocupaciones estaba relacionada con él y merecía su aprobación; pero en cuanto él no estaba ligado a alguna cosa, los brazos se me caían, y me resultaba muy extraño pensar que hubiese en el mundo algo aparte de él. Capítulo VI

Sólo él existía para mí en el mundo, y para mí era el más maravilloso y el más impecable de los hombres; por eso no podía vivir para nada más que no fuese él, que no fuese ser a sus ojos lo que él creía que yo era. Y él me creía la mejor y la primera de las mujeres del mundo, dotada de todas las virtudes posibles; y yo intentaba ser esa mujer a los ojos del mejor y el primer hombre de todo el universo. Capítulo VI


Quería movimiento y no el fluir sosegado de la vida. Quería inquietudes, peligros y sacrificio en aras del sentimiento. Había un exceso de energía en mí que no encontraba su lugar en nuestra vida apacible. Era presa de arrebatos de melancolía que yo, como si fuera algo malo, intentaba ocultarle, y también tenía arrebatos de una desbocada ternura y regocijo, que lo asustaban. Capítulo VI

Estaba tan ofuscada por ese súbito amor que por mí se había despertado de pronto en tanta gente extraña, por ese aire de elegancia, de placer y novedad que ahora respiraba por primera vez, había desaparecido tan repentinamente esa su influencia moral que tanto me oprimía, y me resultaba tan agradable en este nuevo mundo no sólo ponerme a su altura sino situarme por encima de él y de ese modo amarlo más y de forma más independiente que antes, que no lograba entender qué era aquello, tan dañino para mí, que él veía en la vida social.

Esas falsas relaciones pueden acabar con nuestras verdaderas relaciones, y yo aún tengo esperanza de que las verdaderas vuelvan. Capítulo VII

Una lucha de generosidades. ¿No es eso la felicidad conyugal? Capítulo VII

Me aterró que fuera a romperse para siempre esta relación que era toda mi felicidad, y quise volver. Capítulo VII


Sentí que todo un abismo se había abierto entre nosotros. Capítulo VII

De pronto su rostro me pareció viejo y desagradable. Capítulo VII

A partir de entonces nuestra vida cambió radicalmente, y también cambiaron nuestras relaciones. Ya no estábamos tan bien a solas como antes. Había cuestiones que evitábamos, y nos era más fácil hablar cuando había una tercera persona con nosotros que cuando estábamos frente a frente. En cuanto la conversación versaba sobre la vida en la aldea o sobre algún baile, era como si un tropel de chiquillos se nos pusiera a correr en plenos ojos y nos resultara incómodo mirarnos. Como si los dos sintiéramos dónde estaba el abismo que nos separaba y tuviésemos miedo de acercarnos a él. Capítulo VIII


Para cada uno de nosotros fueron surgiendo nuevos intereses, nuevas preocupaciones propias que ya no intentábamos hacer comunes. Dejó de inquietarnos que cada uno de nosotros tuviese un mundo propio, ajeno al mundo del otro. Capítulo VIII

Desaparecieron definitivamente sus accesos de alegría conmigo, sus niñerías; desapareció también su eterno perdón y su indiferencia por todo, eso que antes tanto me había molestado. Tampoco volvió a aparecer su mirada profunda que antes me desconcertaba y me alegraba; desaparecieron las plegarias juntos, los éxtasis compartidos, e incluso nos veíamos con poca frecuencia: él siempre estaba de viaje y ni se inquietaba ni se afligía por dejarme sola; yo llevaba una vida social muy intensa en la que él no me hacía falta. Capítulo VIII

Me hice a la idea de que no se trataba de falta de sinceridad, sino de la no necesidad de sinceridad. Capítulo IX

Ahora no sería capaz de entender eso que antes me parecía tan claro y tan justo: la felicidad de vivir para el otro. Capítulo IX

Cada época tiene su amor… Capítulo IX

De la misma manera que aquel año, cuando acababa de conocerte, pasaba noches enteras en vela pensando en ti, y yo mismo cultivé ese amor, y ese amor no hacía más que crecer en mi corazón, de esa misma manera en Petersburgo y en el extranjero pasé noches terribles en vela rompiendo, destruyendo ese amor que me atormentaba. Al amor no logré destruirlo, pero destruí lo que me atormentaba y me tranquilicé, y sigo amándote, pero con un amor distinto. Amor, pero no aquel; ha quedado su lugar, pero él ha estado muy enfermo, no tiene fuerza ni vitalidad, han quedado recuerdos y gratitud, pero…No vamos a intentar repetir lo vivido —continuó—, ni vamos a engañarnos. ¡Qué bien que no existan las inquietudes y las ansiedades de antaño! No tenemos nada que buscar ni por qué inquietarnos. Ya lo hemos encontrado y nos ha tocado una buena parte de felicidad. Ahora lo nuestro es borrarnos y despejar el camino, mira para quién —dijo, señalando a la nodriza que había llegado con Vania y se había detenido en la puerta de la terraza—. Así es, querida —concluyó, atrayendo mi cabeza hacia él y besándola. No me besaba un amante, sino un viejo amigo. Capítulo IX

Lloro por ese amor que se fue, que ya no existe ni volverá a existir. ¿Quién tiene la culpa? No lo sé. Ha quedado. Capítulo IX

Lo miré, y de pronto me sentí aliviada; como si me hubiesen amputado ese nervio emocional enfermo que tanto me había hecho sufrir. Capítulo IX
De pronto entendí clara y tranquilamente que el sentimiento de aquella época había pasado de manera irreversible, como el tiempo mismo, y que hacerlo volver no sólo era imposible, sino que provocaría opresión y malestar. Y, por otro lado, ¿de verdad había sido tan buena aquella época que a mí me parecía tan feliz? ¡Había pasado tanto tiempo, tanto! Capítulo IX
  
A partir de ese día el idilio con mi marido terminó. El sentimiento de antaño se convirtió en un recuerdo querido e irrevocable, y el nuevo sentimiento de amor por mis hijos y por el padre de mis hijos sentó el comienzo de otra vida, feliz de manera absolutamente distinta, una vida que aún no he terminado de vivir en este momento… Capítulo IX



sábado, 8 de abril de 2017

Fiodor Dostoyevski; Noches Blancas

—¿Mi historia? —grité yo asustado—. ¡Mi historia! Pero ¿quién le ha dicho que yo tengo una historia? No tengo ninguna…—Entonces, ¿cómo ha podido vivir si no tiene usted una historia? —me interrumpió ella entre risas.—¡Pues sin ninguna! Vivía a mi aire, como suele decirse, completamente solo, sólo del todo, ¿comprende lo que es estar solo?—¿Cómo que solo? ¿Es que nunca ve a nadie?”—Bueno, no, ver sí que veo. Aun así, estoy solo.

Existe una hora en mi día, amiga Nástenka, a la que tengo muchísimo cariño. Es esa hora en que acaban casi todas las tareas, los deberes y las obligaciones y todos se apresuran a llegar a casa para comer, echarse a descansar y, allí mismo, por el camino, inventan otros temas entretenidos que atañen a las tardes, a las noches y todo el tiempo libre que les queda.

Y con qué voy a soñar cuando en la vida real he sido tan feliz a su lado!

No necesito un consejo inteligente, necesito un consejo cordial, de hermano.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...