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lunes, 27 de junio de 2022

Adalbert Stifter, El solterón


Adalbert Stifter, El solterón

 

En sus ojos y sus mejillas brillaba toda su inquebrantable confianza en la vida.

 

Ay, qué misteriosa, qué enigmática y qué atractiva es la perspectiva del futuro y, sin embargo, qué claro y cotidiano aparece cuando este futuro se convierte en pasado!

 

Se sumergieron totalmente en esa tumba cotidiana que es el sueño.

 

Vidas colmadas de sufrimientos.

 

A uno le tiene que hacer ilusión todo, porque todo es bello, y más bello se va volviendo con el tiempo, conforme uno se va haciendo más viejo.

sábado, 9 de enero de 2021

Stefan Zweig; ¿Fue él?

Pasar los días ya un poco apagados de nuestra vejez ocupándonos de los asuntos más nimios y plácidos de la vida, como las flores y los libros.


Pero resultaba difícil de soportar por la manera sonora y ostentosa que tenía de ser permanentemente feliz.


Jamás, antes de conocer a Limpley, habíamos visto nosotros, gente mayor, que virtudes tan justas como la bondad, la cordialidad, la franqueza y la afectuosidad, por culpa de un estridente exceso, pudieran llevarle a uno a la desesperación.


Es una desfachatez ser feliz de una manera tan ostentosa y andar por ahí ventilando con tanto descaro sus sentimientos.

lunes, 18 de mayo de 2020

Franz Werfel; Una letra femenina azul pálido

I. Abril en octubre
Mundo mágico

III. El tribunal supremo
Presa del más horrible de los sentimentalismos.

III. El tribunal supremo
Mi único triunfo era no dejar traslucir nada.

III. El tribunal supremo
Las seis impenetrables semanas que pasé con Vera constituyeron el verdadero matrimonio de mi vida.

III. El tribunal supremo
Todo empezó muy discretamente y con el más trivial de los gestos: oculté mi alianza matrimonial. La primera mentira arrastró necesariamente tras de sí a la segunda y a las cien siguientes.

III. El tribunal supremo
Pero ¿podía él decirle la verdad a Amelie? Esa verdad destrozaría su matrimonio para siempre. Pese a los dieciocho años transcurridos, un ser como Amelie no podría perdonar ni superar aquel engaño ni, menos aún, una mentira que ya duraba toda la vida. En esos minutos se aferró más que nunca a su mujer. Se sintió débil. ¿Por qué no habría hecho trizas la maldita carta de Vera?

III. El tribunal supremo
La mentira en todas sus versiones.

III. El tribunal supremo
Sólo a través de un hijo queda el ser humano irremediablemente imbricado en el mundo, en la despiadada cadena de las causas y los efectos. Todos debemos responder por lo que hacemos.

IV. Leónidas interviene en favor de su hijo
Si no te importa, cariño, quedémonos un rato más hablando. No te asustes, pero hay algo que desde hace muchos, muchos años me oprime el corazón. Sólo que hasta hoy no he tenido valor para contártelo. Tú me conoces, Amelie, yo aguanto todo, menos las catástrofes, las tormentas sentimentales y las escenas; no soporto verte sufrir… Hoy te amo como te he amado siempre, y siempre te he amado como te amo hoy. Nuestro matrimonio es lo más sagrado que hay en mi vida, y tú sabes lo poco que me gusta el patetismo. Espero no tener mucho que reprocharme sobre mi amor. Debo decirte, eso sí, que hay una única y gravísima culpa. Eres libre de castigarme, sí, de castigarme con la máxima dureza. Estoy dispuesto a todo, mi querida Amelie, acataré incondicionalmente tu veredicto y, si me lo ordenas, abandonaré incluso nuestra casa, o, mejor dicho, la tuya, y me buscaré un apartamentito no muy lejos de ti. Pero, antes de juzgar, ten en cuenta que mi culpa tiene ya dieciocho años como mínimo y que no hay célula de nuestro cuerpo ni impulso de nuestro espíritu que sean los mismos de entonces.

IV. Leónidas interviene en favor de su hijo
¿No reside acaso la verdadera vida en lo imprevisto, en la inspiración del instante?

V. Una confesión, aunque no la debida
Tú no eras tú, sino un perfecto desconocido, el hombre de la doble vida, el marido de la otra, el gentleman embustero cuando nadie lo observaba.

VII. En sueños
Y mientras duerme bajo la opresiva cúpula de esa música siempre agitada, Leónidas sabe con una claridad meridiana que ese día le llegó una oferta de salvación, oscura, imprecisa, articulada a media voz como todas las ofertas de este tipo. Sabe que no se mostró digno de ella. Y sabe también que jamás le será presentada una nueva.

VI. Vera aparece y desaparece
Lo que es preciso lamentar sólo puede perdonárselo uno mismo…

miércoles, 23 de octubre de 2019

Stefan Zweig ; Miedo


La saciedad puede ser tan estimulante como el hambre, y esa vida regalada, carente de peligros, despertó en ella la sed de aventuras.


Todo lo que antes le parecía superficial, lo veía de repente como algo imprescindible, y le resultaba absurdo, prácticamente un sueño irreal, que una vagabunda a la que no conocía de nada la acechase por la calle y tuviera el poder de hacer saltar por los aires su vida familiar con una sola palabra.

Su miedo se había convertido en un delicado martillo con el que golpeaba cada uno de sus recuerdos, tratando de encontrar una entrada a las cámaras secretas del corazón de su marido.

Soledad suicida impuesta por el temor.

Adormecida por la tibia dicha en la que se había instalado, no había sentido la necesidad de salir de sí misma y aproximarse a ellos. Entre ella y su familia mediaban personas a las que se pagaba para que la dispensasen de cualquier obligación, de cualquier compromiso. Institutrices y sirvientes asumían esas pequeñas tareas en las que ahora —desde que había intentado entrar en la vida de sus hijos— empezaba a descubrir un atractivo del que carecían las ardientes miradas de los hombres o la pasión de un abrazo.

Se había sentido tentada por lo prohibido y había acabado perdiendo todo lo que tenía.

Bienestar con el que su alma se había adormecido.

El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo determinado y, por severo que sea, no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una tensión espantosa, que no conoce límite.

Los acusados sufren por la carga que supone tener que fingir, por la amenaza de ser descubiertos, por la necesidad de defender una mentira vulnerable en mil pequeños detalles, que a ellos se les escapan.

En secreto deseaba lo que hasta entonces más había temido: verse descubierta, que cayera sobre ella un rayo liberador y la fulminara.

Cada vez que entregaba dinero compraba una tarde sin preocupaciones, unas horas con los niños, un paseo.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Milena Michiko Flasar; llamé corbata


Milena Michiko Flasar; Le llamé corbata.

Soy un ser humano comprimido.

Yo mismo era una raya sin sangre.

No quería encontrarme con nadie. Encontrarse con alguien significa implicarse. Quedar anudado a un hilo invisible.

Encontrarse con alguien hace que te conviertas en parte de su tejido; precisamente esto era lo que trataba de evitar.

Volver a mirar desde unos ojos perplejos. Me refiero a que fueron mis ojos los que enfermaron en primer lugar. Después les siguió mi corazón.

Vivimos unos con otros bajo el mismo techo y, si no sentimos la urgencia de salir fuera, es sencillamente porque consideramos que es normal vivir así, bajo un mismo techo.

Fue aquel viento el que nos presentó.

Alguien que suspira de ese modo, pensé, no está únicamente cansado. Lo sentía, más que pensarlo. Sentía que se trataba de alguien que estaba cansado de la vida.

Lo hacía siendo tan completamente consciente de lo que hacía que el acto cotidiano se convertía en algo relevante.

Llorar es un asunto privado.

Su mirada y el reconocimiento con el que me había alumbrado tan solo iluminaron un poco el espacio a mi alrededor.

Con mis ojos interiores vi.

Su secreto nos había hecho aliados.

Lo mejor del trabajo es volver a casa. Milena Michiko Flasar; Le llamé corbata.

Mientras haya esperanza, no quiero saber cómo sería si le dijera la verdad. ¿Y para qué, en todo caso? Se merece algo mejor, algo mucho mejor que la verdad.

Me llamo Taguchi Hiro. Tengo veinte años. Veinte años es la edad que escogí para mí.

Cada hombre es una acumulación de historias. 

Se pueden escribir poemas funerarios, cientos de poemas, acerca de una misma muerte; sin embargo, cada uno de ellos dirá una cosa diferente dependiendo de lo que decida omitirse.

Desde que fui despedido el tiempo se ha vuelto aproximado.

Nunca he engañado a Kyōko con otra mujer. Puedo afirmarlo con sinceridad. Ninguna tentación era tan poderosa como la promesa que le había dado.

Todo comienza con la primera mentira. Se instala en el sistema. Echa raíces en él. En este primer estadio de su crecimiento se siente la tentación de arrancarla. A esta le sigue una segunda mentira. Las raíces se hacen más profundas. La tercera, la cuarta, la quinta mentira. A partir de este momento, sería necesaria una pala. La sexta. La séptima. Se necesitaría una excavadora. Las raíces ya se han extendido demasiado. Una red subterránea. No puede verse. Solo si se arrancara, se haría perceptible como el agujero que queda. La octava, la novena, la décima mentira. En algún momento el sistema queda invadido por completo. Si se intentaran extraer las raíces de la tierra, la superficie se vendría abajo.

A eso me refería. La mentira tiene un precio. Una vez que mientes te encuentras en otro espacio. Vives bajo un mismo techo, permaneces en las mismas habitaciones, duermes en la misma cama, das vueltas bajo la misma colcha. Pero la mentira se mete en medio y lo corroe todo. Es una fosa. No se puede sortear. Hace que la casa se parta en dos. ¿Y quién sabe si no ocurre lo mismo con la verdad?

El tiempo tiene arrugas

Es difícil despertar a alguien que no duerme

Si me hubiese quedado sentado un momento más, y hubiese esperado su sonrisa, habría descubierto que su discapacidad era insignificante comparada con la mía. Que lo que se había endurecido en mi interior me impedía, en lo más íntimo y profundo, sentir la ternura de sus mejillas. De nosotros dos, era yo quien padecía la lesión cardiaca más grave.

En los ojos secos también hay lágrimas. 

Qué es peor, preguntó Kyōko después de un rato. ¿El hecho de que me ocultara su situación o el hecho de que yo le ayudara a ocultármela? 

En el último momento está en tu mano hacer algo para que todo cambie, y entonces no pasa nada. Te has convertido en parte del público. El otro está en el escenario. Es una obra para un solo actor, los focos apuntan hacia su rostro, una obra solitaria. Mientras que tú, en la última fila, en la oscuridad, incapaz de intervenir, contemplas cómo la acción continúa sin ti. Cae el telón. Desde el principio, no debí de colaborar en la obra. Aun cuando lo hiciera por amor a él, debí haber sabido que una obra de este tipo no podía terminar bien. 

El quería cumplir su promesa con la vida cotidiana, y yo quería cumplir la mía, la de permanecer a su lado por amor a nuestra vida cotidiana.

A él no le gustaba especialmente su trabajo. Lo único que le gustaba de él era la rutina, y la satisfacción que le proporcionaba seguirla.

Si se dice que solo se vive una vez, por qué se muere tantas veces. 

Aquello que se evita, con mucha frecuencia tiene consecuencias más dolorosas que aquello que se hace.

Se dice que un maestro es inmortal. Incluso después de abandonar el cuerpo, sus enseñanzas continúan con vida en el corazón de sus alumnos.

Este extenderse uno mismo hacia el otro, es lo que necesitamos con más urgencia.

De lo auténtico con ayuda de lo inauténtico.


domingo, 10 de junio de 2018

Stefan Zweig; Carta a una desconocida


Desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced.

Creí que esa ternura sólo era para mí, para mí sola.

No hay nada más terrible que estar sola cuando estás rodeada de gente.

Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado

No me reconociste, ni entonces ni en ningún otro momento, nunca me has reconocido. ¿Cómo te puedo describir, querido, la decepción

La expectativa era paralizante.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno.

Pero tu bondad es peculiar, está abierta a cualquiera para darle todo lo que le quepa en las manos, tu bondad es grande, infinitamente grande, pero es —discúlpame— indolente.

Ayudas cuando te llaman, ayudas por vergüenza, por debilidad, no por placer. Déjame que te lo diga sinceramente: te gusta más un compañero en la fortuna que un pobre necesitado. Y a las personas que son como tú, aunque sean muy buenas, cuesta pedirles cualquier favor.

Nunca he conocido a ningún hombre que se entregue en esos momentos con tanta ternura, que ofrezca su profunda intimidad con tanto altruismo y que después lo diluya todo en un olvido infinito, casi inhumano.

Entonces su mirada se posó en el jarrón azul que tenía ante él, encima del escritorio. Estaba vacío, por primera vez desde hacía años estaba vacío en el día de su cumpleaños, y se asustó: fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frío hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...