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domingo, 6 de enero de 2019

Fabio Volo; El tiempo que querría

El tiempo que querría; Fabio Volo


¿Cómo puede un hijo vivir su vida si el padre no ha vivido la suya? Aunque algunos lo consiguen, resulta siempre complicado. Es un taller de sentimientos de culpa que trabaja a todo ritmo.

Cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer, como canta Janis Joplin.

Dar con las palabras adecuadas para aplacar el dolor.

Estas relaciones siguen adelante por mucho que quien va a ser abandonado ya lo sepa. Porque prefiere hacerse el tonto. Cuando ninguno de los dos es capaz de afrontar la situación, el mecanismo se traba. A ambos los supera su propia incapacidad y la del otro. Entonces, se toman un tiempo. Pierden tiempo. Agotan el tiempo.

Casi siempre, la persona que va a ser abandonada se vuelve más afectuosa, más amable, más condescendiente; no se da cuenta de que de esta manera empeora la situación, pues toda persona muy condescendiente pierde atractivo. Cuanto más tiempo se deja pasar, más débil se vuelve la víctima.

Confundía el amor con la adaptación.

Humillándome, me enseñó el odio.

Como vampiros, los creativos chupan la sangre de cualquier forma de vida. Oyen casualmente una palabra, una frase o un concepto y, como una bombilla que se enciende, caen en la cuenta de que se trata justo de lo que estaban buscando

¿Cómo podía desear un hijo si seguía deseando un padre?

A esa edad, el corazón sigue siendo tierno y hace falta poco para destrozarlo.

Cuando estaba con ella, muchas veces decía que necesitaba mi espacio. Después he comprendido que el único espacio que necesitaba era ella.

Como si fueras el único que trabaja en el mundo. Estás tan metido en ti mismo que no reparas en todo cuanto se tiene que aguantar para estar contigo.

Hay personas que, aun sin conocerlas, enseguida te transmiten un halo de interés y cercanía

—¿Leer me haría feliz? No lo creo, los problemas de la vida no los arreglo leyendo, sino trabajando. 
—Tienes razón; sin embargo, muchas veces la felicidad y la infelicidad son fruto de las armas que uno posee para enfrentarse a las cosas.


Leer pone en movimiento todo tu interior: la fantasía, las emociones, los sentimientos. Es una apertura de los sentidos hacia el mundo, es un ver y reconocer cosas que te pertenecen y que si no lees, corres el riesgo de perderte. Nos ayuda a redescubrir el alma de las cosas. Leer sirve para dar con las palabras adecuadas, aquellas que precisamos para expresar debidamente algo. Sirve para describir bien eso que antes se nos resistía.

En los libros, las palabras de los demás resuenan como un eco dentro de nosotros, porque existen desde antes. Es el conocimiento del que hablaba Platón, el conocimiento que ya nos pertenece, que está en nuestro interior. Da lo mismo que el lector sea joven o mayor, que viva en una metrópoli o en una aldea perdida en el campo. Como también es indiferente que leas de un tema que atañe al pasado, al presente o a un futuro imaginario; el tiempo es relativo, y cada época tiene su modernidad. Además, leer es simplemente hermoso.

Nos acercamos a su estantería de libros. Tras repasar los títulos, decidí empezar por Viaje al fin de la noche

Y también te regalo un lápiz, para que subrayes lo que te guste.

Oye, que esto no es un libro, sino vida.

Después de Kerouac y Chatwin pasé a Huxley. Aún recuerdo mis primeras lecturas: Pregúntale al polvo, de John Fante; todos los libros de Charles Bukowski; Moby Dick, de Hermán Melville; Ivanhoe, de Walter Scott; La luna y las hogueras, de Cesare Pavese; El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati; Fiesta, de Ernest Hemingway; La educación sentimental, de Gustave Flaubert; El proceso, de Franz Kafka; Las afinidades electivas y Las desventuras del joven Werther, de Goethe; La isla del tesoro, de Stevenson; A sangre fría, de Truman Capote; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde; Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; Las ciudades invisibles, de Italo Calvino; Cartas luteranas, de Pasolini. Los libros de Dostoievski me impactaron. Tenían un aroma a realidad que me sobrecogía. Las escaleras de aquellas casas, las tabernas, las cocinas: sentía los olores, sentía frío cuando leía sobre paseos en la nieve y calor cuando los personajes acercaban las manos a una estufa.

Leyendo sentía que crecía.

Leer sobre gente que vivía situaciones difíciles, duras, incluso peores que la mía, me aligeraba y me hacía sentirme menos solo gracias a una especie de humillación colectiva.

Mi vida se había llenado de personas nuevas, que tenían el poder de cambiar mi estado de ánimo, de sugerirme pensamientos nuevos y nuevos modos de ser y de sentir.

Sam Cook, Chet Baker, Nancy Wilson, Sarah Vaughan, Muddy Waters, Bill Withers, Creedence Clearwater Revival, The Who, Janis Joplin, The Clash, AC/DC, Crosby-Nash, Dire Sraits, The Doobie Brothers, Eric Clapton, Grand Funk Railroad, Iggy Pop, Led Zeppelin.

En las páginas de esos libros encontraba a mi padre. Sabía que él había pasado antes que yo por ellos y buscaba todas sus huellas, hasta la más pequeña.

Quererla a ella, cambiar o solo intentarlo significaba destruir tus equilibrios.

Still Loving You, de los Scorpions, Mandy, de Barry Manilow, Up Where We Belong, de Joe Cocker y Jennifer Warnes, y Every Time You Go Away, de Paul Young.

Si quieres hacer gozar a tu mujer, has de saber que es más importante conseguir que se sienta relajada que follarla durante horas. Para lograr que se activen los centros del placer de una mujer, es necesario que se desactive una estructura del cerebro que se llama amígdala. Para que eso ocurra, la mujer debe estar relajada y no sentirse inquieta por nada.

Sentía que debía actuar, que las lecturas debían transformarse en acciones, en actos intrépidos.

Pensaba en el capitán Ahab de Moby Dick, que con su ejemplo me animaba a llegar hasta el final y a no renunciar jamás. Ese hombre me enseñó una de las cosas más importantes de la vida: la nobleza del intento, el valor de correr siempre el riesgo, sin miedo. Recordaba asimismo una decisión extrema como la del Barón rampante, perfecta para quien, como yo, ya no se reconoce en la vida que hace. Releía algunos de esos libros buscando respuestas a todos mis interrogantes.

Leer es hermoso y fascinante, pero para mí es aún más enriquecedor releer. Cuando releo, el interés radica menos en la historia, que ya conozco, que en los mundos que me había imaginado. Quiero saber si esas imágenes resurgen y se manifiestan en mí de la misma manera, y, sobre todo, si aún pueden cobijarme y dejarse habitar por mí. Cuando lees un libro que te gusta, sus páginas te cambian un poco; cuando relees, eres tú quien las cambia.

Los personajes, las frases y las palabras que se encuentran en los libros son como puentes que te permiten ir del sitio en el que estás hacia donde quieres ir, y casi siempre se trata de un puente que une a tu viejo yo con el nuevo, que te está esperando.

A veces la vida es realmente irónica.

Entre él y yo comenzaron a faltar los temas, luego las frases, después las palabras y al final también las explicaciones, las aclaraciones. A veces decía una frase y me daba cuenta de que podía ser mal interpretada, pero si la explicaba habría parecido aún más desafortunada. Así, nuestras vidas se distanciaban cada vez más por culpa de ideas y certezas preconcebidas. Para recuperar cierta proximidad seguramente hubiera bastado un «no es lo que crees, puede que me haya explicado mal…», pero lo dejábamos todo como estaba.

Yo aún no era capaz de dominar mi emotividad. Mi vínculo con el mundo se circunscribía a las relaciones profesionales. No había dejado mucho margen para las relaciones humanas reales, por ello, las situaciones de este tipo me pillaban desprevenido, sin defensas, frágil. Me encontraba mal. Salí de aquel sótano con ganas de vomitar. Entré en el coche y me puse a llorar, era incapaz de parar. Temblaba y sollozaba.

Nadie puede entrar en la soledad de otro.

El amor es como la muerte: no se sabe cuándo nos llegará.

Vivimos sin poder saber cuándo la mujer o el hombre que nos turbará va a entrar en nuestra vida. Podría llegar, como desgraciadamente me pasó a mí, cuando ya no se es capaz de amar.Hay épocas en las que nos gustaría que alguien nos turbara, pero la simple fuerza de nuestro deseo no basta para que vayamos a encontrar a ese alguien.

El embrujo de la novedad había sido para mí durante años como una droga que no podía dejar.

Mientras intentaba averiguar si aún podía amar, empecé a simular el amor. La capacidad de fingir ya la había experimentado y entonces era un hábito para mí. Me salía bien, llevaba fingiendo toda la vida. Creía que resultaría fácil también con ella. Normalmente, las personas que fingimos amar aprendemos a conformarnos, quizá porque, aunque el amor que se recibe no sea verdadero, es sin embargo verdadero el ofrecimiento, la intención. La voluntad, el deseo de darlo.

Todos los acoplamientos entre brazos y piernas por la mañana brindan dosis de tranquilidad.

El elixir de amor, de Donizetti.

Como decía Bill Bernbach: el artista rompe con las normas; nada memorable ha salido jamás de una fórmula.

Coincidía plenamente con las palabras de Camus: «Si siempre estamos dando vueltas sobre nosotros mismos, si siempre estamos viendo y haciendo las mismas cosas, perdemos el hábito y la posibilidad de ejercitar nuestra inteligencia, y poco a poco todo se cierra, se endurece, se atrofia como un músculo».

Tu fuerza es la autenticidad. No te esfuerces en ser lo que no eres, lucha por seguir siendo quien eres. No tienes que buscar nada, ya lo tienes todo; confía en mí, solo tienes que cobrar conciencia de ti mismo. Cree más en ti, trata de tener un poco más de autoestima. No debes buscar un lenguaje nuevo, sino aprender a escuchar el que posees. Defiende tu espontaneidad, y así irás ganando la naturalidad que da el tiempo si se tiene confianza en uno mismo. Recuerda que vivir es el arte de convertirse en lo que uno ya es.

Si criticas continuamente a los demás, acabas creando una gran expectativa sobre ti, tú solito te construyes tu propia trampa. Cuanto más criticas, más expectativas despiertas, y, cuantas más expectativas despiertas, más temes fracasar. Y muchas veces, en vez de dar el paso para hacer algo, lo postergas con una infinidad de excusas. Quien critica suele tener miedo.

Como escribió Paul Valéry: «El futuro ya no es lo que era».

Entré en el mundo del trabajo con la cabeza gacha. Yo no tenía ningún reparo en llevarle café a Enrico. Y puede que a esta humildad sea a lo que más le debo en mi profesión.

Las empresas han aprendido a dictar las reglas eliminando la fantasía: yo pago, yo tengo razón.

La gran conquista de la sociedad moderna es la aniquilación de la cultura del ahorro.

El trabajo solo tiene sentido si es un juego, manifestar la creatividad es una necesidad para no enloquecer.

Yo ya tengo un montón de problemas, no quiero que el trabajo sea un problema más.

Mantenía con mi padre una relación hecha de pocas palabras y de temas eludidos.

El silencio lo había ocultado todo.

—¿Sabes lo que pasa, papá? Pasa que estoy hasta los cojones. Pero esta vez de verdad. No aguanto más, llevamos así años y ahora estoy hasta los mismísimos. ¿Tú sabes por qué discutimos? Porque no tenemos nada que contarnos. No hablamos de nada por miedo a hablar de algo, a sacar cosas de las que podríamos arrepentirnos. ¿Por qué no me dices claramente que he sido un gilipollas por marcharme y que te he traicionado? Que te he dado la espalda, que he sido un egoísta… Anda, saca todo lo que guardas dentro, de una vez por todas.
»Estamos días sin vernos, a veces semanas, y para una vez que vengo a cenar con vosotros, tú te pasas todo el rato callado en la mesa, luego te levantas, vas al salón y pones la televisión. ¿Qué soy yo para ti? ¿Es que te molesto? 
»No nos conocemos, aunque somos padre e hijo. No sabes nada de mí, no sabes cómo me siento ni cómo me sentí cuando me marché. Lo único que me dices es que no quieres mi dinero y que en cuanto puedas me lo devolverás. Me has hartado con eso, los dos sabemos que es una frase de mierda. Ya no soporto que te sigas refiriendo a la vida en términos de buena y mala suerte. Todavía hoy, después de todos estos años, me tratas como a un extraño, como a un traidor. ¿Qué tengo que hacer para que me perdones? ¡Dímelo! 
»De niño procuraba no crear problemas, y cuando empecé a trabajar en el bar hice todo lo que podía, trabajaba y también me comía un poco de la mierda que había en tu plato. Me fui con un peso en el estómago del que no conseguía desprenderme ni cuando vomitaba. Porque puede que tú no lo sepas, pero yo muchas noches vomitaba. 
»He renunciado a todo en la vida, sobre todo a la felicidad, y me entregué al trabajo para intentar resolver nuestros problemas, para buscar una solución. Tenía que conseguirlo, no había alternativa. Y lo he conseguido. Pero el dinero me importa un carajo. En lugar de decirme que me lo devolverás, pregúntame cómo estoy, pregúntame qué puedes hacer por mí como padre, no como deudor. Porque lo único que yo deseo es vivir bien, y para eso necesito a un padre.
"He conocido a muchos otros padres, que han estado a mi lado, que me han enseñado mucho, y sin los cuales jamás habría llegado donde estoy. Y todos ellos siguen ahí, dispuestos a ayudarme y a estar a mi lado. Para mi son personas importantes, sin embargo, como padre te he seguido eligiendo a ti. Si sigo aquí después de todos estos años, es porque tú eres el padre que quiero.
"pero lo que quiero saber ahora es si tú me quieres como hijo. No quiero serlo porque te haya tocado, sino porque tú me has elegido. Elígeme papá o déjame marchar.
- Y si te pregunto si quieres que te lleve al hospital, no me contestes en el acto que no lo necesitas, sino que trata de entender, que a lo mejor quién necesita llevarte soy yo.

Tenerte a ti como hijo significa no pedirle nada más a la vida.

Paciencia para esperar el tiempo de paz.

James Taylor, Niele Drake, Cat Stevens, Bob Dylan, Eric Clapton, Carole King, Joni Mitchell, Cat Power, Norah Jones, Cesária Évora, Ibrahim Ferrer, Lucio Battisti.

No quería ir conociéndola poco a poco, sino que deseaba que nos lanzáramos juntos y que nos conociéramos durante el salto. Con los pies suspendidos en el vacío. Quería buscar una intimidad antes de saberlo todo sobre ella: la intimidad antes del conocimiento.

De niño lo esperaba detrás de la puerta de casa, luego, cuando llegaba, me abalanzaba sobre él, y me sentía feliz. Después dejé de hacerlo, porque tenía la sensación de que siempre estaba pendiente de otras cosas. Tal vez me equivoqué yo, tendría que haber seguido buscándolo. Pero resultó que, a partir de un momento, ninguno de los dos dio un paso hacia el otro. Desde entonces mi padre y yo estuvimos separados por un muro de lluvia, hecho de gotas de ausencia.

De chiquillo tuve que enfrentarme al mundo de los mayores y conocí enseguida la ferocidad de los adultos. Tuve asimismo que aprender a afrontar las dificultades económicas y emocionales de mi familia. Conseguí liberarme huyendo, alejándome de aquella situación; salí de aquello recibiendo palos en todos los frentes y esa trayectoria vital me cambió para siempre. Hizo de mí un hombre casi sin afectos, no por índole ni por elección, sino por instinto de supervivencia.

He comprendido algo importante de mi padre, quizá lo más importante para mí. Llevo años esperando que me diga «te quiero», y no me he dado cuenta de que me lo dijo cuando vino a mi casa a arreglar las plantas, o al prestarme su coche o al llevar el mío a lavar, o cuando me preguntó si quería que viniese a mi casa a montarme la repisa nueva, o cuando me reparó la bicicleta.


Su amor es práctico, es acción. Su palabra es acto.

Los ojos de mi madre tienen la luz del ángel de la anunciación.

Si yo intentase cambiar sus hábitos, no los haría más felices, al revés. Hay que respetar la dignidad ajena y comprender que cada cual se acostumbra a su propia medida. Están juntos desde hace cuarenta años y tienen equilibrios y mecanismos muy consolidados, pero también muy delicados. Tras todos estos años, se han creado entre ellos dinámicas que yo debo cuidarme mucho de no alterar.

No tengo hijos, de modo que no sé lo que se siente cuando se enseña algo a un hijo, pero puedo asegurar que enseñar algo a un padre es una emoción inexplicable. Incluso cosas tontas, como hacer un Sudoku. En cualquier caso, es emocionante. Sentirse útil, saber que le estás devolviendo algo, constituye una satisfacción tremenda y enternecedora.

He comprendido que estar con muchas mujeres al final no es más que un buen método de estar solo. La sexualidad desenfrenada y continuada conduce al sinsentido del mundo.

No sabes el placer que me produce recomendarle un libro o una película que no conoce.

La vida ante sí, de Romain Gary, Pobres gentes, de Fiodor Dostoievski, o Suave es la noche, de Francis Scott Fitzgerald. 

Soy, como todo el mundo, la suma de un número infinito de personas, las que han sido en el transcurso de mi vida.

Unicamente los que al principio se enmascaran bien te embaucan.

Siempre me ha costado levantarme temprano, pero cuando lo consigo, la luz, el silencio y el aire me hechizan. Hay una paz que me cautiva. Siempre me emociona ver aparecer el sol.

Mis ojos eran un dique que contenía un mar de lágrimas

Se impone el silencio entre nosotros, un silencio que nos separa.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Las pequeñas virtudes

Dedico este libro a un amigo mío, cuyo nombre callo. No está presente en ninguno de estos escritos, y, sin embargo, en la mayoría de ellos ha sido mi secreto interlocutor.

Le expreso aquí mi afecto y el testimonio de mi gran amistad, que ha pasado, como toda verdadera amistad, a través del fuego de las más violentas discordias.

Cuando empezaba a caer la primera nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Nos sentíamos como exiliados: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos, los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Invierno en Abruzo

Los sueños no se realizan jamás, y apenas los vemos rotos, comprendemos de pronto que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. Apenas los vemos rotos, nos oprime la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en este alternarse de esperanzas y nostalgias. Invierno en Abruzos

Pero aquélla fue la mejor época de mi vida, y sólo ahora que ha huido para siempre, sólo ahora, lo sé. Invierno en Abruzos

¿Qué camino elegirán para sus pasos? Los zapatos rotos

Sus jornadas eran, como las de los adolescentes, larguísimas y llenas de tiempo. Retrato de un amigo

Porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y distraída del muchacho que aún no pisa la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños. Retrato de un amigo

Para morir eligió un día cualquiera de aquel tórrido agosto; y eligió la habitación de un hotel de los alrededores de la estación, pues quería morir, en la ciudad que le pertenecía, como un forastero. Había imaginado su muerte en una vieja poesía, muchos años antes. Retrato de un amigo

En efecto, no hay nada más triste en el mundo que una conversación inglesa, cuidadosa siempre de no rozar nada esencial, de quedarse en la superficie. Para no ofender al prójimo entrando en su intimidad, que es sagrada, la conversación inglesa zumba su tema extremadamente aburrido para todos con tal de que no sea peligroso. Alabanza y menosprecio de Inglaterra

Una vez que se ha sufrido, la experiencia del mal no se olvida ya. El hijo del hombre

Nos damos cuenta de que no estamos curados de aquel mal. Por eso estamos obligados a buscar siempre nuevas fuerzas, una nueva dureza que oponer a cualquier realidad. El hijo del hombre

Cuando uno escribe un cuento, debe poner en él lo mejor de lo que posee y de lo que ha visto, lo mejor de todo lo que ha recogido en su vida. Y los detalles se gastan, se deterioran si se llevan con uno sin utilizarlos durante mucho tiempo. No sólo los detalles, sino todo, todos los hallazgos y las ideas. Mi oficio

Me ha sucedido conocer bien el dolor después de aquella época en que estaba en el sur, un dolor auténtico, irremediable, incurable, que ha destrozado toda mi vida, y cuando he probado a recomponerla de algún modo, he visto que mi vida y yo nos habíamos convertido en algo irreconocible respecto al tiempo anterior. Mi oficio

Obtener dinero gracias a él es una cosa muy dulce, es como recibir dinero y regalos de manos del ser amado. Así es mi oficio. Mi oficio

Hay el peligro de estafar con palabras que no existen verdaderamente en nosotros, que hemos encontrado aquí y allá, al azar, fuera de nosotros y que reunimos con habilidad porque hemos llegado a ser bastante vivos. Mi oficio

Comenzamos a callar de niños, en la mesa, ante nuestros padres, que nos hablaban todavía con esas palabras sangrientas y pesadas. Nosotros permanecíamos callados. Estábamos callados por protesta o por desdén. Estábamos callados para hacer comprender a nuestros padres que aquellas grandes palabras suyas no nos servían ya. Nosotros teníamos en reserva otras. Emplearíamos nuestras nuevas palabras más tarde, con personas que las comprendieran. Éramos ricos de nuestro silencio. Ahora estábamos avergonzados y desesperados de él, y conocemos toda su miseria. No nos hemos liberado jamás de él. Aquellas grandes palabras viejas que servían a nuestros padres son monedas fuera de curso y no las acepta ya nadie. Y las palabras nuevas, nos hemos dado cuenta que no tienen valor, de que con ellas no se compra nada. No sirven para establecer relaciones, son como agua, frías, infecundas. No nos sirven para escribir libros, ni para mantener ligada a nosotros a una persona querida, ni para salvar a un amigo. Silencio

Del silencio, cada cual se busca un modo de curarse. Unos se van a hacer viajes. En el ansia de ver países nuevos, gente distinta, está la esperanza de dejar tras de uno los propios turbios fantasmas; está la secreta esperanza de descubrir en algún punto de la tierra la persona que pueda hablar con nosotros. Otros se emborrachan para olvidarse de sus turbios fantasmas y para hablar. Y están, también, todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos se pasan las veladas dormidos en una sala de proyecciones, con una mujer al lado a la que, de esta forma, no están obligados a hablarle; otros aprenden a jugar al bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Suele decirse que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar al silencio. Silencio

Estamos felices acaso, pero con una felicidad que nos es difícil reconocer, por el pánico en que estamos de poderla perder de un momento a otro para siempre: ¡el niño en el cochecito que empujamos es tan pequeño, tan débil, y el amor que nos une a él es tan doloroso, tan asustadizo! Las relaciones humanas

Aprendemos a pedir ayuda al primero que pasa, sin saber si es un amigo o un enemigo, si querrá ayudarnos o nos traicionará; pero no tenemos elección, y por un instante le confiamos nuestra vida. Aprendemos también a prestar ayuda al primero que pasa.  Las relaciones humanas

Somos adultos porque tenemos a nuestras espaldas la presencia muda de las personas muertas. Las relaciones humanas

El secreto de la educación está en adivinar los tiempos. Las pequeñas virtudes

La verdadera defensa de la riqueza no es el miedo a la riqueza, a su fragilidad y a las viciosas consecuencias que puede tener; la verdadera defensa de la riqueza es la indiferencia respecto al dinero. Las pequeñas virtudes

El dinero que les damos a nuestros hijos se lo debemos dar sin motivo; debería serles dado con indiferencia, para que aprendan a recibirlo con indiferencia; y debería serles dado, no para que aprendan a amarlo, sino para que aprendan a no amarlo. Las pequeñas virtudes

Elevando el dinero a la función de premio, de punto de llegada, de objetivo a alcanzar, le damos un puesto, una importancia, una nobleza que no debe tener a los ojos de nuestros hijos, Afirmamos implícitamente el principio —falso— de que el dinero es la coronación de un esfuerzo y su término final. Las pequeñas virtudes

Es un error menor —pero error, al fin— ofrecer dinero a los hijos a cambio de pequeños servicios domésticos, de pequeñas ayudas. Es un error porque nosotros no somos, para nuestros hijos, dadores de trabajo: el dinero familiar es tan suyo como nuestro; esos pequeños servicios, esas pequeñas ayudas, no deberían tener compensación, deberían ser voluntaria colaboración a la vida familiar. Y, en general, creo que se debe ser muy cautos en prometer y dar premios y castigos. Porque la vida raramente tendrá premios y castigos; en general, los sacrificios no tienen premio alguno, y a menudo las malas acciones no son castigadas, sino, al contrario, espléndidamente retribuidas en éxito y dinero. Las pequeñas virtudes

Es preciso amar el bien y odiar el mal; y de esto no es posible dar ninguna explicación lógica. Las pequeñas virtudes

Acaso lo que a nosotros nos parece ocio es, en realidad, fantasía y reflexión que mañana darán frutos. Las pequeñas virtudes

Las posibilidades del espíritu son infinitas. Pero no debemos dejarnos dominar, nosotros, los padres, por el pánico ante el fracaso. Las pequeñas virtudes

Si un fracaso les duele a nuestros hijos, nosotros estamos para consolarlos; estamos para darles ánimo, si los ha mortificado un fracaso. Estamos también para hacerles bajar la cabeza si un éxito los ha hecho soberbios. Estamos para reducir la escuela a sus humildes y angostos confines; no es nada que pueda hipotecar su futuro, sino una simple oferta de instrumentos, entre los cuales quizá es posible elegir uno del que se valgan el día de mañana. Las pequeñas virtudes

Que a nuestros hijos no les falte jamás el amor a la vida.  Las pequeñas virtudes

¿Y qué es la vocación de un ser humano, sino la más alta expresión de su amor a la vida? Nosotros, entonces, debemos esperar, junto a él, a que su vocación se despierte, a que tome cuerpo. Su actitud puede parecerse a la del topo o la lagartija, que permanecen inmóviles fingiéndose muertos, pero, en realidad, olfatean y espían el rastro del insecto, sobre el que se arrojan de un salto. Junto a él, pero en silencio y un poco apartados, debemos esperar el salto de su espíritu. No debemos pretender nada; no debemos pedir o esperar que sea un genio, un artista, un héroe o un santo; y, sin embargo, debemos estar dispuestos a todo. Nuestra espera y nuestra paciencia debe contener la posibilidad del más alto y del más modesto destino. Las pequeñas virtudes

Una vocación, una pasión ardiente y exclusiva por algo que no tenga nada que ver con el dinero, la consciencia de poder hacer algo mejor que los demás, y amar este algo por encima de todo, es la única posibilidad, para un niño rico, de no ser condicionado en nada por el dinero, de ser libre frente al dinero, de no sentir, entre los demás, ni el orgullo de la riqueza ni su vergüenza. Las pequeñas virtudes

El nacimiento y desarrollo dé una vocación requiere espacio, espacio y silencio, el libre silencio del espacio.La relación que surge entre nosotros y nuestros hijos debe ser un intercambio vivo de pensamientos y sentimientos, y, sin embargo, debe contener profundas zonas de silencio; debe ser una relación íntima, y, sin embargo, no mezclarse violentamente con su intimidad; debe ser un justo equilibrio entre silencio y palabras. Las pequeñas virtudes

Su búsqueda de amigos, su vida amorosa, su vida religiosa, su búsqueda de una vocación, es necesario que estén cercadas de silencio y de sombra, que se desarrollen al margen de nosotros. Las pequeñas virtudes

Debemos ser para ellos un simple punto de partida, ofrecerles el trampolín desde el que darán el salto. Y debemos estar allí para ayudar, si hace falta una ayuda; deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre estamos disponibles, presentes en el cuarto de al lado, dispuestos a responder como sepamos a toda posible pregunta, a toda demanda. Las pequeñas virtudes


Pero si nosotros mismos tenemos una vocación, si no hemos renegado de ella o la hemos traicionado, entonces podemos dejarles germinar tranquilamente fuera de nosotros, rodeados de la sombra y del espacio que requiere el brote de una vocación, el brote de un ser. Ésta es la única posibilidad real que tenemos de resultarles de alguna ayuda en la búsqueda de una vocación: tener una vocación nosotros mismos, conocerla, amarla y servirla con pasión, porque el amor a la vida engendra amor a la vida. Las pequeñas virtudes

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...