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viernes, 11 de abril de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Cada vez que avanzo un paso hacia la generosidad, sé que me muevo del miedo al amor. Pero al principio estos pasos son duros de dar porque hay demasiadas emociones y sentimientos que me retienen. ¿Porqué tendría que gastar mi energía, tiempo, dinero, e incluso atención, con alguien que me ha ofendido?¿Porqué tendría que compartir mi vida con alguien que me ha faltado el respeto?

Porque la verdad es que, en sentido espiritual, el que me ha ofendido pertenece a mi “familia”, a mi “gen”. La palabra generosidad incluye el término “gen”. La verdadera generosidad actúa desde el convencimiento – no desde el sentimiento – de que todos a los que se me pide que perdone son “parientes” y pertenecen a mi “familia”. Y cada vez que obre así, esta verdad se me hará más visble. La generosidad crea la familia que cree en ella.

Dolor, perdón y generosidad son, por tanto, las tres vías mediante las que la imagen del Padre puede crecer en mi interior. Son tres aspectos de la llamada del Padre a estar en casa.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.143.

Como el Padre, tengo que atreverme a llevar la responsabilidad de ser una persona espiritualmente adulta y atreverme a confiar en que la verdadera alegría y plenitud sólo pueden venir de dar la bienvenida a casa a aquellos que están heridos, amándoles con un amor que no pida ni espere nada a cambio.
En esa paternidad espiritual hay un terrible vacío. No hay poder, ni éxito, ni fama, ni satisfacción fácil. Pero ese mismo vacío es el lugar de la verdadera libertad. Es el lugar donde “no hay nada que perder” donde el amor no tiene ligaduras y donde puede encontrarse la verdadera fuerza espiritual.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.144.

En la canción de Janis Joplin “Me and Bobby McGee” se dice “La libertad no es más que otra palabra para decir que no hay nada que perder”.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.144.

lunes, 7 de abril de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Mirar no con los ojos de mi baja estima personal, sino con los ojos del amor de Dios.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.113.

La cuestión no es: ¿Cómo puedo encontrar a Dios? Sino ¿Cómo puedo dejar que Dios me encuentre? La cuestión no es ¿Cómo puedo conocer a Dios? Sino: ¿Cómo puedo dejar a Dios que me conozca? Y finalmente, la cuestión no es: ¿Cómo voy a amar a Dios? Sino ¿Cómo voy a dejarme amar por Dios?
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.115

¿Puedo aceptar que merece la pena que se me busque? ¿Creo que Dios desea estar conmigo? Aquí está el núcleo de mi lucha espiritual: la lucha contra el autorechazo, el desprecio de mí mismo y la autocondena. Es una batalla muy difícil de librar porque el mundo y sus demonios conspiran para hacerme pensar en mí mismo como alguien que no merece la pena, que no sirve, alguien despreciable. Muchas economías se mantienen a flote manipulando la baja autoestima de sus consumidores y creando expectativas espirituales por medios materiales.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.116.

Tengo que aprender a “robar” toda la alegría que haya disponible y hacérsela ver a los demás. Sí, ya sé que todo el mundo no se ha convertido aún, que todavía no ha llegado la paz a todas partes, que no se ha acabado con la tristeza, pero veo gente que regresa y vuelve a regresar a casa; oigo voces que rezan; observo momentos de perdón y soy testigo de muchos signos de esperanza. No tengo que esperar a que todo vaya bien, sino que puedo celebrar cada pequeño indicio que me dice que el Reino está muy cerca.
Esto exige una disciplina. Exige elegir la luz cuando haya mucha oscuridad que me dé miedo, elegir la vida aún cuando las fuerzas de la muerte estén tan a la vista, y elegir la verdad aún cuando esté rodeado de mentiras. Tiendo tanto a impresionarme por la tristeza innata a la condición humana que ya no reclamo la alegría que se manifiesta en formas, muy pequeñas, pero auténticas. La recompensa por elegir la alegría es la propia alegría.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.124.

Desde la perspectiva de Dios, un acto oculto de arrepentimiento, un pequeño gesto de generosidad, un momento de verdadero perdón es todo lo que se requiere para que se levante de su trono, corra hacia su hijo y llene el cielo de sonidos de alegría.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.124.

viernes, 4 de abril de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

La gratitud como disciplina implica una elección consciente. Puedo elegir ser agradecido aún incluso, cuando mis emociones y sentimientos están impregnados de dolor y resentimiento. Es sorprendente la cantidad de veces que puedo optar por la gratitud en vez de la queja y el lamento. Puedo elegir ser agradecido cuando me critican, aunque mi corazón responda con amargura. Puedo optar por hablar de la bondad o la belleza, aunque mi ojo interno siga buscando a alguien para acusarle de algo feo. Puedo elegir escuchar las voces que perdonan y mirar los rostros que sonríen, aún cuando sigo oyendo voces de venganza y vea muecas de odio

Siempre se puede elegir entre el resentimiento y la gratitud porque Dios ha aparecido en mi oscuridad, me ha animado a venir a casa, y me ha dicho en un tono lleno de afecto: “Tu estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.” Así pues, puedo elegir entre vivir en las sombras, señalando a los que aparentemente son mejores que yo; puedo elegir lamentarme de la cantidad de desgracias que sufrí en el pasado, y dejar que el resentimiento me absorba. Pero no es esto lo que debo hacer. Está la opción de mirar en los ojos del único que salió en mi busca y reconocer que todo lo que soy y tengo es puro don que debo agradecer.

Muy raramente se lleva a la práctica la opción por la gratitud sin un esfuerzo. Pero cada vez que lo hago, la siguiente opción es un poco más fácil, un poco más libre, un poco menos consciente. Porque cada don que reconozco me lleva a otro y a otro don, hasta que por fin, el acontecimiento más normal, más obvio, y aparentemente más mundano, demuestra estar lleno de gracia. Los actos de gratitud lo hacen a uno agradecido porque, paso a paso, le hacen ver que todo es gracia.

Confianza y gratitud requieren el coraje de arriesgarse, porque la desconfianza y el arrepentimiento, en su necesidad de reclamar su atención, siguen advirtiéndome de lo peligroso que es dejar a un lado mis cálculos y predicciones. En muchos aspectos debo dar un salto de fe para dejar que la confianza y la gratitud tengan su oportunidad: escribir una carta amable a alguien que no me perdonará, llamar al que me ha rechazado, pronunciar alguna palabra de aliento a alguien que no puede decirla.

El salto de fe siempre significa amar sin esperar ser amado, dar sin querer recibir, invitar sin esperar ser invitado, abrazar sin pedir ser abrazado. Y cada vez que doy un pequeño salto, veo un reflejo del único que corre hacia mí y me hace partícipe de su alegría, la alegría en la que no solo me encuentro yo sino todos mis hermanos y hermanas. Así la confianza y la gratitud revelan al Dios que me busca, ardiendo de deseo porque todos mis rencores y quejas desaparezcan y por dejar que me siente a su lado en el banquete celestial.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p.93-94

martes, 1 de abril de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Es aquí donde veo lo perdido que está el hijo mayor. Se ha convertido en un extraño dentro de su propia casa. La verdadera comunión ha desaparecido. Toda relación se ha quedado en la oscuridad. Tener miedo o mostrar desdén, mostrarse sumiso o pretender controlar, ser opresor o ser víctima: éstas son las posibilidades que le quedan a uno cuando está fuera de la luz. No puede confesar sus pecados, no puede recibir el perdón, el amor mutuo no puede existir. La verdadera comunión se ha hecho imposible.
Conozco el dolor de esta difícil situación. Todo pierde su espontaneidad. Todo se convierte en sospechoso, consciente, calculado y lleno de segundas intenciones. Ya no hay autenticidad. El más mínimo movimiento reclama un contramovimiento; el más mínimo comentario debe ser analizado, el gesto más insignificante debe ser evaluado. Esta es la patología de la oscuridad.

A menudo parece que, cuanto más intento deshacerme de las sombras, más oscuro se hace. Necesito luz, pero una luz que conquiste mi oscuridad. Pero no puedo encontrarla por mi mismo. Ya no puedo perdonarme a mi mísmo.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 89-90.

¿Qué podemos hacer para que el regreso sea posible? Aunque el mismo Dios corre en nuestra busca para encontrarnos y llevarnos a casa, debemos reconocer que estamos perdidos, y hemos de prepararnos para ser encontrados y conducidos a casa. ¿Cómo?......practicando diariamente la confianza y la gratitud…que son las disciplinas para la conversión.
Sin confianza, no puedo dejar que me encuentren. La confianza es la convicción profunda de que el Padre me quiere en casa. Yo no me dejo encontrar cuando dudo de que merezco que me encuentren y creo que se me quiere menos que a los otros.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 91.

Hace falta una verdadera disciplina para pasar por encima de mis quejas de siempre y pensar, decir y actuar con la convicción de que se me busca y de que seré encontrado. Sin esta disciplina vuelvo a ser víctima de la desesperanza.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 92.

Resentimiento y gratitud no pueden coexistir, porque el resentimiento bloquea la percepción y la experiencia de la vida como don. Mi resentimiento me dice que no se me da lo que merezco. Siempre se manifiesta en envidia.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 92.

La gratitud, sin embargo va más allá de lo “mío” y “tuyo” y reclama la verdad que todo en la vida es puro don…..La disciplina de la gratitud es el esfuerzo explícito por reconocer que todo lo que soy y tengo me ha sido dado como don de amor, don que tengo que celebrar con alegría.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 93.

viernes, 28 de marzo de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Una vez que la queja entra en nosotros, perdemos la espontaneidad hasta el punto de que ya ni siquiera la alegría evoca alegría en nosotros.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 80.

Alegría y resentimiento no pueden coexistir.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 80.

Una vez, me sentía solo y le pedí a un amigo que aliera conmigo. Me contestó que no tenía tiempo y, sin embargo, un poco más tarde me lo encontré en una fiesta en casa de un amigo común. Al verme me dijo: “ Ven, únete a nosotros, me alegro de verte.” Pero yo estaba tan enfadado por no haber sabido nada de la fiesta, que era incapaz de quedarme. Se despertaron en mi interior todas mis quejas por no ser aceptado y querido y abandoné la habitación dando un portazo. Era incapaz de participar de la alegría que allñi se respiraba. En un momento, la alegría de aquella habitación se había convertido en fuente de resentimiento.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 80.

Justo en el momento en que quiero hablar o actuar desde lo más generoso de mí mismo, me encuentro atrapado en la ira y el rencor. Y cuanto más desinteresado quiero ser, más me obsesiono porque me quieran. Cuanto más lo doy todo de mí para que algo salga bien más me pregunto porqué los demás no lo dan todo como yo. Cuando pienso que soy capaz de vencer mis tentaciones, más envidia siento hacia los que ceden a ellas. Parece que allí donde se encuentra mi mejor yo, se encuentra también el yo resentido y quejicoso.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 82.

El amor del padre no fuerza al amado. Aunque quiera curarnos a todos de nuestra oscuridad interior, somos libres para elegir permanecer en la oscuridad o caminar hacia la luz del amor de Dios. Dios está allí. La luz de Dios está allí.. El perdón de Dios está allí. Lo que está claro es que Dios siempre está allí, siempre dispuesto a dar y perdonar, independientemente de lo que nosotros respondamos. El amor de Dios no depende de nuestro arrepentimiento o de nuestros cambios.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 85.

Cada hijo de Dios tiene su sitio, todos ellos son sitios de Dios. Tengo que dejar de lado cualquier intento de comparación, cualquier rivalidad o competición, y rendirme al amor del Padre. Para esto hace falta un salto de fe porque tengo poca experiencia en el amor que no hace comparaciones y desconozco el poder de un amor así. Mientras permanezca fuera, en la oscuridad, sólo podré experimentar la queja y el resentimiento que resulta de las comparaciones que hago.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 88.

Dios me implora que vuelva a casa, que vuelva entrar en su luz, que vuelva a descubrir allí que, en Dios, todo el mundo es amado única y totalmente. En la luz de Dios puedo considerar que mi hermano, mi prójimo pertenece a Dios tanto como yo. Pero fuera de la casa de Dios, hermanos y hermanas, maridos y mujeres, amantes y amigos se convierten en rivales e incluso en enemigos; cada uno de ellos vive dominado por los celos, las suspicacias y los resentimientos.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 88.

miércoles, 26 de marzo de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

El resentimiento interior revela mi propio “extravío”.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 77.

Mi ira y mi envidia eran pruba de mi esclavitud.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 77.

El extravío del hijo resentido es tan difícil de reconocer precisamente porque está estrechamente ligado al deseo de ser bueno y virtuoso. Sólo yo sé los esfuerzos que he hecho por ser bueno, agradable, por que se me acepte, y por ser un ejemplo a imitar. Toda mi vida me he esforzado por evitar las situaciones que me conducen al pecado; siempre he sentido pánico de caer en la tentación. Pero junto a esto estaba también la seriedad, la moralidad, incluso un cierto fanatismo, que hacía que me resultara cada vez más difícil sentirme a gusto en la casa de mi Padre. Me hice menos libre, menos espontáneo, menos jovial y cada vez más era considerado una persona “dura”.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 78.

Cuando escucho las palabras con las que el hijo mayor ataca a su padre, veo que hay una queja más profunda. Es la queja que llega de un corazón que siente que nunca ha recibido lo que le corresponde. Es la queja expresada de mil maneras, que termina creando un fondo de resentimientos. Es el lamento que grita “He trabajado tan duro, he hecho tanto y todavía no he recibido lo que los demás consiguen tan fácilmente. ¿Porqué la gente no me da las gracias, no me invita, no se divierte conmigo, no me agasaja, y sin embargo presta tanta atención a los que viven la vida tan frívolamente”?
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 78-79.

A menudo me descubro quejándome por pequeños rechazos, faltas de consideración o descuidos. A menudo observo dentro de mí ese murmullo, ese gemido, esa queja, ese lamento, que crece y crece aunque yo no lo quiera. Cuanto más me refugio en él, peor me siento. Cuanto más lo analizo, más razones encuentro para quejarme. Y cuanto más profundamente entro en él, más complicado se vuelve. Hay un enorme y oscuro poder en esta queja interior. La condena a los otros, la condena a mi mismo y el rechazo, van creciendo más y más fuertemente. Cada vez que me dejo seducir por él, me enreda en una interminable espiral de rechazo. Cuanto más profundamente entro en el laberinto de mis quejas, más y más me pierdo, hasta que al final me siento la persona más incomprendida, más rechazada y más despreciada del mundo.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 79.

De una cosa estoy seguro: quejarse es contraproducente. Siempre que me lamento con la esperanza de inspirar pena y recibir así la satisfacción que tanto deseo, el resultado es el contrario del que intento conseguir. Es muy duro vivir con una persona que siempre se está quejando, y muy poca gente sabe cómo dar respuesta a las quejas de una persona que se rechaza a sí misma. Lo peor de todo es que, generalmente la queja, una vez expresada, conduce a lo que quiere evitar: más rechazo.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 79.

lunes, 24 de marzo de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Una voz, una voz muy débil, me susurró que jamás un ser humano sería capaz de darme el amor que buscaba, ni aquella amistad, ni otra relación íntima; tampoco una comunidad podría satisfacer las necesidades más profundas de mi corazón.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 55.

Judas traicionó a Jesús. Pedro lo negó. Los dos eran hijos perdidos. Judas no fue capaz de resistir el hecho de que seguía siendo hijo de Dios, y se ahorcó.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 55.

Sin embargo, la voz de mi condición de hijo, no es una voz fácil. Las voces oscuras del mundo que me rodea intentan persuadirme de que no soy bueno y de que sólo podré serlo subiendo por la escalera del éxito. Estas voces me llevan a olvidarme de la voz que me dice “mi hijo, el amado”recordándome que el hecho de ser amado es independiente de cualquier mérito o hazaña. Estas voces oscuras empujan a la voz suave, amable y llena de luz que sigue llamándome “mi favorito”: me empujan a la periferia de mi existencia y me hacen dudar de que haya un Dios amoroso esperándome en lo profundo de mi ser.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 57.

Uno de los grandes retos de la vida espiritual es recibir el perdón de Dios. Hay algo en nosotros, los humanos, que nos hace aferrarnos a nuestros pecados y nos previene de dejar a Dios que borre nuestro pasado y nos ofrezca un comienzo completamente nuevo. A veces, parece como si quisiera demostrar a Dios que mi oscuridad es demasiado grande como para vencerla. Mientras el quiere devolverme toda la dignidad de mi condición de hijo suyo, yo sigo insistiendo en que me contentaría con ser un jornalero. Pero ¿realmente quiero que se me devuelva toda la responsabilidad del hijo? ¿Realmente deseo que se me perdone totalmente y que me sea posible vivir de otra forma? ¿Tengo la suficiente fe en mí mismo y en una enmienda tan radical? ¿Deseo romper con mi tan arraigada rebelión contra Dios y rendirme a su amor tan absoluto que puede hacer que surja una persona nueva? Recibir el perdón implica voluntad de dejar a Dios ser Dios y de dejarle hacer todo el trabajo de sanación, restauración y renovación de mi persona. Siempre que intento hacer yo sólo parte del trabajo, termino conformándome con soluciones del tipo “convertirme en jornalero”. Siendo jornalero puedo seguir manteniéndome distante, puedo seguir rebelándome o quejándome del salario. Siendo el hijo amado, tengo que exigir mi dignidad y empezar a prepararme para llegar a ser Padre.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 58.

jueves, 21 de febrero de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Pero el Padre no podía obligarle a que se quedara en casa. No podía forzar su amor. Tenía que dejarle marchar en libertad, sabiendo incluso el dolor que aquello causaría a ambos. Fue precisamente el amor lo que impidió que retuviera a su hijo a toda costa. Fue el amor lo que le permitió dejar a su hijo que encontrara su propia vida, incluso a riesgo de perderla.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 49.

Aquí se devela el misterio de mi vida. Soy amado en tal medida que soy libre para dejar el hogar. La bendición está allí desde el principio. La he rechazado y sigo rechazándola. Pero el Padre continúa esperándome con los brasos abiertos, preparado para recibirme y susurrarme al oído: “Tu eres mi hijo amado, en quién me complazco.”
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 49.

No estoy seguro de tener un hogar y veo a otros que parecen estar mejor que yo. Entonces me pregunto cómo puedo llegar donde están ellos. Me empeño en agradar, en tener éxito, en ser reconocido. Cuando fracaso siento celos y resentimiento hacia ellos. Me vuelvo suspicaz, me pongo a la defensiva y siento pánico al pensar que no conseguiré lo que quiero o que perderé lo que ya tengo. Atrapado en este enredo de deseos y necesidades, ya no sé cuales son mis motivaciones. Me siento víctima del ambiente y desconfío de lo que hacen o dicen los demás. Siempre en guardia, pierdo mi libertad interior y divido el mundo entre los que están conmigo y los que están contra mí. Me pregunto si realmente le importo a alguien. Me pongo a buscar argumentos que justifiquen mi desconfianza. Y dondequiera que vaya los encuentro, y me digo: “no se puede confiar en nadie”. Y entonces me pregunto si alguna vez alguien me ha querido. El mindo a mi alrededor se vuelve oscuro. Se me endurece el corazón. Mi cuerpo se llena de tristeza. Mi vida pierde sentido. Me he convertido en un alma perdida.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 52.

Aunque lo hubiera perdido todo: dinero, amigos, reputación, dignidad, paz interior y alegría, todavía seguía siendo el hijo de su padre.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 53.

jueves, 14 de febrero de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Cayendo constantemente en la misma trampa, antes de ser plenamente consciente de ello, me encuentro a mi mismo preguntándome por qué alguien me ha hecho daño, por qué me ha rechazado, o por qué no me ha prestado atención. Sin darme cuenta, me veo obsesionado por el éxito, por mi soledad, y por la forma en que el mundo abusa de mí. A pesar de mis constantes esfuerzos a menudo me encuentro soñando despierto, soñando que soy rico, poderoso y muy famoso. Todos estos juegos mentales me revelan la fragilidad de mi fe en que soy “el hijo amado” aquél en quien descansa el favor de Dios. Tengo tanto miedo a no gustar, a que me censuren, a que me dejen de lado, a que no me tengan en cuenta, que constantemente estoy inventando estrategias nuevas para defenderme y asegurarme el amor que creo que necesito. Y al hacerlo, me alejo más y más de la casa de mi padre y elijo vivir en un “país lejano”.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 46.

La cuestión es la siguiente: “¿A quién pertenezco? ¿A Dios o al mundo?” Muchas de mis preocupaciones diarias me sugieren que pertenezco más al mundo que a Dios. Una pequeña crítica me enfada, y un pequeño rechazo me deprime. Una pequeña oración me levanta el espíritu y un pequeño éxito me emociona. Me animo con la misma facilidad que me deprimo. A menudo soy como una pequeña barca en el océano, completamente a merced de las olas. Todo el tiempo y energía que gasto en mantener cierto equilibrio y no caer, me demuestra que mi vida es, sobre todo, una lucha por sobrevivir: no una lucha sagrada, sino una lucha inquieta que surge de la idea equivocada de que el mundo es quién da sentido a mi vida.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 47.

Mientras sigo corriendo por todas partes preguntando: “¿Me quieres? ¿Realmente me quieres?”, concedo todo el poder a las voces del mundo y me pongo en la posición del esclavo, porque el mundo está lleno de “síes”. El mundo dice: “Si, te quiero si eres guapo, inteligente y gozas de buena salud. Te quiero si tienes una buena educación, un buen trabajo y buenos contactos. Te quiero si produces mucho, vendes mucho y compras mucho.” Hay interminables “síes” escondidos en el amor del mundo. Estos “síes” me esclavizan, porque es imposible responder de forma correcta a todos ellos. El amor del mundo es y será siempre condicional. Mientras siga buscando mi verdadero yo en el mundo del amor condicional, seguiré “enganchado” al mundo, intentándolo, fallando, volviéndolo a intentar. Es un mundo que fomenta las adicciones porque lo que ofrece no puede satisfacerme en lo profundo de mi corazón.

Adicción es probablemente la palabra que mejor explica la confusión que impregna tan profundamente la sociedad contemporánea. Nuestras adicciones nos hacen agarrarnos a lo que el mundo llama las claves para la realización personal: acumulación de poder y riquezas; logro de status y admiración; derroche de comida y bebida, y la satisfacción sexual sin distinguir entre lujuria y amor. Estas adicciones crean expectativas que no consiguen más que fracasar nuestras necesidades más profundas. A medida que vamos viviendo en un mundo de engaños, nuestras adicciones nos condenan a búsquedas inútiles en el “país lejano” obligándonos a afrontar constantes desilusiones mientras seguimos sin realizarnos. En estos tiempos de crecientes adicciones, nos hemos ido muy lejos de la casa del Padre.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 47-48.

martes, 12 de febrero de 2008

El Regreso del Hijo Pródigo

Habiendo recibido gratis puedo dar gratis. Como el Amado, puedo enfrentarme a cualquier cosa, consolar, amonestar, y animar sin miedo a ser rechazado y sin necesidad de afirmación. Como el Amado, puedo sufrir persecución sin sentir deseos de venganza, y recibir alabanzas sin tener que utilizarlas como prueba de mi bondad. Como el Amado, puedo ser torturado y asesinado sin tener ninguna duda de que el amor que se me da es más fuerte que la muerte. Como el amado, soy libre para dar y libre para recibir, libre incluso para morir al tiempo que doy vida.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 43.

He abandonado el hogar una y otra vez. ¡He huído de las manos benditas y he corrido hacia lugares lejanos en busca de amor! Esta es la gran tragedia de mi vida y de la vida de tantos y tantos que encuentro en mi camino. De alguna forma, me he vuelto sordo a la voz que me llama “mi hijo amado”, he abandonado el único lugar donde puedo oír esa voz, y me he marchado esperando desesperadamente encontrar en algún otro lugar lo que ya no era capaz de encontrar en casa.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 44.

Dejo el hogar cada vez que pierdo la fe en la voz que me llama y hago caso de las voces que me ofrecen una inmensa variedad de formas para ganar el amor que tanto deseo.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 45.

Cólera, resentimiento, celos, deseos de venganza, lujuria, codicia, antagonismos y rivalidades son las señales que me indican que me he ido de casa.
Henri J. M. Nouwen; El Regreso del Hijo Pródigo, Meditaciones ante un cuadro de Rembrandt, primera edición 1994, PPC Editorial, 30ª edición, Madrid, 2004, p. 46.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...