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martes, 13 de abril de 2021

Joseph Conrad; Amy Foster


Joseph Conrad; Amy Foster

 

Maravillosa quietud del exterior. —Los relatos de viejos naufragios nos hablan de grandes sufrimientos.

 

Misteriosamente irónico. »Ésas eran las personas a las que él debía lealtad, y una profunda soledad parecía descender del cielo plomizo en aquel invierno sin sol. 

 

Sospecho que su agudeza mental, al igual que un ácido corrosivo, ha destruido su ambición.

 

Tuvo suficiente imaginación para enamorarse.

 

Se necesita imaginación para formarse un ideal de belleza, y todavía más para descubrirlo bajo una forma poco común.

 

Es como si esta tierra estuviera maldita, pues, de todos sus hijos, los más apegados a ella son de cuerpo tosco y andar pesado.

 

Como si llevaran los corazones llenos de cadenas.

 

A menudo los náufragos se salvaban de morir ahogados para perecer ignominiosamente de hambre en algún árido lugar de la costa; otros sufrían una muerte violenta o se veían convertidos en esclavos, y pasaban largos años de existencia precaria entre gentes que desconfiaban de ellos, los odiaban o temían por el mero hecho de ser extranjeros. Leer estas cosas nos inspira una gran lástima. Es duro para un hombre encontrarse en una tierra extraña, indefenso, sin nadie que comprenda su lengua, procedente de un misterioso país en algún rincón recóndito de la tierra. Pero de todos esos viajeros que han naufragado en los lugares más salvajes de la tierra, no hay uno solo, en mi opinión, que tuviera un destino tan trágico como el hombre del que hablo, el más inocente de ellos, arrojado por el mar en la ensenada de esta bahía, casi a la vista desde esta ventana.

 

He ido explicándole a usted más o menos con mis palabras lo que descubrí de forma fragmentaria a lo largo de dos o tres años, en los que casi nunca desaproveché la oportunidad de conversar amigablemente con él.

 

Me contó sus aventuras entre numerosos destellos de sus dientes blancos y el alegre fulgor de sus ojos negros; al principio, con una especie de inquieto balbuceo infantil, y más tarde, cuando ya aprendió nuestro idioma, con enorme fluidez, pero siempre con aquella entonación suave y melodiosa, además de vibrante, que confería un poder singularmente intenso al sonido de las palabras inglesas más familiares, como si hubieran sido vocablos de una lengua misteriosa.

 

Condenado a la más amarga soledad mientras yacía en su litera de emigrante; pues su naturaleza era tremendamente sensible.

 

Parecían haber dejado en su alma una oscura huella de asombro e indignación.

 

Se trataba de un nativo de la cordillera oriental de los Cárpatos, y el buque hundido la noche anterior en Eastbay había zarpado de Hamburgo lleno de emigrantes y era el Herzogin Sophia-Dorothea, de infausta memoria.

 

Unos meses después, supimos por los periódicos de la existencia de las fraudulentas «agencias de emigración» que actuaban entre los campesinos eslavos de las regiones más remotas de Austria. El objetivo de aquellos rufianes era apoderarse de las granjas y caseríos de aquellas gentes pobres.

 

la sensación de desamparo y sufrimiento que había experimentado, su desconsuelo y su asombro ante el hecho de que nadie pareciera verlo ni entenderlo, su consternación al no encontrar más que hombres enojados y mujeres furiosas.

 

Es cierto que se había acercado a ellos como un pordiosero, decía; pero en su tierra, incluso cuando no daban limosna, se dirigían a los mendigos con amabilidad. A los niños de su país no se les enseñaba a tirar piedras a quienes imploraban compasión.

 

No es de extrañar que Amy Foster apareciera ante sus ojos con la aureola de un ángel de luz.

 

Gracias a este acto impulsivo de piedad, él volvió a formar parte de la sociedad humana en aquel nuevo entorno. Jamás lo olvidó… jamás.

 

La serenidad que dan los años añade solemnidad a su porte.

 

Los semblantes reflejaban tristeza.

 

Con el tiempo, la gente se acostumbró a verlo. Pero jamás se acostumbró a él.

 

Ah! Él era diferente: inocente de corazón y lleno de una bondad que nadie parecía desear.

 

Aquel pobre náufrago era como un hombre trasplantado a otro planeta, separado de su pasado por una inmensa distancia y de su futuro por una inmensa ignorancia. Su forma de expresarse rápida y apasionada escandalizaba a todos.

 

»Supongo que era consciente de la hostilidad que le rodeaba. Pero era un hombre fuerte… no sólo espiritual, sino también físicamente.

 

Decía, ¿cómo iba a volver a casa con las manos vacías cuando habían vendido una vaca, dos ponis y un pedazo de tierra para pagarle la travesía?

 

Había encontrado el oro que buscaba. Era el corazón de Amy Foster, «un corazón de oro, capaz de conmoverse ante el sufrimiento ajeno», decía con absoluta convicción.

 

Aunque tal vez le sedujera el don divino de su compasión.

 

miércoles, 3 de junio de 2020

Jhumpa Lahiri; Tierra desacostumbrada


La naturaleza humana no dará fruto, al igual que la patata, si se planta una y otra vez, durante demasiadas generaciones, en la misma tierra agotada. Mis hijos han tenido otros lugares de nacimiento y, hasta donde alcance mi control sobre su fortuna, echarán raíces en tierra desacostumbrada. Nathaniel Hawthorne La aduana

Había seguido el consejo de su madre de acostumbrarlo al sabor de la comida india e hizo el esfuerzo de hervir pollo y verdura con canela, cardamomo y clavo. Ahora el niño comía alimentos que venían en caja.

Tenía la impresión de que ambos eran personas separadas que llevaban vidas separadas. Aunque sus ausencias contribuían a que ella se sintiera aislada, a veces era peor, no mejor, cuando Adam estaba en casa. Aunque tenía que cuidar de Akash, parte de ella empezaba a preferir la soledad, sin Adam rondando por la casa, preocupado por su estado de ánimo y su humor.

Quería tomarme unas vacaciones de mis vacaciones

La muerte de su mujer le había quitado un peso de encima, el efecto opuesto que había tenido en Ruma.

Pero la muerte también podía causar ese temor reverencial, ahora lo sabía: que un ser humano pudiera estar vivo durante años y años, pensando, respirando y comiendo, lleno de un millón de preocupaciones, sentimientos y pensamientos, ocupando espacio en el mundo, y luego, en un instante, se tornara ausente, invisible.

No quería ser parte de otra familia, parte del desbarajuste, las peleas, las exigencias, la energía requerida. No quería vivir en los márgenes de la vida de su hija, a la sombra de su matrimonio. No quería vivir otra vez en una casa enorme que no haría más que llenarse de cosas con el paso de los años, conforme crecieran los niños, todas las cosas de las que él se había deshecho recientemente, todos los libros y documentos, ropas y objetos que uno se veía obligado a poseer y también a guardar. La vida no hacía más que crecer hasta cierto punto. El punto al que ahora él había llegado.

La única tentación era el niño, pero sabía que éste lo olvidaría.

Curiosamente, era con su nieto, que sólo era medio bengalí y que no llevaba apellido bengalí, con quien notaba una conexión biológica directa, una sensación de sí mismo reconstituido en otro.

Su mujer y él eran su mundo entero. Pero con el tiempo esa necesidad se disipó, menguó hasta convertirse en algo amorfo, tenue, algo que en ocasiones amenazaba con quebrarse.

Esa pérdida también le estaba reservada a Ruma: sus hijos se convertirían en desconocidos, la evitarían. Y puesto que era hija suya quería protegerla de ello, tal como siempre había intentado protegerla de tantas cosas. Quería resguardarla del deterioro que inevitablemente se daba en el curso de un matrimonio, y de la conclusión que a veces temía que fuese cierta: que toda la empresa de tener una familia, de traer hijos a este mundo, por gratificante que pudiera llegar a ser a veces, era una causa perdida desde el principio. Pero todo eso no era más que especulaciones de un anciano, un anciano que ahora estaba portándose como un crío.

Estaba casado con su trabajo, su investigación, y existía en el interior de una concha que ni mi madre ni yo podíamos atravesar. La conversación era para él un quehacer; le suponía un esfuerzo que prefería invertir en el laboratorio.

sábado, 30 de junio de 2018

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde


Siempre tengo miedo de preguntar; me parece una cosa del día del juicio. Se empieza con una pregunta, y es como mover una piedra: vos estáis tranquilo arriba en el monte y la piedra empieza a caer, desprendiendo otras, hasta que le pega en la cabeza, en el jardín de su casa, a un buen hombre (el último en el que habríais pensado), y la familia tiene que cambiar de apellido. No, señor, lo tengo por norma: cuanto más extraño me parece algo, menos pregunto.

Habría aclarado o quizás disuelto el misterio, como sucede a menudo cuando las cosas misteriosas se ven de cerca.

Una maldad suavizada por la hipocresía.

Ese maldito vínculo, nacido del mal, no podía llevar más que a otro mal.

¡Ah, no hay peor enemigo del sueño que la mala conciencia!

Mi vida ha sido sacudida desde las raíces.

Respecto a las obscenidades morales que ese hombre me reveló, no sabría recordarlas sin horrorizarme de nuevo.

Aunque ya no fuera joven, yo no había aún perdido mi aversión por una vida de estudio y de trabajo. A veces tenía ganas de divertirme. Pero, como mis diversiones eran, digamos así, poco honorables.

Así fue como empecé muy pronto a esconder mis gustos, y que cuando, llegados los años de la reflexión, puesto a considerar mis progresos y mi posición en el mundo; me encontré ya encaminado en una vida de profundo doble.

He nacido en 18…, heredero de una gran fortuna y dotado de excelentes cualidades. Inclinado por naturaleza a la laboriosidad, ambicioso sobre todo por conseguir la estima de los mejores, de los más sabios entre mis semejantes, todo parecía prometerme un futuro brillante y honrado. El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer, pero que yo encontraba difícil de conciliar con mi prepotente deseo de ir siempre con la cabeza bien alta, exhibiendo en público un aspecto de particular seriedad.

Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí, más radicalmente que en otros, esas dos zonas del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre.

Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo sobre esta dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y también, sin duda, entre las mayores fuentes de infelicidad.

Por doble que fuera, no he sido nunca lo que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de la ciencia y el bien del prójimo.

El lado malo de mi naturaleza, al que había transferido el poder de plasmarme, era menos robusto y desarrollado que mi lado bueno, que poco antes había destronado. Mi vida, después de todo, se había desarrollado en nueve de sus diez partes bajo la influencia del segundo, y el primero había tenido raras ocasiones para ejercitarse y madurar. Así explico que Edward Hyde fuese más pequeño, más ágil y más joven que Henry Jekyll. Así como el bien transpiraba por los trazos de uno, el mal estaba escrito con letras muy claras en la cara del otro.

El mal además (que constituye la parte letal del hombre, por lo que debo creer aún) había impreso en ese cuerpo su marca de deformidad y corrupción. Sin embargo, cuando vi esa imagen espeluznante en el espejo, experimenté un sentido de alegría de alivio, no de repugnancia. También aquél era yo. Me parecí natural y humano. A mis ojos, incluso, esa encarnación de mi espíritu pareció más viva, más individual y desprendida, del imperfecto y ambiguo semblante que hasta ese día había llamado mío.

He observado que cuando asumía el aspecto de Hyde nadie podía acercárseme sin estremecerse visiblemente; y esto, sin duda, porque, mientras que cada uno de nosotros es una mezcla de bien y de mal, Edward Hyde, único en el género humano, estaba hecho sólo de mal.

Volviendo de prisa al laboratorio, preparé y bebí de nuevo la poción; de nuevo pasé por la agonía de la metamorfosis; y volviendo en mí me encontré con la cara, la estatura, la personalidad de Henry Jekyll.

Esa noche había llegado a una encrucijada fatal. Si me hubiera acercado a mi descubrimiento con un espíritu más noble, si hubiera arriesgado el experimento bajo el dominio de aspiraciones generosas o pías, todo habría ido de forma muy distinta. De esas agonías de muerte y resurrección habría podido renacer ángel, en lugar de demonio. La droga por sí misma no obraba en un sentido más que en otro, no era por sí ni divina ni diabólica; abrió las puertas que encarcelaban mis inclinaciones, y de allí, como los prisioneros de Filipos, salió corriendo quien quiso. Mis buenas inclinaciones entonces estaban adormecidas; pero las malas vigilaban, instigadas por la ambición, y se desencadenaron: la cosa proyectada fue Hyde. Así, de las dos personas en las que me dividí, una fue totalmente mala, mientras la otra se quedó en el antiguo Henry Jekyll, esa incongruente mezcla que no había conseguido reformar. El cambio, por tanto, fue completamente hacia peor.

La incongruencia de esa vida me pesaba cada día más. Principalmente por esto me tentaron mis nuevos poderes, y de esta manera quedé esclavo. Sólo tenía que beber la poción, abandonar el cuerpo del conocido profesor y vestirme, como con un nuevo traje, con el de Edward Hyde.

Pero también en el impenetrable traje de Hyde estaba perfectamente al seguro. Si pensamos, ¡ni existía! Bastaba que, por la puerta de atrás, me escurriese en el laboratorio y engullese la poción (siempre preparada para esta eventualidad), porque Edward Hyde, hiciera lo que hiciera, desaparecía como desaparece de un espejo la marca del aliento; y porque en su lugar, inmerso tranquilamente en sus estudios al nocturno rayo de la vela, había uno que se podía reír de cualquier sospecha: Henry Jekyll.

Los placeres que me apresuré a encontrar bajo mi disfraz eran, como he dicho, poco decorosos (no creo que deba definirlos con mayor dureza); pero en las manos de Edward Hyde empezaron pronto a inclinarse hacia lo monstruoso. A menudo a la vuelta de estas excursiones, consideraba con consternado estupor mi depravación vicaria. Esa especie de familiar mío, que había sacado de mi alma y mandaba por ahí para su placer, era un ser intrínsecamente malo y perverso; en el centro de cada pensamiento suyo, de cada acto, estaba siempre y sólo él mismo. Bebía el propio placer, con avidez bestial, de los atroces sufrimientos de los demás. Tenía la crueldad de un hombre de piedra.

Henry Jekyll a veces se quedaba congelado con las acciones de Edward Hyde, pero la situación estaba tan fuera de toda norma, de toda ley ordinaria que debilitaba insidiosamente su conciencia. Hyde y sólo Hyde, después de todo, era culpable. Y Jekyll, cuando volvía en sí, no era peor que antes: se encontraba con todas sus buenas cualidades inalteradas; incluso procuraba, si era posible, remediar el mal causado por Hyde. Y así su conciencia podía dormir.

Me había dormido Jekyll y me había despertado Hyde.

Esa otra parte de mí, que tenía el poder de proyectar, había tenido tiempo de ejercitarse y afirmarse cada vez más; me había parecido, últimamente, que Hyde hubiera crecido, y en mis mismas venas (cuando tenía esa forma) había sentido que fluía la sangre más abundantemente. Percibí el peligro que me amenazaba. Si seguían así las cosas, el equilibrio de mi naturaleza habría terminado por trastocarse: no habría tenido ya el poder de cambiar y me habría quedado prisionero para siempre en la piel de Hyde.

Otras veces había sido obligado a doblar la dosis, y hasta en un caso a triplicarla, con un riesgo muy grave de la vida.

Si al principio la dificultad consistía en desembarazarme del cuerpo de Jekyll desde hace algún tiempo gradual pero decididamente el problema era al revés. O sea, todo indicaba que yo iba perdiendo poco a poco el control de la parte originaria y mejor de mí mismo, y poco a poco identificándome con la secundaria y peor.

Entonces sentí que tenía que escoger entre mis dos naturalezas. Estas tenían en común la memoria pero compartían en distinta medida el resto de las facultades. Jekyll, de naturaleza compuesta, participaba a veces con las más vivas aprensiones y a veces con ávido deseo en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde no se preocupaba lo más mínimo de Jekyll, al máximo lo recordaba como el bandido de la sierra recuerda la cueva en la que encuentra refugio cuando lo persiguen. Jekyll era más interesado que un padre, Hyde más indiferente que un hijo.

Todo pecador tembloroso, en la hora de la tentación, se encuentra frente a las mismas adulaciones y a los mismos miedos, y luego éstos tiran los dados por él. Por otra parte, lo que me sucedió, como casi siempre sucede, fue que escogí el mejor camino, pero sin tener luego la fuerza de quedarme en él.

Sí, preferí al maduro médico insatisfecho e inquieto, pero rodeado de amigos y animado por honestas esperanzas; y di un decidido adiós a la libertad, a la relativa juventud, al paso ligero, a los fuertes impulsos y secretos placeres de los que gocé en la persona de Hyde.

Ser tentado, para mí, significaba caer

Mi demonio había estado encerrado mucho tiempo en la jaula y escapó rugiendo.

martes, 29 de agosto de 2017

El Asiento del Conductor

La novela negra surge en Estados Unidos en los años 20 y tiene como característica principal la comisión de un delito. Suele contener algún tipo de crítica social, y no intenta proponer ningún tipo de solución a  las situaciones descritas, sino únicamente retratarlas.

A diferencia de una simple novela de crimen o policíaca, la novela negra tiene toques góticos que le dan una atmósfera muy característica. La atmósfera es muy importante en este género, reflejo del pensamiento de los protagonistas. (paisajes sombríos, los espacios cerrados, atmósfera misteriosa y asfixiante, ambientes sórdidas, la noche, Personajes excentricos, extraños e insólitos, grandes peligros y a menudo cándidas muchachas en apuros).
Ambiente urbano generalmente oscuro y sórdido en el que reina la violencia. Si hay humor es negro o cínico. Los personajes  normalmente tienen personalidades complejas y atormentadas. Busca penetrar en las “penumbras del alma” para saber, más que comprender, de lo que es capaz el ser humano.
 Las tramas giran más alrededor del crimen y el criminal, que del detective, como ocurre en la novela policíaca.
Este género no es un género descriptivo, sino que se centra más en hechos y conversaciones.No suele haber intriga amorosa y de haberla, esta es secundaria a la historia principal.

Imposible quedar indiferente ante esta novela. te descoloca. Una historia curiosa…un narrador que te despista que no sabes por donde te va a llevar, Personajes desconcertantes, llama la atención cada una de sus descripciones, trama curiosa. Historia de excentricidades, intriga y tensión. Una historia que comienza sin preámbulos…sin darte mucho cuenta quedas atrapada. En la que desde un principio se nos anuncia que ella muere y así y todo quieres saber más acerca de cómo va ocurrir. Es como una historia al revés. sabemos muy luego el final. Un final que es secundario con respecto a la trama. Una novela que juega con nuestras expectativas. Nada es lo que parece.


Es la historia de las ultimas horas de la vida de una mujer joven que se toma vacaciones para arrancar de la rutina de su trabajo. Va en busca de un hombre que en el fondo la asesine. Desde los preparativos del viaje, empieza lo extraño, acontecimientos absurdos, las transgresiones en su forma y en su fondo. Piensas que hará un viaje turístico, pero se sale de lo convencional. Nunca llegamos a saber porqué actúa de forma tan extravagante, ella en verdad no hace cosas muy extrañas, pero es extraña.

Hace tiempo que no leía una novela tan original.

Doris Lessing; Diario de una buena vecina

Un libro sobre lo humano, sobre lo profundamente humano, sobre lo femeninamente humano que Logra Sensibilizarnos. Una mirada femenina sobre el cuidado de los otros.

Un relato sobre El compromiso personal con lo que nos rodea. Sobre ese cerrar los ojos, o hacer oídos sordos ante la mirada asustada y suplicante de una persona vulnerable. Un libro que no deja indiferente a nadie

Un libro que nos hace tomar conciencia, reflexionar y mirar una realidad cruda de la que muchas veces estamos tentados de huir. Cómo afrontamos nuestros compromisos con lo que nos rodea. Podemos huir y darle la espalda a los asuntos que tenemos delante o podemos involucrarnos y ofrecer ayuda en la medida de nuestras posibilidades. Una modalidad áspera, ruda, escueta y directa. Sin demasiadas descripciones conocernos profundamente la psicología de estos personajes.

Es el relato de La inesperada amistad de dos mujeres muy diferentes y de distintas épocas. La historia se sitúa en los años 70. Epoca en que la mujer acaba de adquirir protagonismo en la sociedad y su papel como dueña de casa ya no es prioritario y tampoco depende de un hombre a su  lado.

sábado, 22 de abril de 2017

Ahora sé el precio que cuesta cuidar de los muy viejos

Janna y Maudie poco o nada tienen en común.

Janna, una mujer madura pero aún atractiva, dedica todos sus esfuerzos a una actividad profesional que en apariencia le permite realizarse; Maudie, una viejecita encorvada por los años y los sacrificios, se mantiene viva gracias al orgullo indomable que a menudo malogra sus relaciones con el Mundo.

Nace así una relación de amistad que descubre el lazo común entre las dos: una ternura secreta, tímida, y casi indecible que busca explayarse.

Aquí nadie sueña con permanecer casado durante un segundo, después de que uno ha dejado de pasarlo bien.

Así que usted es la Buena Vecina de Maudie? Estaba decidida a no dejar que a Maudie le estafaran la única amiga verdadera y propia, dije: —No, no soy una Buena Vecina. Soy amiga de Maudie. Ahora ya hace tiempo que nos conocemos.

Así la familia de Maudie le robó finalmente su logro, una verdadera amiga suya, alguien que la quiere. Porque quiero a Maudie, y no podía soportar tenerla sentada a mi lado, temblando, lloriqueando. Le dije: —Maudie, usted vale más que cien de éstos y estoy segura de que siempre ha sido así.

Ahora lo veo de una manera distinta a como lo veía mientras lo estaba viviendo.

Si perdiera mi empleo, no me quedaría mucha vida propia.

Hay que saber dejar que las cosas ocurran.

Ahora sé el precio que cuesta cuidar de los muy viejos, los desamparados.

Como siempre, los padres eran como apéndices a la escena de los cuatro hijos, que no les dejaban acabar ni una conversación si tenían la temeridad de iniciar alguna, o hablaban entre sí de un lado a otro de la mesa y se comportaban exactamente como si Georgie y Tom fueran unos útiles criados que podían tratar a su antojo.

¡Hacemos nuestra elección mucho antes de lo que creemos!

Con qué alivio di la espalda a esta escena de feliz vida familiar contemporánea y me dirigí a la puerta.

El cambio ha venido creciendo en el interior.

Hay ocasiones en que no puedes ir con prisas.

Me gusta cuando sus vivaces ojos azules brillan y ríen: me gusta cuando mira así porque olvido a la anciana y puedo verla fácilmente como era.

Escupía palabras, palabras, palabras. De repente comprendí que estaba hipnotizada. Se había autohipnotizado. Me interesó esta idea mía y al preguntarme cuántas veces nos hipnotizamos sin saberlo.

En tiempos difíciles necesitamos divertirnos.

Cuánto adoro el festín de posibilidades que siempre es esta ciudad. Pero no lo supe hasta que tuve tres largas y encantadoras semanas, para mí sola, largos días de primavera, para que me complaciera en ellos. De repente, me vi rodeada de océanos de tiempo. Comprendí que estaba viviendo el tiempo como lo viven los ancianos, o los muy jóvenes. Me podía sentar sobre el muro de un jardín y contemplar la actividad.

Sé demasiado bien por qué necesitamos embellecer nuestra historia. Resultaría intolerable tener el peso pesado de la verdad, todo sombrío y doloroso.

No eres vieja si tienes el corazón joven.

Mirada triunfante

Me entretenía con las mismas historias, porque se le han acabado los recuerdos.

Pobreza raída, pero valiente.

No lo aceptaron, cruzaron miradas sobreentendidas. Le lanzaban en voz alta preguntas protectoras a Maudie, como si se tratara de una medio tonta; y ella allí, entre ellos, con sus mejores galas, la cabeza que le temblaba un poco, desafiante y culpabilizada y, obviamente, indispuesta, pero intentó afrontar esta presión realmente horrible, que la hacía parecer ridícula y estúpida.

Crueldad descuidada.

Empecé a verlo todo a través de los ojos de Maudie.

Cuánto toleramos en la gente sin llamarlos nunca locos.

Nada de lo que sucede se acerca a la realidad, todo es una horrible farsa, porque no le puedo decir: Maudie, tiene cáncer. Pienso en mi madre, pienso en Freddie. Me despierto de noche y me pregunto, ¿cuál es la diferencia, que aquella gente pudiera decir, tengo cáncer, pero Maudie no pueda? ¿Educación? ¡Tonterías! En ningún momento antes de que mi madre, de que mi marido murieran perdieron contacto con lo que estaba pasando. ¡Era yo quien había perdido contacto!

No me convertiré en una desastrada, no lo haré. La trampa de la vejez.

Si ya no puedo preocuparme por mi estilo, que exige tiempo, complicaciones, detalles, pensaré en algo inteligente, en un compromiso.

Deseo comunicarme, aunque sólo sea momentáneamente, con la auténtica Maudie. Pero se ha encerrado en su rabia, sus sospechas: y desde esta prisión, contempla aquella horrible sonrisa encantadora que siento que toma forma en mí cara cuando entro allí.

Esta Janna que visita a Maudie cada día, una hora, dos horas, tres (aunque nunca el tiempo suficiente, porque siempre se siente rechazada cuando me voy), no es la Janna que se negó participar cuando su marido, su madre, murieron.

Cuando te comprometes con los infinitamente indigentes, se supone que aceptas la carga de la culpabilidad. Necesitan mucho: les puedes dar muy poco.

Soy amiga (más que esto, quiero creer) de Maudie, sólo porque decidí serlo. Lo decidí. Por lo tanto, funciona. Si aceptas libremente hacer algo, entonces no resulta absurdo, por lo menos para ti.

Lo que pienso cuando me encuentro aquí, sosteniendo la mano de Maudie, es que debería estar en una familia numerosa y cariñosa, que fuera como una red de goma que se puede estirar por aquí o por allá para encajarla a ella, pero esto es una tontería. También me digo que se merecía ser una niña inteligentemente querida por sus inteligentes padres y que su madre no tenía que morir cuando ella tenía quince años, y que tenía el derecho de haber sido una persona feliz, sana, próspera durante toda su vida.

Ha habido nunca lugar mejor que un hospital para las cosas no dichas, no habladas, para que la gente se comprenda sólo con una mirada.

En el pasado temía tanto la vejez, la muerte, que me negaba a ver gente anciana por las calles... no existían para mí. Ahora, me paso horas en aquel pabellón y miro, me maravillo, me hago preguntas y me asombro.

Tiene una cara dulce y penetrante con los ojos llenos de vida. Porque mira cuanto la rodea, no se pierde nada, sonríe para sus adentros cuando sucede algo agradable o divertido.


La necesidad de quienes los contemplan, los familiares próximos, los más cercanos y queridos, es que el pobre paciente muera lo antes posible, porque la tensión es demasiado horrible. Pero, posiblemente no sea tan horrible para quien se está muriendo como para quienes lo contemplan.

martes, 12 de marzo de 2013

John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes


El secreto de pedir bien es hacerlo sin acusar, avergonzar o culpar a otro. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.178.

Cuando usted está enfadado y no sabe cómo dejar de estarlo, es muy probable que intente vengarse. Pero desear que otra persona sufra indica que no estamos en armonía con el deseo de amar del alma. Cuando una parte de nosotros quiere ser buena y otra desea hacer sufrir a alguien, nuestro poder queda neutralizado. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.184.

En cuanto deje de concentrarse en lo que no desea y fije toda su atención en lo que desea, descubrirá su extraordinario poder creativo. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.195.

Cada vez que sienta envidia diga: “esto es para mí”. Una señal positiva deque está en camino de conseguir lo que desea es ser feliz por el éxito de los otros y continuar deseándolo para sí. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.199.

Doce emociones negativas: Ira, tristeza, miedo, pesar, frustración, decepción, preocupación, confusión, envidia, dolor, pánico y vergüenza. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.204.

Doce bloqueos emocionales: culpabilización, depresión, ansiedad, indiferencia, crítica, Indecisión, postergación, perfeccionismo, resentimiento, autocompasión, confusión, culpa. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.204.

Es bueno sentir las emociones negativas, pero sentir los bloqueos no nos beneficiará en nada. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.205.

Las emociones negativas nos advierten que hemos perdido el equilibrio, mientras que los bloqueos nos indican que hemos sufrido una caída. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.206.

Mientras atribuya a otras personas la responsabilidad de cómo se siente, no tendrá el poder de cambiar su vida y perderá la capacidad de confiar en sí mismo y en el mundo. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.207.

Cuando usted culpa a otros, renuncia a su poder para cambiar su vida. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.207.

Perdonar significa superar la tendencia a responsabilizar a otros de nuestras dificultades en el mundo. Mientras pensemos que los demás o las circunstancias externas son la causa de nuestra falta de éxito estaremos bloqueando nuestra capacidad para crear el éxito. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.208.

Cuando usted perdona, supera la tendencia a retirar su amor o castigar al otro. John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.210.

Usted se deprime cuando pierde el contacto con su capacidad innata para reconocer, apreciar y disfrutar las maravillas de la vida. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.211.

Usted siente ansiedad cuando ha perdido el contacto con su capacidad innata de confiar en que todo le saldrá bien. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.214.

Cuando estamos ansiosos bloqueamos la energía creativa que clama por fluir a través de nosotros. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.214.

Cuando nos enfadamos con la persona que está más cerca, casi siempre estamos preocupados por otra cosa. 
John Gray; Consigue lo que quieras, valora lo que tienes, Plaza Janés, Barcelona, 2000, p.219.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...