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miércoles, 14 de noviembre de 2018

El Caballero de la armadura oxidada


Quizá siempre os habéis tomado la verdad como un insulto. En los bosques de Merlín

—¡Estáis tan asustado! —dijo Merlín—. Por supuesto, por eso os pusisteis la armadura desde el principio. En los bosques de Merlín

Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece. El dilema del caballero

Pasado, presente y futuro son uno cuando estás conectado a la Fuente —replicó Merlín. En los bosques de Merlín

Si realmente erais bueno, generoso y amoroso, ¿por qué teníais que demostrarlo? En los bosques de Merlín

Cómo podéis cuidar de ellos si ni siquiera podéis cuidar de vos mismo? En los bosques de Merlín

¡Una parte de su visera se había roto y se había caído! «¿Cómo habrá sucedido?», se preguntó. Ardilla contestó a la pregunta que él no había formulado en voz alta. —Se ha oxidado y se ha caído. —Pero, ¿cómo? —preguntó el caballero. —Por las lágrimas que derramasteis después de ver la carta en blanco de vuestro hijo —dijo Rebeca. El Sendero de la Verdad

Tenéis razón, Merlín. Tengo que liberarme de esta armadura por mí mismo. El Sendero de la Verdad

No podéis continuar viviendo y pensando como lo habéis hecho hasta ahora —dijo Merlín—. Fue así como os quedasteis atrapado en ese montón de acero al principio. El Sendero de la Verdad

Vuestra decisión de transitar un sendero desconocido teniendo que cargar con una pesada armadura, requiere mucho coraje. El Sendero de la Verdad

Tenéis que aprender a salvaros vos primero. El Sendero de la Verdad

El primer castillo se llama Silencio, el segundo Conocimiento y el tercero Voluntad y Osadía. Una vez hayáis entrado en ellos, encontraréis la salida sólo cuando hayáis aprendido lo que habéis ido a aprender. El Sendero de la Verdad

El caballero meditó sobre esto. La pena que había sentido era tan profunda que su armadura no había podido protegerle. Al contrario, sus lágrimas habían comenzado a deshacer el acero que le rodeaba. El Sendero de la Verdad

¡Las lágrimas de auténticos sentimientos me liberarán de la armadura! El Sendero de la Verdad

Cuando aprendáis a aceptar en lugar de esperar, tendréis menos decepciones. El Sendero de la Verdad

Los animales aceptan, los humanos esperan. El Sendero de la Verdad

Nunca oiréis a un conejo decir: «Espero que el sol salga esta mañana para poder ir al lago a jugar». Si el sol no sale, no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo. El Sendero de la Verdad

La mayoría de la gente está atrapada en su armadura —declaró el rey. —¿Qué queréis decir? —preguntó el caballero. —Ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos. Luego, un día quedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir. El Castillo del Silencio

Uno nunca acaba de viajar por el Sendero de la Verdad. El Castillo del Silencio

Julieta debía de haberse sentido muy sola hablando con un hombre envuelto en acero; tan sola como él se había sentido en esta lúgubre habitación. Su propio dolor y su soledad afloraron. Comenzó a sentir el dolor y la soledad de Julieta también. Durante años la había obligado a vivir en un castillo de silencio. Se puso a llorar. El Castillo del Silencio

¡Había necesitado el amor de Julieta y Cristóbal porque no se amaba a sí mismo! De hecho, había necesitado el amor de todas las damiselas que había rescatado y de toda la gente por la que había luchado en las cruzadas porque no se amaba a sí mismo. El Castillo del Conocimiento

Pusiste una armadura invisible entre tú y tus verdaderos sentimientos. Ha estado ahí durante tanto tiempo que se ha hecho visible y permanente. El Castillo del Conocimiento

Las lágrimas de autocompasión no te pueden ayudar. No son del tipo que a tu armadura puedan eliminar. El Castillo del Conocimiento

La ambición de vuestra complicada mente os llevó a intentar demostrar que erais mejor que otros caballeros. El Castillo del Conocimiento

La ambición que proviene de la mente te puede servir para conseguir bonitos castillos y buenos caballos. Sin embargo, sólo la ambición que proviene del corazón puede darte, además, la felicidad. El Castillo del Conocimiento

Podemos aprender del manzano. Se ha convertido en un árbol hermoso y maduro que da generosamente sus frutos a todos. Cuantas más manzanas coge más gente —dijo Merlín—, más crece el árbol y más hermoso deviene. Este árbol hace exactamente lo que un manzano debe hacer: desarrollar su potencial para beneficio de todos. Lo mismo sucede con las personas que tienen ambiciones del corazón. El Castillo del Conocimiento

Merlín dijo una vez que el conocimiento de uno mismo podía matar al Dragón del Miedo y la Duda. El Castillo de la Voluntad y la Osadía

No necesitaba probar nada. Era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no debía sentir ni miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión. El Castillo de la Voluntad y la Osadía

El miedo y la duda son ilusiones. El Castillo de la Voluntad y la Osadía

Aunque este Universo poseo, nada poseo, pues no puedo conocer lo desconocido si me aferro a lo conocido. La cima de la verdad

Ardilla y Rebeca se sintieron tentadas de ayudarle, pero se contuvieron, pues sabían que a veces la ayuda puede debilitar a un ser humano. La cima de la verdad

Antes, el temor a lo desconocido había entumecido sus sentidos, pero ahora podía experimentar todo con una claridad sorprendente. La calidez del sol del atardecer, la melodía de la suave brisa de la montaña y la belleza de las formas y los colores de la naturaleza que pintaban el paisaje causaron un placer indescriptible al caballero. Su corazón rebosaba de amor: por sí mismo, por Julieta y Cristóbal, por Merlín, por Ardilla y por Rebeca, por la vida y por todo el maravilloso mundo. La cima de la verdad.


lunes, 28 de mayo de 2018

El Arbol


«No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue». Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Por eso se había casado con él. Porque al lado de aquel hombre solemne y taciturno no se sentía culpable de ser tal cual era: tonta, juguetona y perezosa. Sí, ahora que han pasado tantos años comprende que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto…

Trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.

Soy un hombre muy ocupado. Se llega a mi edad hecho un esclavo de mil compromisos.

Caían páginas luminosas y enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas de viento caluroso, del viento que trae el «clavel del aire» y lo cuelga del inmenso gomero.

Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día
declarándola retardada. "No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue". Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

Él la alzaba y ella le rodeaba el cuello con los brazos, entre risas que eran como pequeños gorjeos y besos que le disparaba aturdidamente sobre los ojos, la frente y el pelo ya entonces canoso (¿es que nunca había sido joven?) como una lluvia desordenada. "Eres un collar —le decía Luis—. Eres como un collar de pájaros".

Sí, ahora que han pasado tantos años comprende  que no se había casado con Luis por amor; sin embargo, no atina a comprender por qué, por qué se marchó ella un día, de pronto...

—No tienes corazón, no tienes corazón —solía decirle a Luis. Latía tan adentro el corazón de su marido que no pudo oírlo sino rara vez y de modo inesperado—. Nunca estás conmigo cuando estás a mi lado — protestaba en la alcoba, cuando antes de dormirse él abría ritualmente
los periódicos de la tarde—. ¿Por qué te has casado conmigo?

Inconscientemente él se apartaba de ella para dormir, y ella inconscientemente, durante la noche entera, perseguía el hombro de su marido, buscaba su aliento, trataba de vivir bajo su aliento, como una planta encerrada y sedienta que alarga sus ramas en busca de un clima propicio.
—Estoy ocupado. No puedo acompañarte... Tengo mucho que hacer, no alcanzo a llegar para el almuerzo... Hola, sí estoy en el club. Un compromiso. Come y acuéstate... No. No sé. Más vale que no me esperes, Brígida.  —¡Si tuviera amigas! —suspiraba ella. Pero todo el mundo se aburría con ella. ¡Si tratara de ser un poco menos tonta! ¿Pero cómo
ganar de un tirón tanto terreno perdido? Para ser inteligente hay que empezar desde chica, ¿no es verdad?

Y de noche ¡qué cansado se acostaba siempre! Nunca la escuchaba del todo. Le sonreía, eso sí, le sonreía con una sonrisa que ella sabía maquinal. La colmaba de caricias de las que él estaba ausente. ¿Por qué se había casado con ella? Para continuar una costumbre, tal vez para estrechar la vieja relación de amistad con su padre.

Tal vez la vida consistía para los hombres en una serie de costumbres consentidas y continuas. Si alguna llegaba a quebrarse, probablemente se producía el desbarajuste, el fracaso. Y los hombres empezaban entonces a errar por las calles de la ciudad, a sentarse en los bancos de las plazas, cada día peor vestidos y con la barba más crecida. La vida de Luis, por lo tanto, consistía en llenar con una ocupación cada minuto del día. ¡Cómo no haberlo comprendido antes! Su padre tenía razón al declararla retardada.

En ella los impulsos se abatieron tan bruscamente como se habían precipitado. ¡A qué exaltarse inútilmente! Luis la quería con ternura y medida; si alguna vez llegara a odiarla, la odiaría con justicia y prudencia. Y eso era la vida. Se acercó a la ventana, apoyó la frente contra el vidrio glacial, Allí estaba el gomero recibiendo serenamente la lluvia que lo golpeaba, tranquilo y regular. El cuarto se inmovilizaba en la penumbra, ordenado y silencioso. Todo parecía detenerse, eterno y muy noble. Eso era la vida. Y había cierta grandeza en aceptarla así, mediocre, como algo definitivo, irremediable. Mientras del fondo de las cosas parecía brotar y subir una melodía de palabras graves y lentas que ella se quedó escuchando: "Siempre". "Nunca"...

Y noche a noche dormitaba junto a su marido, sufriendo por rachas. Pero cuando su dolor se condensaba hasta herirla como un puntazo, cuando la asediaba un deseo demasiado imperioso de despertar a Luis para pegarle o acariciarlo, se escurría de puntillas hacia el cuarto de vestir y abría la ventana.

Echada sobre el diván, ella esperaba pacientemente la hora de la cena, la llegada improbable de Luis. Había vuelto a hablarle, había vuelto a ser su mujer, sin entusiasmo y sin ira. Ya no lo quería. Pero ya no sufría. Por el contrario, se había apoderado de ella una inesperada sensación de plenitud, de placidez. Ya nadie ni nada podría herirla. Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad. Entonces empezamos a movernos por la vida sin esperanzas ni miedos, capaces de gozar por fin todos los pequeños goces, que son los más perdurables.  

Desnuda junto a un marido viejo que le volvía la espalda para dormir, que no le había dado hijos. No comprende cómo hasta entonces no había deseado tener hijos, cómo había llegado a conformarse a la idea de que iba a vivir sin hijos toda su vida.

No comprende cómo pudo soportar durante un año esa risa de Luis, esa risa demasiado jovial, esa risa postiza de hombre que se ha adiestrado en la risa porque es necesario reír en determinadas ocasiones. ¡Mentira! Eran mentiras su resignación y su serenidad; quería amor, sí, amor, y viajes y locuras, y amor, amor. . .


sábado, 30 de marzo de 2013

El monje que vendió su ferrari


La vida para mi, no es una vela que se apaga. Es más bien una espléndida antorcha que sostengo en mis manos durante un momento, y quiero que arda con la máxima claridad posible antes de entregarla a futuras generaciones. 
Bernard Shaw en Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 13.

Nunca descuides el poder de la sencillez. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 56.

La preocupación priva a la mente de gran parte de su poder y, antes o después, acaba dañando el alma. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 60.

Para vivir una vida de máxima plenitud hay que montar guardia y dejar que entre en tu jardín sólo la información más selecta. No puedes permitirte el lujo de un pensamiento negativo, ni uno solo. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 60.

Los sabios me enseñaron que en un día normal la persona normal tiene unos 60.000 pensamientos. Lo que a mi me chocó, fue que el 99 por ciento de los mismos era exactamente igual que el día anterior……es la tiranía del pensamiento empobrecido. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 60.

Administrar la mente es administrar la vida. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 61.

Cundo consigas arraigar el hábito de buscar lo positivo en cada circunstancia, tu vida pasará a sus dimensiones superiores. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 63.

De la lucha surge la fuerza. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 64.

Las personas crecen más cuando entran en la zona de lo desconocido.
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 115.

Cuando borras el miedo de tu mente, empiezas a parecer más joven y tu salud gana en vitalidad. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 118.

Mejorar cada aspecto de sí mismo constantemente. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 119.

Invertir menos tiempo en las cosas menos importantes para emplearlo en las que tienen más significado, requiere mucho coraje. Requiere que salgas de tu zona de confort. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 120.

Los libros te ayudan a ver lo que ya está dentro de ti. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 134.

Hay mucha gente que sufre de esa terrible enfermedad llamada excusitis. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 119.

El único modo de mejorar mañana es saber que has hecho mal hoy. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 139.

Sacar partido de la pérdida es una ley fundamental de la naturaleza. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 153.

Para ser dueño de tu tiempo has de separar la grasa de la carne. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 179.

¿Qué buenas obras has hecho durante el día? 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 187.

Cuando trabajas para mejorar la vida de los demás, indirectamente estás elevando la tuya. Cuando te preocupas de realizar actos bondadosos diariamente y al azar, tu propia vida se enriquece y gana en significado. Para cultivar la sntidad de cada día, sirve a los demás de alguna manera. 
Robin S. Sharma; El monje que vendió su ferrari, Plaza janés, Barcelona,  1997, p. 188. 

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...