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martes, 6 de julio de 2021

Gabriel Rolón; El duelo


Gabriel Rolón; El duelo

 

Dolores misteriosos e incomprensibles que provocan un tormento que no cesa.

 

El duelo es un trabajo.

 

Borges señaló que la pobreza de una nación no se mide tanto por la enorme magnitud de sus dolores sino por la pequeñez de sus alegrías. Y así de pequeñas eran las alegrías.

 

No basta el tiempo para borrar un hecho doloroso. El olvido es un trabajo, un esfuerzo que la psiquis realiza para expulsar de la consciencia una representación que lastima, un recuerdo que duele. Pero lo que creemos olvidado acecha como una criatura de la noche a la espera del momento preciso. Y el momento siempre llega. Entonces, lo enterrado regresa y su sombra aparece en los lapsus y los sueños, en los síntomas y actos fallidos, en los chistes que dicen lo que de otro modo no podría decirse.

 

No parece haber un plan divino que justifique tanto dolor. El mal ha sido siempre la piedra en el zapato para los hombres de fe.

 

No es necesario perder la vida para alcanzar el Cielo o condenarse al Infierno.

 

Una palabra que se aleja del vacío decir cotidiano.

 

Es intolerable pensar que tanto amor, tanto miedo, tanta pasión y tantos sueños puedan desvanecerse en la nada.

 

La nada es el verdadero nombre del Infierno.

 

Algunos sostienen que el poder corrompe. Lejos de eso, pienso que en realidad delata.

 

El arte es una bendición para el alma en duelo.

 

Polvo serás, mas polvo enamorado, sentenció Quevedo. Ese fue el sueño de los románticos.

 

Cuando el duelo no se refiera a la amenaza de morir, sino a la certeza de haber perdido a alguien amado y tener la obligación de seguir viviendo.

 

Es necesario simbolizar el dolor para quitarlo de la carne. Eso hace el arte. Encuentra un lugar para desplazar el sufrimiento. Así, lo perdido abandona su aspecto cruel y adquiere una forma más bella.

 

No hay dolor mayor que acordarse del tiempo feliz en la desgracia.


Instante efímero e incompleto. Por perfecto que parezca, todo momento aloja una ausencia. Y esa ausencia basta para empañar la felicidad.

 

El duelo implica una metamorfosis. Se trata de un trabajo que permite que una persona se convierta en alguien diferente después de recibir un golpe traumático. Que logre ponerse de pie después de algo tan tremendo como la muerte o el desamor.

 

Perder lo que se ama nos empuja a vivir en un espacio desconocido.

 

No se está en duelo por haber perdido algo importante sino por la dificultad de aceptar esa pérdida.

 

La persona cambia y deja de ser quien era hasta entonces.

 

El duelo es un proceso que se atraviesa y no un problema que se resuelve.

 

El trabajo de duelo no busca recuperar nuestro antiguo ser, sino que tengamos la valentía de animarnos a ser alguien diferente. Alguien que ha perdido, y a partir de esa pérdida es capaz de dar nacimiento a algo nuevo y distinto a la vez.

 

Solo nos enluta la muerte de aquellos, poco numerosos, que tienen el estatuto de irreemplazables.   JACQUES LACAN

 

El duelo podía ser suscitado por la pérdida de cualquier abstracción que hiciera las veces del amado. Hemos nombrado la libertad o la Patria. Pienso también en el duelo que implican los cambios de etapa, el paso de la niñez a la adolescencia o la pérdida de la juventud. Y hay más. La pérdida de un trabajo, la muerte de una mascota, la imposibilidad de alcanzar una vocación o la falta de vocación alguna. Son muchas las circunstancias que pueden despertar dolor y exigir un esfuerzo para superarlas

 

¿De qué dependerá la magnitud de ese dolor? Como dijo Lacan, de que la pérdida de esa persona, emoción o circunstancia sea experimentada como una pérdida insustituible.

 

Hemos señalado que en toda relación se construye algo que es independiente de uno y otro. Podemos pensar, entonces, que el vínculo de amor se sostiene en tres pilares: el enamorado, el objeto amado y «eso» que se erige entre ambos y los excede.

 

Parafraseando a Allouch podríamos decir que el amor contiene un trozo de mí, un trozo de ti y un trozo de sí.

 

El proceso de duelo evidencia el dolor de la batalla.

 

Las sombras pierden oscuridad y el presente se ilumina.

 

El sujeto recupera su contacto con el mundo y comienza su lucha por construir su destino.

 

Estar en duelo es haber amado. No hay duelo sin amor. No hay duelo si no existió alguien que alojó nuestro deseo y nos invitó a la aventura de crear algo que no existía antes.

 

Como sostuvo Thomas Carlyle, lo que amamos nunca nos es arrebatado por completo porque… … deja tras él un vestigio luminoso semejante a esas estrellas apagadas que se ven desde la tierra después de muchos siglos.

 

El duelo es un hecho misterioso y cruel, enigmático e incurable, porque la herida jamás sanará del todo.

 

Que debemos admitir que hay algo que ya no seremos más. Aunque volvamos a amar y construyamos sueños nuevos, ninguno reemplazará a los sueños perdidos.

 

Una metáfora eficaz para describir el efecto psíquico que ejercen los objetos amados y perdidos. Son luces que continúan iluminando aunque la estrella que las originó haya desaparecido hace tiempo.

 

Duelar no implica olvidar. Implica sí, una muerte personal. El antiguo escritor latino Sirius dijo que el hombre muere tantas veces como pierde a cada uno de los suyos.

 

Pero no solo morimos con cada uno de nuestros seres amados. También morimos un poco con cada amor perdido y cada ilusión frustrada. Eso es vivir: caer con cada pérdida. El duelo es la posibilidad de levantarse y volver en busca de un deseo más.

 

Una persona ha concluido su duelo cuando aceptó la pérdida, cedió una parte de sí mismo, renunció a ese «trozo de sí» propio del vínculo con lo perdido y además, ha sido capaz de dar origen a algo nuevo. Algo vital.

 

Un nacimiento más, producto del trabajo de duelo.

 

Morir no es una opción. Vivir sí. Nadie puede evitar la muerte, pero el suicida evita la vida. Y condena al infierno a quienes no mueren con él.

 

Todos, alguna vez, seremos duelados.

domingo, 18 de octubre de 2020

Mathias Malzieu; La alargada sombra del amor

I
¿Sabes que hay flores que adornan tu cielo?
I
Todo se parece en la oscuridad.
I
El reloj de tu corazón
I
Tras la muerte uno siempre se espera que algo aún se mueva, aunque sean las perlitas de un cocodrilo roto.
I
Ahora, papá, Lisa y yo somos huesos y músculos, nada más.
I
Los relojes siguen desgranando los segundos como si nada.
I
Fingimos caminar, imitamos a las personas que éramos antes, cuando aún estabas aquí.
I
Pues aquello no era nada en comparación con el vacío que nos estalló silenciosamente delante de las narices con el breve «se acabó» de la enfermera. Todo el mundo tenía miedo. Miedo de que te fueras. Y ahora que te has ido, tenemos más miedo aún.
I
Es espantoso el ruido de un corazón cuando se rompe.
I
Queremos seguir oyendo un poco del tú y del nosotros funcionando con normalidad, con palabras, y sin tubos de plástico. ¡Queremos «antes» y ahora!
I
Hemos recogido los corazones, nos hemos agarrado unos a otros con el mecanismo de los brazos y nos hemos marchado de la habitación.
I
Nos hemos despeñado. Igual que unos alpinistas a los que acabaran de quitar la pared montañosa, el punto de apoyo al que se aferraban para no perder pie. Aunque te hayas hecho a la idea de que va a suceder lo peor, la caída siempre es un brutal golpetazo.
I
Surge la noche en pleno día, en plena cara, y ya nunca nada será como antes.
I
Él también se marchará con su saco de vacío para el resto de su vida.
I
Es el vacío que se hincha y me hincha.
I
Ahí empiezan las caricias cortantes, las que se clavan en los antiguos recuerdos.
I
Cuando tuviste que marcharte de casa para ir al hospital, unas sombras ocuparon tu lugar. Las he visto extenderse, primero por la cocina, por entre las cazuelas inmóviles, luego se enredaron entre tus peinecitos y en el cuarto de la plancha, como unas telas de araña opacas. Al principio, me bastaba con soplarles un poco encima para que desapareciesen. Y mientras, pensaba y decía en voz alta que regresarías.
I
Después transcurrieron los días, tuviste que quedarte en el hospital, y las sombras se solidificaron en casa. Se extendían por debajo de la puerta de tu habitación, parecían auténticas plantas carnívoras. Los últimos días, era imposible tocar, ni siquiera acercarse al pomo de la puerta. Las sombras se aferraban a los cuadros colgados en el pasillo y trepaban por la pintura. Parecía que las paredes se agrietaban.
I
Ni siquiera estoy seguro de saber todavía cómo va eso de sacar notas musicales de mi cuerpo, ahora que tengo un agujero dentro.
I
Si es preciso, trucaré los relojes del mundo entero.
I
El que será el último vestido que te pondrás.
II
el corazón, cuando eres un gigante de ciento treinta años, lo tienes roto en mil pedazos! ¡Has conocido el amor y la muerte, y te han arrancado el corazón en más de una ocasión! Entonces es cuando compensas el dolor con las sombras
II
Tú acabas de sufrir un grave accidente de corazón. Tenderás a encogerte bajo el peso de las cosas; sin embargo, tendrás que crecer de golpe,
II
Al igual que cualquier capullo, las sombras pueden generar metamorfosis.
II
para empezar, debes luchar solo. No mezcles a nadie en esto, ni siquiera a las personas que quieres, principalmente a los que quieres.
II
En segundo lugar, no debes utilizar las puertas que conducen al país de la muerte. Luchar contra la muerte no significa ir a verla de cerca. El único modo de matar a la muerte es seguir vivo. Mantente orientado hacia la vida. La sombra funciona como una especie de vacuna, contiene la muerte, pero tú no debes tocarla. No bromees con eso, es lo que hace que con mayor frecuencia fracase el tratamiento. Eso y las personas que no aceptan la vida. Pero estos morirían de todas maneras.
II
Leo un fragmento, saborear las palabras igual que si metieras el dedo en una salsa, y respirar el olor del papel totalmente nuevo o completamente viejo, y oler la cola que une las páginas.
II
¿Y este libro tendrá magia dentro? El gigante me dijo que los libros eran instrumentos para luchar contra la noche.
II
Empezó a escribir relatos cortos, historias que ocultaba dentro de ella desde hacía demasiado tiempo.
II
Creo que, durante una época, los «libros» que escribía en su habitación le procuraron bienestar y le resultaron saludables.
II
Había santificado el acto de la escritura sin darse demasiada cuenta de ello.
II
Para mí se había convertido en una escritora-gran chef, sus creaciones siempre resultaban originales y ceremoniosas.
II
Ya hemos compartido la complicidad de la risa.
II
Solo con notar que mi hermana tenía ganas de soltar una carcajada, yo ya sentía el cosquilleo.
II
Me pesa todo el cuerpo, creo que es porque un corazón roto se diluye por todas partes a través de las venas, se extiende y se infla.
III
No sabemos qué hacer con todo ese amor en los ojos de la gente, con las flores y con la beatería que parece impregnarlo todo.
III
La gente nos mira como si tuviéramos la cara llena de sangre; sin duda debe de ser así.
III
Vivo en tu sueño, nadie puede ver tus sueños
III
Tienes que volver a aprender a reír, a comer con gusto, ¡debes reeducar tu gusto! Utiliza la sombra, lee, sueña, descansa, diviértete, aunque eso te parezca tan imposible como el día en que trataste de hacer el primer acorde de guitarra. Todo te parecerá ridículo, pero no abandones nada. ¡No cedas nada a la desesperación! Usa tus sueños. ¡Y si están rotos, pégalos! ¡Frótalos con tu sombra mágica, ya verás, amigo! Un sueño roto bien pegado puede volverse aún más bello y sólido. Hasta el punto de hacer añicos los límites de lo real. —Lo dice con una sonrisa acuchillada en su rostro tan viejo, tan viejo, que uno pensaría que es más viejo que los muertos—. ¡Ama las cosas! ¡Estás vivo! Y si te sientes muerto de tristeza, es normal, asúmelo. Sin embargo, no te dejes llevar, vamos… ¡Reivindícame un poco ese corazón!
III
Los cataclismos son pesados de digerir. Pero métete bien la idea de vida en la cabeza. Aunque te parezca algo lejano, inaccesible, esfuérzate y ve a tu ritmo. Además yo estoy aquí para engrasar los mecanismos. Puedo tratar de aterrorizarte, jovencito; y también de hacerte reír. Necesitas historias, no solo para divertirte. Has de reaprender tus recuerdos sin permitir que el miedo te bloquee. Ahora esto es lo más importante.
III
Los niños, más o menos afectados por la tristeza, según la edad, juegan en el columpio. El vaivén me reconforta.
III
Fragancias de verano.
III
Nos besamos, y puesto que ella era muy pequeña, cayó enamorada dentro de mí.
IV
Su cocina era su taller, su antro de perfumes y ahumados. Montaba las claras a punto de nieve con un golpe de puño ligero como un redoble de tambores.
IV
Para mí, el objetivo de este «juego» consiste en seguir vivo pese a la muerte.
IV
Pequeñas victorias sobre lo cotidiano.
IV
Huele a homenaje.
VI
Cuando era aún más pequeño que hoy, papá era el gigante que me llevaba a mi cama. Yo me dormía delante de la tele. Pero ahora que soy un gran pequeño grande, necesito un gigante para que me transporte a mi habitación.
IV
Te gustaba mucho poner mesas tan bonitas para comer como para mirar.
VII
Amor a montones
 

sábado, 11 de enero de 2020

Piedad Bonnett; Lo que no tiene nombre



Alcanza con las palabras los lugares más extremos de la existencia.

Esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje.   PETER HANDKE     

Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquiera. 

Hay algo crispado en nuestro silencio.

Esa bella sonrisa suya que ni siquiera puede ser opacada por la tristeza.

Frases cortas que quieren ser eficientes.

Nadie llora: si uno de nosotros se rindiera al llanto arrastraría con su dolor a los demás.

Siento, por un instante, que profanamos con nuestra presencia un espacio íntimo, ajeno.

Alguien infinitamente amado se ha ido para siempre, no volverá a mirarnos ni a sonreírnos.

Sé que mi lengua jamás podrá dar testimonio de lo que está más allá del lenguaje, hoy vuelvo tercamente a lidiar con las palabras para tratar de bucear en el fondo de su muerte, de sacudir el agua empozada, buscando, no la verdad, que no existe, sino que los rostros que tuvo en vida aparezcan en los reflejos vacilantes de la oscura superficie.

Tu dolor, el de los primeros minutos después de la noticia, se ha trocado en fría estupefacción, en pasmo,

Nos distrae de nuestra tristeza.

Mirada divertida

Los hechos, como siempre, acorralan las palabras.

Los cuadernos repletos de reflexiones académicas desnudan al individuo minucioso que empleó toda la tinta del mundo y horas y horas de su vida en investigar, analizar y sistematizar sus conocimientos sobre el arte y los artistas.

Vencida por la imposibilidad de acercarme a su intimidad, opté por un amor medular que no necesitaba de palabras.

Un silencio que pesa como piedra

Siento que algo definitivo está pasando en nuestras vidas.

Salman Rushdie, «La vida debe vivirse hasta que no pueda vivirse más».

El dolor del alma se siente primero en el cuerpo.

Que puede nacer de improviso, en forma de un repentino desaliento, de un aleteo en el estómago, de náusea, de temblor en las rodillas, de una sensación de ahogo en la garganta. O simplemente de lágrimas calientes que acuden sin llamarlas.

Daniel no volverá jamás. Es como si esta palabra afectara una parte de mi cerebro, que hace que me abisme a un estado desconocido, imposible de describir con palabras exactas.

Dolor me acerca a la locura.

Porque contando mi historia tal vez cuento muchas otras.

Como escribe Millás, «la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas».

«Los muertos sólo tienen la fuerza que los vivos les dan….», dice Javier Marías

jueves, 12 de septiembre de 2013

El arte es una herida hecha luz

Para toda mi gente querida, con amor. Sabéis quiénes sois aunque no os nombre.
Dedicatoria

Como no he tenido hijos, lo más importante que me ha sucedido en la vida son mis muertos, y con ello me refiero a la muerte de mis seres queridos.
El arte de fingir dolor

Sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo; la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible. Nunca se siente uno tan auténtico como bordeando esas fronteras biológicas: tienes una clara conciencia de estar viviendo algo muy grande.
El arte de fingir dolor

Los libros nacen de un germen ínfimo, un huevecillo minúsculo, una frase, una imagen, una intuición; y crecen como zigotos, orgánicamente, célula a célula, diferenciándose en tejidos y estructuras cada vez más complejas, hasta llegar a convertirse en una criatura completa y a menudo inesperada.
El arte de fingir dolor

Marie Curie. Siempre me resultó una mujer fascinante, cosa que por otra parte le ocurre a casi todo el mundo, porque es un personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida. Una polaca espectacular que fue capaz de ganar dos premios Nobel, uno de Física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie, y otro de Química, en 1911, en solitario.
El arte de fingir dolor

Vivimos tiempos radiactivos.
El arte de fingir dolor

Para poder escribir una novela, para aguantar las tediosas y larguísimas sentadas que ese trabajo implica, mes tras mes, año tras año, la historia tiene que guardar burbujas de luz dentro de tu cabeza. Escenas que son islas de emoción candente. Y es por el afán de llegar a una de esas escenas que, no sabes por qué, te dejan tiritando, por lo que atraviesas tal vez meses de soberano e insufrible aburrimiento al teclado.
El arte de fingir dolor

Por cierto que cada novela tiene pocas perlas: con suerte, con muchísima suerte, tal vez diez. Pero incluso puedes apañártelas con cuatro o cinco, si son lo suficientemente poderosas para ti, si son embriagadoras, si las sientes tan grandes que no te caben dentro del pecho y te dices: yo esto tengo que contarlo. Porque, de no hacerlo, presumes que la escena estallaría en tu interior y terminarías sacando chorros de vapor por las narices.
El arte de fingir dolor

Al perder la escritura perdí el nexo con la vida.
El arte de fingir dolor

Sentía una atonía, una distancia con la realidad, una grisura que lo apagaba todo, como si no fuera capaz de emocionarme con lo que vivía si no lo elaboraba mentalmente por medio de palabras.
El arte de fingir dolor

Tal vez el escritor sea un tipo más o menos tarado que es incapaz de sentir su propio dolor si no finge o construye con palabras sobre ello. Con esas palabras que colocan, que completan, que consuelan, que calman, que te hacen consciente de estar viva. Vaya, todos los términos me han salido con C. Extraordinario. El ciego tintineo del cerebro.
El arte de fingir dolor

El texto del que quería que hablara era el diario de Marie Curie, poco más de una veintena de páginas redactadas a lo largo de doce meses después de la muerte de su marido, que falleció a los cuarenta y siete años atropellado por un coche de caballos.
El arte de fingir dolor

No estoy hablando de teorías feministas, sino de intentar desentrañar cuál es el #LugarDeLaMujer en esta sociedad en la que los lugares tradicionales se han borrado (también anda perdido el hombre, desde luego, pero que ese pantano lo explore un varón).
El arte de fingir dolor

A veces tengo la sensación de que uno se mueve en la vida dando siempre vueltas por los mismos lugares, como en un desconcertante Juego de la Oca.
El arte de fingir dolor

Marie Curie Fue la primera en tantos frentes que resulta imposible enumerarlos. Una pionera absoluta. Un ser distinto.
El arte de fingir dolor

¿Cómo conquistó esa polaca sin apoyos ni dinero todo eso, tan temprano, tan sola, tan a contrapelo? Fue una mujer nueva. Una guerrera. Una #Mutante.
El arte de fingir dolor

El verdadero dolor es indecible. Si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte:
La ridícula idea de no volver a verte

Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes #Palabras para expresarte. Es como hablar un lenguaje que nadie más conoce. Es ser un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior. De ese tamaño de soledad estoy hablando.Y resulta que en el verdadero dolor, en el dolor-alud, sucede algo semejante. Aunque la sensación de desconexión no sea tan extrema, tampoco puedes compartir ni explicar tu sufrimiento.
La ridícula idea de no volver a verte

Pero cómo, ¿no voy a verlo más? ¿Ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula.
La ridícula idea de no volver a verte

Después de la muerte de Pablo, yo también me descubrí durante semanas pensando: «A ver si deja ya de hacer el tonto y regresa de una vez», como si su ausencia fuera una broma que me estuviera gastando para fastidiarme, como a veces hacía.
La ridícula idea de no volver a verte

El sufrimiento agudo es como un rapto de locura
La ridícula idea de no volver a verte

Portarse bien» en el duelo. #HacerLoQueSeDebe. Vivimos tan enajenados de la muerte que no sabemos cómo actuar. Tenemos un lío enorme en la cabeza. A mí me sucedió que tomé mi duelo como una enfermedad de la que había que curarse cuanto antes. Creo que es un error bastante común, porque en nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología: «Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse, en vez de posponerse», dice la doctora Iona Heath en su libro Ayudar a morir.
La ridícula idea de no volver a verte

En los primeros días, la gente te dice: «Llora, llora, es muy bueno», y es como si dijeran: «Ese absceso hay que rajarlo y apretarlo para que salga el pus». Y precisamente en los primeros momentos es cuando menos ganas tienes de llorar, porque estás en el shock, extenuada y fuera del mundo. Pero después, enseguida, muy pronto, justo cuando tú estás empezando a encontrar el caudal aparentemente inagotable de tu llanto, el entorno se pone a reclamarte un esfuerzo de vitalidad y de optimismo, de esperanza hacia el futuro, de recuperación de tu pena. Porque se dice precisamente así: Fulano aún no se ha recuperado de la muerte de Mengana. Como si se tratara de una hepatitis (pero no te recuperas nunca, ese es el error: uno no se recupera, uno se reinventa).
La ridícula idea de no volver a verte

la vida es tan tenaz, tan bella, tan poderosa, que incluso desde los primeros momentos de la pena te permite gozar de instantes de alegría: el deleite de una tarde hermosa, una risa, una música, la complicidad con un amigo. Se abre paso la vida con la misma terquedad con la que una plantita minúscula es capaz de rajar el suelo de hormigón para sacar la cabeza. Pero, al mismo tiempo, la pena también sigue su curso. Y eso es lo que nuestra sociedad no maneja bien: enseguida escondemos o prohibimos tácitamente el sufrimiento.
La ridícula idea de no volver a verte

Confieso que, durante muchos años, consideré que era una indecencia hacer un uso artístico del propio dolor.
La ridícula idea de no volver a verte

Aunque en mis novelas yo huya con especial ahínco de lo autobiográfico, simbólicamente siempre me estoy lamiendo mis más profundas heridas. En el origen de la creatividad está el sufrimiento, el propio y el ajeno. El verdadero dolor es inefable, nos deja sordos y mudos, está más allá de toda descripción y todo consuelo. El verdadero dolor es una ballena demasiado grande para poder ser arponeada. Y sin embargo, y a pesar de ello, los escritores nos empeñamos en poner #Palabras en la nada. Arrojamos #Palabras como quien arroja piedrecitas a un pozo radiactivo hasta cegarlo.
Yo ahora sé que escribo para intentar otorgarle al Mal y al Dolor un sentido que en realidad sé que no tienen. Clapton y Allende utilizaron el único recurso que conocían para poder sobrellevar lo sucedido.
El arte es una herida hecha luz, decía Georges Braque. Necesitamos esa luz, no sólo los que escribimos o pintamos o componemos música, sino también los que leemos y vemos cuadros y escuchamos un concierto. Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: «La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta». No basta, no. Por eso estoy redactando este libro. Por eso lo estás leyendo.
La ridícula idea de no volver a verte

Ella no iba a terminar encerrada en la triste jaula de lo doméstico.
Una joven estudiante muy sabia

Los ambientes revolucionarios siempre han sido favorables al avance de las mujeres; los momentos socialmente anómalos dejan fisuras en el entramado convencional por donde se escapan los espíritus más libres. Quiero decir que, por esas paradojas de la vida, es posible que la represión rusa ayudara a Marie a romper los prejuicios machistas de la época; unidos por la resistencia nacionalista, los hombres y las mujeres polacos eran sin duda más iguales.
Pájaros con las pechugas palpitantes

En Nada (1944), la maravillosa novela escrita en estado de gracia por Carmen Laforet, precisamente: ella sabía que tenía un talento literario descomunal, y su #Ambición estaba a la par de ese talento; pero no tuvo fuerza psíquica suficiente para sostener sus aspiraciones en medio del machismo ramplón de la posguerra española. No volvió a escribir nada de la valía de su primera novela, y de hecho escribió muy poco más. Se quebró. Se derrumbó. Laforet sí terminó envejecida y oscura y con la pechuga palpitando de impotencia y asfixia.
Pájaros con las pechugas palpitantes

El mayor problema de la mujer occidental consistía en no saber vivir para su propio deseo: siempre vivía para el deseo de los demás, de los padres, de los novios, de los maridos, de los hijos, como si sus aspiraciones personales fueran secundarias, improcedentes y defectuosas.
Pájaros con las pechugas palpitantes

Cuando pasa el tiempo y vemos que nuestro hombre no muda a Superhombre, empezamos a sentir una frustración y un rencor desatinados. Apagamos los focos de nuestros ojos, esos reflectores con los que antes les iluminábamos como si fueran las grandes estrellas de nuestra película; y empezamos a observarlos con desprecio y desilusión, como si fueran garrapatas.
Pájaros con las pechugas palpitantes

Las penas de amor abren insospechados abismos, espasmos de agonía que creo que en realidad se refieren a otra cosa, que van más allá de la historia amorosa concreta, que conectan con algo muy básico de nuestra construcción emocional. Con la piedra maestra en la que se asienta el edificio que somos. El desamor derrumba y derrota.
Pájaros con las pechugas palpitantes

La infancia es un lugar al que no se puede regresar (y por lo general tampoco quieres hacerlo: yo desde luego jamás volvería) pero del que en realidad nunca se sale. «El niño es el padre del hombre», decía Wordsworth en un célebre verso, y tenía razón: la infancia nos forja y lo que somos hoy hunde sus raíces en el pasado. Dicen que la Humanidad se puede dividir entre aquellos cuya infancia fue un infierno, en cuyo caso siempre vivirán perseguidos por ese fantasma, y aquellos que disfrutaron de una niñez maravillosa, que lo tienen aún mucho peor porque perdieron para siempre el paraíso. Bromas aparte (¿o quizá no sea una broma?), la infancia es una etapa morrocotuda. Toda esa fragilidad, esa indefensión, esa intensidad en las emociones; además de la imaginación febril, el tiempo eterno y una necesidad de cariño tan desesperada como la que siente el náufrago que agoniza de sed por un vaso de agua. En la infancia siempre estamos a punto de morir, metafóricamente hablando. O, al menos, de que mueran o resulten mutiladas algunas de nuestras ramas. Crecemos como bonsáis, torturados y podados y empequeñecidos por las circunstancias, las convenciones, los prejuicios culturales, los imperativos sociales, los traumas infantiles y las expectativas familiares. #HonrarALosPadres.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

Pablo es el más pequeño, el que asoma al fondo con la cabeza ladeada. Tenía diez años recién cumplidos. Y el caso es que ya estaba todo él ahí, pero con la inocencia y la ignorancia de lo que después le llegaría en la vida. Es extraño: desde que murió no sólo echo de menos su presencia, seguir viviendo con él y verle envejecer, sino que también añoro su pasado. Las muchas vivencias que no conocí. Esta niñez, esta tarde de verano en un barquito. Querría poderme beber, como un vampiro, todos sus momentos de felicidad.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

Nuestras camas son tan importantes! En ocasiones, aunque cada día menos, serán el escenario de nuestra muerte. Y, en cualquier caso, son el cobijo de nuestra desnudez más absoluta, y no me estoy refiriendo sólo a la falta de ropa.
El fuego doméstico del sudor y la fiebre

La normalidad es un marco convencional que homogeneiza a los humanos, como ovejas encerradas en un aprisco; pero, si miras desde lo suficientemente cerca, todos somos distintos.
Elogio de los raros

Muchas mujeres temen que sus necesidades emocionales puedan restarles independencia. Cuando tu independencia te ha costado tantísimo como le costó a Marie, tiendes a convertirte en una gallina clueca que, sentada sobre el pequeño huevo de su libertad, arrea picotazos a cuantos se acercan. Me ha sucedido incluso un poco a mí, pese a que mis circunstancias son infinitamente más favorables, así que entiendo su miedo.
Elogio de los raros

«Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia».
Marie Curieen una carta a su hija Iréne , Elogio de los raros

Claro que luego está la memoria involuntaria. Me refiero a la memoria proustiana, esa que evocan las magdalenas por carambola. Es extraordinario, porque, cuando se te muere alguien con quien has convivido mucho tiempo, no sólo te quedas tú tocado de manera indeleble, sino que también el mundo entero queda teñido, manchado, marcado por un mapa de lugares y costumbres que sirven de disparadero para la evocación, a menudo con resultados tan devastadores como el estallido de una bomba. Y así, un día estás viendo con toda tranquilidad una revista cuando das la vuelta a una página y zas, te das de bruces con la fotografía de una de las maravillosas iglesias de madera medievales de Noruega, sí, aquellas increíbles construcciones rematadas por dragones que más parecían salidas de un pasado vikingo que del cristianismo. Y tú has estado ahí con él en aquel viaje a Noruega delicioso, estuvisteis justamente ahí, ante esta bellísima iglesia de Borgund, absortos, entusiasmados y felices. Juntos. Vivos. Buuuuuummmm, estalla la bomba del recuerdo en tu cabeza, o quizá en tu corazón, o en tu garganta. Puro terrorismo emocional.
Elogio de los raros

La vida fluía, tan normal, y, de pronto, el abismo.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Ligereza, maravillosa virtud existencial que consiste en saber vivir el presente con plenitud serena.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Cuando uno se libera del espejismo de la propia importancia, todo da menos miedo.
Aplastando carbones con las manos desnudas

Para vivir tenemos que narrarnos; somos un producto de nuestra imaginación. Nuestra memoria en realidad es un invento, un cuento que vamos reescribiendo cada día (lo que recuerdo hoy de mi infancia no es lo que recordaba hace veinte años); lo que quiere decir que nuestra identidad también es ficcional, puesto que se basa en la memoria. Y sin esa imaginación que completa y reconstruye nuestro pasado y que le otorga al caos de la vida una apariencia de sentido, la existencia sería enloquecedora e insoportable, puro ruido y furia. Por eso, cuando alguien fallece, como bien dice la doctora Heath, hay que escribir el final. El final de la vida de quien muere, pero además el final de nuestra vida en común. Contarnos lo que fuimos el uno para el otro, decirnos todas las palabras bellas necesarias, construir puentes sobre las fisuras, desbrozar el paisaje de maleza. Y hay que tallar ese relato redondo en la piedra sepulcral de nuestra memoria.
Aplastando carbones con las manos desnudas
La creatividad es justamente esto: un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza. El arte en general, y la literatura en particular, son armas poderosas contra el Mal y el Dolor.
Una cuestión de deditos

Es verdaderamente prodigioso es que su vida pudiera dar para tanto.
Una cuestión de deditos

Es algo que, de alguna manera, nos sucede a todas. De nuevo es un problema del #Lugar, del maldito y borroso espacio propio que tenemos que encontrar las mujeres. Un #Lugar social, pero también un #Lugar íntimo. Qué angustiosa confusión entre el propio deseo y los deberes heredados.
Una cuestión de deditos

Su condición de mujer era algo en lo que no se pensaba jamás.
Una cuestión de deditos

Existe un dios de los novelistas. O una diosa.
Pero me esfuerzo

Sólo siendo absolutamente libre se puede bailar bien, se puede hacer bien el amor y se puede escribir bien.
Pero me esfuerzo

Se drogaba con el trabajo
Una sonrisa ferozmente alentadora

Anonadante indiferencia con que la vida continúa después del fallecimiento de alguien querido. Pero cómo, ¿el mundo sigue igual sin él? Tu cabeza lo entiende, pero tu corazón se queda atónito.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Esa mirada de ternura, de sorpresa y deseo.
Una sonrisa ferozmente alentadora

No hay nada que avive tanto la pasión como la sensación de que el amado se nos escapa.
Una sonrisa ferozmente alentadora

A veces las relaciones que se cimentan en el daño son más persistentes que las que se basan en el amor.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Y aquí hay que hacer un punto y aparte para hablar de la #DebilidadDeLosHombres, una gran verdad que todas conocemos pero ninguna menciona.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Cuántas veces mentimos las mujeres a los hombres; en cuántas ocasiones fingimos saber menos de lo que sabemos, para que parezca que ellos saben más; o les decimos que les necesitamos para algo, aunque no sea cierto, sólo para hacerles sentir bien; o les adulamos descaradamente para celebrar cualquier pequeño logro. Y hasta nos resulta enternecedor constatar que, por muy exagerada que sea la lisonja, nunca se dan cuenta de que les estamos dando coba, porque en verdad necesitan oír esos halagos, como esos adolescentes que precisan de un apoyo extra para poder creer ensí mismos. Sí: son capaces de ir al frente a combatir en guerras espantosas; de arriesgar la vida subiendo al Everest; de atravesar selvas procelosas para encontrar las fuentes del Nilo; pero, en lo emocional, en lo sentimental, en la realidad de cada día, los hombres nos parecen francamente #Débiles.
Una sonrisa ferozmente alentadora

Decidió envejecer.
Una sonrisa ferozmente alentadora

El tiempo, el dinero, el esfuerzo y espacio invertidos en construir para los muertos hubieran podido mejorar bastante la vida de los vivos. Aunque, si se piensa bien,
Unas viejas alas que se deshacen

«Morir es parte de la vida, no de la muerte: hay que vivir la muerte», dice con deslumbrante sencillez la doctora Iona Heath.
Unas viejas alas que se deshacen

Hasta en la muerte puede haber belleza, si sabemos vivirla.
Unas viejas alas que se deshacen

Soy una gran aficionada a las biografías: son cartas de navegación de la existencia que nos avisan de los escollos y de los bajíos que nos esperan. He leído cientos de ellas, y hay algo que siempre se repite y que me resulta bastante desolador. Resulta que el periodo de la infancia de los biografiados suele ocupar un amplio espacio; luego vienen la juventud y la madurez, que, naturalmente, abarcan montones y montones de hojas. Pero llega un momento del relato de sus vidas en donde, de repente, todo parece vaciarse o acelerarse o comprimirse. Quiero decir que, salvo que mueran jóvenes, cuando se alcanza la vejez se diría que lo que les sucede interesa muy poco.
La última vez que uno sube a una montaña

Una biografía de esas gruesas y minuciosas, pongamos de seiscientas páginas, y a lo mejor los treinta últimos años de la vida de una mujer que llegó a nonagenaria resulta que se despachan en menos de veinte hojas.
La última vez que uno sube a una montaña

Ese tiempo deshilachado y aparentemente insustancial del que los biógrafos no encuentran nada relevante que contar.
La última vez que uno sube a una montaña

Minna Keal tenía ochenta años. A partir de entonces, y hasta su muerte, sucedida una década después, «Creí que estaba llegando al final de mi vida, pero ahora siento como si estuviera empezando. Es como si estuviera viviendo mi vida al revés», dijo tras estrenar en los Proms.
La última vez que uno sube a una montaña

No existe una sola vida sin su cuota de mugre, aunque sea en proporciones pequeñas.
La última vez que uno sube a una montaña

Salvo en las óperas y los melodramas, la muerte es un anticlímax.
La última vez que uno sube a una montaña

Los personajes de ficción son las marionetas del inconsciente.
Escondido en el centro del silencio

No es fácil saber dónde pararse, hasta dónde es lícito contar y hasta dónde no, cómo manejar la sustancia siempre radiactiva de lo real.
Escondido en el centro del silencio

Poder llegar a analizar la propia vida como si estuvieras hablando de la de otro.
Escondido en el centro del silencio

Pero la literatura, o el arte en general, no puede alcanzar esa zona interior. La literatura se dedica a dar vueltas en torno al agujero; con suerte y con talento, tal vez consiga lanzar una ojeada relampagueante a su interior. Ese rayo ilumina las tinieblas, pero de forma tan breve que sólo hay una intuición, no una visión. Y, además, cuanto más te acercas a lo esencial, menos puedes nombrarlo. El tuétano de los libros está en las esquinas de las palabras. Lo más importante de las buenas novelas se agolpa en las elipsis, en el aire que circula entre los personajes, en las frases pequeñas.Por eso creo que no puedo decir nada más sobre Pablo: su lugar está en el centro del silencio.
Escondido en el centro del silencio

Creo que nuestra percepción lineal del tiempo lo empeora todo. Einstein dijo ya hace mucho que el tiempo y el espacio eran curvos, pero nosotros seguimos viviendo los minutos como una secuencia (y una consecuencia) inexorable. En su raro y conmovedor libro Un hombre afortunado, publicado en 1966, John Berger.
El canto de una niña

¿Por qué el suicidio va tener que ensuciar todo su pasado? Pero tendemos a ver las cosas así: si alguien se suicida, es como si toda su vida fuera una tragedia. Si alguien tiene una vejez solitaria, precaria e infeliz, es como si las tinieblas impregnaran toda su existencia. Pero no es así. Lo que vivió, lo vivió. Antes de que llegara el invierno, la cigarra disfrutó de una vida fantástica, mientras que la existencia de la hormiga siempre fue bastante tediosa. Además, de todos modos el periodo vital de los insectos es muy breve, o sea que, ¡hurra por la cigarra! Por lo menos tendría unas memorias alegres, una narración hermosa que contarse.
El canto de una niña

la #Felicidad es minimalista. Es sencilla y desnuda. Es una casi nada que lo es todo.
El canto de una niña

Con esa contumacia con que las parejas veteranas nos repetimos las pequeñas cosas que nos obsesionan.
El canto de una niña

A veces me pregunto en qué pensará uno antes de morir; qué recuerdos escogerá como resumen para narrarse.
El canto de una niña

Pero no te olvides de la felicitación navideña que escribió a su hija Irène y a Frédéric en diciembre de 1928. Ya te he citado parte, pero ahora transcribiré unas líneas más:
Cuanto más se envejece, más se siente que saber gozar del presente es un don precioso, comparable a un estado de gracia.
El canto de una niña

Y ahora dime: ¿No has sentido nunca la insidiosa tentación de dejar de ser quien eres? ¿De liberarte de ti mismo? Pero no hace falta ser tan drástico y tan loco como Wakefield: bastaría con ir soltando lastre. Con irse desnudando de las capas superfluas. Fuera la dictadura de #HacerLoQueSeDebe. Adiós a la #Ambición esclavizante y a la inseguridad torturadora (estas dos son pareja). Se acabó la #Culpabilidad y el ciego mandato de #HonrarALosPadres.
Al final, en efecto, es una cuestión de narración. De cómo nos contamos a nosotros mismos. Aprender a vivir pasa por la #Palabra. Recuerda los asombrosos resultados de ese estudio según el cual los separados y divorciados están más deprimidos que los viudos. ¿Qué les falta a los primeros? Desde luego no la persona amada, sino una narración convincente y redonda. Un relato consolador que les dé sentido. Todos los humanos somos novelistas y, por consiguiente, yo soy redundante porque además me dedico a escribir. Hago novelas cuyas peripecias no tienen nada que ver conmigo, pero que representan fielmente mis fantasmas; y ahora que con este libro he intentado decir siempre la verdad, quizá haya terminado haciendo en realidad mucha más ficción. Porque, como dice Iona Heath, «hallar sentido en el relato de una vida es un acto de creación».
Siempre pensé, y lo he escrito alguna vez, que la vejez es una edad heroica.
El canto de una niña

Según un conocido refrán norteamericano, «hacerse mayor no es para blandengues»

Con la edad podamos aprender a escribirnos mejor: a fin de cuentas la novela es un género de madurez. Y Creo que, si tienes suficiente dinero para pagar las necesidades básicas, y suficiente salud para ser autónomo, ser mayor te puede liberar de ti mismo.
El canto de una niña

la #Felicidad dibuja una estable y firme curva en forma de U a lo largo de la vida. Es decir, hombres y mujeres de todas las sociedades dicen sentirse más felices en la juventud y en la vejez, mientras que el momento más difícil de la existencia está entre los cuarenta y los cincuenta años.
El canto de una niña

Quizá los humanos estemos tópicamente acostumbrados a fijarnos sólo en los grandes hechos, en los actos pesados, en la solemnidad y en el afán.
El canto de una niña

Supongo que hace falta vivir mucho, y lograr aprender de lo vivido, para llegar a comprender que no hay nada tan importante ni tan espléndido como el canto de una niña bajo una higuera.
El canto de una niña


Tres libros formidables que cito en mi texto: Un hombre afortunado, de John Berger, en Alfaguara, Madrid, 2008; Ayudar a morir, de la doctora Iona Heath, en Katz difusión, Madrid, 2008, y El enterrador, de Thomas Lynch, en Alfaguara, Madrid, 2004. Agradecimientos


Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...