viernes, 28 de septiembre de 2018

El Adversario


De regreso en mi coche hacia París para empezar mi trabajo, yo no veía ya misterio alguno en la larga impostura de Jean-Claude, sino tan sólo una pobre mezcla de ceguera, aflicción y cobardía.

A pesar de todo, hace que rueden por sus mejillas lágrimas de alegría, ¿no sigue siendo el adversario quien le engaña? Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria.

Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida, y desde hacía veinte años, sin desmayo ni grandes palabras, ambos habían cumplido esa función recíproca.

El guión de los hechos desvariaba, revelaba lo que era: una pesadilla.

Cuando acaban de decirte que tu mejor amigo, el padrino de tu hija, el hombre más recto que conoces ha matado a su mujer, a sus hijos, a sus padres y que además te mentía en todo desde hacía años, ¿no es normal que sigas confiando en él, a pesar incluso de pruebas aplastantes? ¿Qué sería una amistad que se dejase convencer de su error tan fácilmente? Jean-Claude no podía ser un asesino. Por fuerza faltaba una pieza en el rompecabezas. En cuanto la encontrasen todo recobraría su sentido.

Tuvieron que admitir que su esperanza era vana y que deberían vivir con aquello: no solamente la pérdida de los fallecidos, sino el duelo de la confianza, la vida entera gangrenada por la mentira.

Quién era, si no era quien fingía ser?

La conmoción era tal, les precipitaba en semejante torbellino de preguntas y de dudas, que cortocircuitaba el duelo.

Preguntaban: ¿cómo hemos podido vivir tanto tiempo al lado de este hombre sin sospechar nada?

Nadie podía recogerse interiormente, encontrar en el fondo de sí mismo un rincón de calma, de aflicción aceptable donde refugiar su alma.

Los rostros colorados y rugosos de aquellos campesinos del Jura

Ostentaban la huella del insomnio

Le admiraban por haber prosperado tanto y por seguir siendo, pese a ello, tan sencillo, tan cariñoso con sus ancianos padres. Les telefoneaba todos los días. Se decía que había rechazado, por no alejarse de ellos, un puesto de prestigio en América.

«¿Quién hubiese creído que el muchacho ejemplar llegaría a ser un monstruo?»

Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como en un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por fin inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.

Que él, Jean-Claude, la muerte personificada, permaneciera en el mundo de los vivos era una amenaza aterradora, en suspenso, la garantía de que la paz no volvería nunca, de que el horror no conocería fin.

Me gustaría que comprendiese que no me dirijo a usted movido por una curiosidad malsana o por el gusto del sensacionalismo. Lo que usted ha hecho no es, a mi entender, la obra de un criminal ordinario, ni tampoco la de un loco, sino la de un hombre empujado hasta el fondo por fuerzas que le superan, y son esas fuerzas terribles las que yo desearía mostrar en acción.

Esta historia y sobre todo mi interés por ella más bien me repugnaban. Por otro lado, no iba a decirle que no, que ahora ya no deseaba conocerle.

No existen sin duda treinta y seis mil maneras de dirigirse a alguien que ha matado a su mujer, a sus hijos y a sus padres y les ha sobrevivido

Viéndolo no como a alguien que ha hecho algo horrible, sino como a alguien a quien le ha sucedido algo espantoso, el juguete infortunado de fuerzas demoníacas.

Me hacía a mí mismo tantas preguntas que no me atrevía a hacerle ninguna

Entendí que contaba más conmigo que con los psiquiatras para hacerle inteligible su propia historia, y más que con los abogados para hacerla comprensible al mundo.

Pregunta: «¿Es usted creyente? Quiero decir: ¿piensa que existe, por encima de nosotros, una instancia que comprende lo que usted no llega a comprender en esta tragedia, y que quizá pueda absolverlo?»

De lo contrario no podría afrontar una historia tan atroz como la suya. Para mirar de frente, sin complacencia morbosa, la oscuridad en que ha estado usted, en la que todavía se halla inmerso, hay que creer que existe una luz bajo la cual todo lo que ha sido, incluso la desdicha y el mal excesivos, se nos hará inteligible.»

Algunas trabas de la vida carcelaria le pesaban, pero en conjunto la prisión le convenía.

Al lado del sufrimiento, disfrutaba de una libertad psíquica totalmente nueva

El horror en estado bruto, que te induce a cerrar los ojos instintivamente, a sacudir la cabeza para que eso no haya existido.

«No se tiene todos los días la ocasión de ver la cara del diablo»:

Trabajan de firme, son temerosos de Dios y su palabra equivale a un contrato.

No supe hablar… y cuando estás cogido en ese engranaje de no querer defraudar, la primera mentira llama a la siguiente y es así toda la vida…

Tan arraigada estaba la costumbre de la mentira piadosa en aquella familia donde la regla era no mentir jamás.

Tiene en esas fotos un aire de embeleso atontolinado que debía de enternecer a su mujer y persuadirla de que al fin y al cabo había elegido bien al amar a un hombre que les amaba así, a ella y a sus hijos.

Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así.

Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real.

Es notorio que los hombres más notables son también los más modestos, los que menos se preocupan de la opinión que se tiene de ellos.

Al mentirles a las dos, podía contarles la misma mentira.

Falso médico pero auténtico espía, auténtico traficante de armas, verdadero terrorista, sin duda la habría seducido. Falso médico únicamente, encallado en el miedo y la rutina, estafando a pequeños jubilados cancerosos, no tenía la menor posibilidad, cosa que no era culpa de Corinne.

Ninguna mujer accedería a besar a aquella bestia que nunca se transformaría en un príncipe encantado. Ninguna mujer podía amar lo que él era realmente. Se preguntaba si habría en la tierra una verdad más inconfesable, si otros hombres se sentían avergonzados hasta aquel punto de sí mismos. Quizá algunos pervertidos

El silencio es el peor enemigo de las parejas

Una crisis superada, por el contrario, puede resultar su mejor aliado. Si él no lo hacía o tardaba en hacerlo, sería él, Luc, quien hablaría con Florence, por el bien de ambos.

Habría sido dulce y cálida, aquella vida en familia. Ellos creían que lo era. Pero él sabía que estaba podrida por dentro, que ni un solo instante, ni un gesto, ni siquiera el sueño de los cuatro escapaban a la podredumbre. Había crecido en el interior de Jean-Claude, poco a poco lo había devorado todo desde dentro sin que desde fuera se viese nada, y ahora no quedaba nada más que hacer, no quedaba más que la ponzoña que iba a reventar la cáscara y mostrarse a plena luz. Iban a encontrarse desnudos, indefensos, en el frío y el horror, y en eso consistiría la única realidad. Era ya, aunque no lo supiesen, la única realidad. Entornaba la puerta y se acercaba de puntillas a los niños. Dormían.

Les sorprendió la precisión de sus palabras y su afán constante de ofrecer de sí mismo una imagen favorable.

Soy un asesino, tengo la imagen más vil que pueda existir en la sociedad, pero es más fácil de soportar que los veinte años anteriores de mentiras.» Después de algunos tanteos, el cambio de programa pareció tener éxito. Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística.

Miente. Es su manera de ser, no puede evitarlo, y pienso que lo hace más para engañarse a sí mismo que para engañar a otros.

Al cabo de cinco horas de deliberación, Jean-Claude Romand fue condenado a cadena perpetua, acompañada de una pena de prisión firme de veinte años. Si todo va bien, saldrá de la cárcel en 2015, a la edad de sesenta y un años.

Como yo había predicho sin creerlo demasiado, nuestra correspondencia se volvió más fácil en cuanto abandoné el libro.

Esas dos horas de oración al mes, a una hora muy tardía en que la diferencia entre el mundo exterior y el interior se atenúa, son momentos benditos

«Al descubrir que la Gracia no está en el cumplimiento de mis deseos, por generosos y altruistas que fuesen, sino en la fuerza de aceptarlo todo con alegría, desde el fondo de mi celda mi De Profundis se convierte en Magníficat, y todo es Luz.»

De que Jean-Claude Romand no representa una farsa para los demás, de eso estoy seguro; pero el mentiroso que hay en él, ¿no la representa para sí mismo? Cuando Cristo entra en su corazón, cuando la certeza de ser amado,

miércoles, 5 de septiembre de 2018

La Historia del señor Sommer


En los árboles se estaba tranquilo, le dejaban a uno en paz. Hasta allí no llegaban ni las llamadas de la madre ni las órdenes del hermano mayor, sólo el viento, el murmullo de las hojas y el ligero crujido de las ramas… y qué panorama, tan amplio y maravilloso: yo podía ver no sólo nuestra casa y el jardín, sino las otras casas y los otros jardines, el lago y los campos del otro lado, y las montañas; y, al atardecer, yo, desde lo

Alto de mi árbol, todavía podía ver el sol al otro lado de las montañas cuando para los que vivían a ras del suelo ya hacía rato que se había puesto. Era casi como volar. Quizá no tan emocionante, ni tan elegante, pero era un buen sustitutivo de volar, especialmente

Son frases que no salen de la vida sino de las novelas malas y de las películas americanas

No era sólo que yo no me hubiera preocupado por el tiempo sino que ¡el tiempo se había preocupado por mí!

Mis escapadas televisivas provocaban el clásico conflicto entre obligación y devoción.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Lágrimas en el Mar


-         Al ver al bebé se llevó las manos a la cara. —¡Pero mira qué cosita! Un auténtico milagro. —¿Verdad que es bonita? —dijo Joana. —Lo bonito —contestó el anciano— es que ha vencido a esta guerra. Emilia
-         
    Sobrevivir tenía su precio: el remordimiento. Joana
-         
    El barco había sido bautizado con el nombre de un hombre, Wilhelm Gustloff. Mi padre me había hablado de él. Fue el líder del Partido Nazi en Suiza. Y fue asesinado. El barco había nacido de la muerte. Emilia
-         
-         Lo que más agradaba a mi padre era mi felicidad. Así que aprendí a parecer feliz, aunque no lo fuera. Emilia
-         
-         Fui pasando de un cuerpo a otro, curando ampollas, heridas, congelaciones. Pero no tenía ningún remedio para lo que más atormentaba a la gente. El miedo. Joana
-         
     El tufo a agotamiento, a vejigas descontroladas y, sobre todo, a miedo apestaba más que cualquier ganado. Florian
-        
    Hay poco tiempo libre para los hombres valientes. Alfred

     Prometí a Madre que solo miraría al futuro, pero en secreto soñaba con regresar al pasado. Joana
-         
-        Pero los guerreros valientes nos sacudimos el miedo de un manotazo. Nos reímos en la cara del miedo, lo alejamos de una patada, como a una piedra en la calle. Alfred
-         
     El miedo es un depredador. Alfred
-         
     La vergüenza es un depredador. Emilia
-         
     El cazador siempre se cobra las presas agotadas y cansadas. Florian
-         
     El remordimiento es un depredador. Joana
-         
     El destino es un depredador. florian

miércoles, 29 de agosto de 2018

El Coronel no tiene quién le escriba

Confiada e inocente expectativa

No había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Era una mujer construida apenas en cartílagos blancos sobre una espina dorsal arqueada e inflexible.

Tengo los huesos húmedos

Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo —dijo la mujer.

Quince años de espera habían agudizado su intuición. El gallo había agudizado su ansiedad.

El coronel se dirigió a la sastrería a llevar la carta clandestina a los compañeros de Agustín. Era su único refugio desde cuando sus copartidarios fueron muertos o expulsados del pueblo, y él quedó convertido en un hombre solo sin otra ocupación que esperar el correo todos los viernes.

Ella parecía' haber descubierto la clave para sostener la economía doméstica en el vacío.

El que espera lo mucho espera lo poco.

La ilusión no se come —dijo ella. —No se come, pero alimenta


Sintió que algo había envejecido también en el amor.


viernes, 17 de agosto de 2018

Los 7 pasos del perdón

Daniel Lumera; Los 7 pasos del perdón.

Conexión entre perdón y felicidad


El perdón es una dieta alimentaria, dieta emocional, dieta mental, dieta espiritual y dieta física.

Los pensamientos son alimentos. En USA han medido los alimentos en megahercios en vez de calorías. Hay alimentos que contienen más luz que otros. Los alimentos nutrientes son luminosos. 


El perdón arregla los malos pensamientos y malas emociones. 

Eliges amar en vez de odiar. Y se libera una enorme potencia. 

Perdonar tiene un impacto enorme en los que me rodean y el mundo. 

La sanación es no seguir alimentando el juego de perpretador y víctima. 

Hay que tener mucho coraje para perdonar, no significa que no tengas miedo. Coraje significa tener corazón, es pensar, sentir y actuar a través del corazón. 

El amor es lo que hace cambiar y el perdón es puro amor. El dolor es amor retenido y el dolor lo libera. El perdón libera el pasado. 

El perdón educa.

Si te agarras sufres. 


Confiar en la vida. Agradecerle a la vida. 

Es difícil ver el fin qué hay en cada tragedia. 

Perdóname porque te he odiado, porque he querido que te mueras , perdóname porque no he podido amarte. Todas cosas con las que te has hecho daño a ti mismo.


Perdonar es una manera de ir. No un acto puntual. 

Perdonar no es olvidar, es vaciarse del odio.

Perdonar es no retener. Es saber dar. La culpa es una dependencia. Al liberar a los demás te liberas tu. 


El perdón como desbloqueo...


El perdón también depende de la energía que se tenga en ese momento presente. Hay rencores de 30 años que se perdonan en un minuto y algún hecho nimio que se vuelve imperdonable en ese momento. 

El perdón; camino de gratitud, amor y desapego. El perdón integra las emociones . Es una Sanación anímica.

Cuando lo pierdes todo allí sale la exigencia real de entender, entras en una dimensión auténtica de las cosas y allí el perdón encaja como herramienta espectacular . 


Perdonar no significa reaccionar. Si te perdono no te estoy justificando. Significa actuar libre del otro. Libre de la rabia, libre de la frustración . El perdón es actuar libre de odio. 

Cuando no puedes comprender es que no puedes perdonar. 

Si no te sientes amada es porque no estás amando. 


Qué regalo me trajo esa traición. 

Reescribir las propias ofensas o traumas afrontándolos utilizándolo como don para crecer. 

Escuchar el miedo, el dolor de lo que ha pasado. No seguir odiando lo que te ha pasado. 

Tienes miedo de justificar la acción de tu marido. Salir de la condición de victimas. 

Puedo dejar caer el dolor y el odio y seguir siendo yo misma. Pero ya en alerta que no lo voy a volver a permitir . 

Hay cosas que yo no he deseado en mi vida y me han servido tanto.

lunes, 13 de agosto de 2018

La muerte en Venecia


La muerte en Venecia
Thomas Mann

la grandeza de toda su obra estaba hecha de un minucioso trabajo cotidiano; era la resultante de cientos de inspiraciones breves, y debía la excelsa maestría de la concepción total y de cada uno de los detalles al hecho de que su creador, con tenacidad y energía semejantes a las del héroe que conquistara su provincia natal, supo perseverar años y años bajo la tensión de una misma obra, consagrando a la labor de ejecución, propiamente dicha, sus horas más preciosas e intensas. II

Casi todas las cosas grandes que existen son grandes porque se han creado contra algo, a pesar de algo: a pesar de dolores y tribulaciones, de pobreza y abandono; a pesar de la debilidad corporal, del vicio, de la pasión. II

Uno llega a dudar de que haya otro heroísmo que el heroísmo de la debilidad. II

Llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades. III

Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de las gentes sociables; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. III

La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello; la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, absurdo e inadecuado. III

Las profundidades del arrepentimiento. III

La dicha del escritor es su posibilidad de transformar la idea enteramente en sentimiento; el sentimiento, totalmente en idea. IV

El maravilloso acontecimiento de la aurora sumía en profunda adoración a su alma, consagrada por el sueño. Cielo, tierra y mar permanecían aún envueltos en la suave palidez fantástica del alba: una estrella lánguida flotaba aún en el infinito. Pero venía un suave soplo, como un dulce mensaje de inasequibles lugares con la nueva de que Eros se levantaba del lecho conyugal, y por ello acontecía aquel primer rubor dulcísimo de las lontananzas del cielo y del mar, por el cual se anuncia que la creación toma formas sensibles. IV

En el digno rostro del hombre maduro nada indicaba la conmoción interior; pero en los ojos de Tadzio brillaba una curiosidad, una interrogación pensativa; su paso vacilaba; bajaba la vista, volvía a alzarla graciosamente, y cuando ya estaba lejos, algo en su actitud indicaba que sólo la urbanidad le impedía volverse. IV

Aquella sonrisa fue recibida como un obsequio fatal. IV

La pasión, como el delito, no se encuentra a sus anchas en medio del orden y el bienestar cotidiano; todo aflojamiento de los resortes de la disciplina, toda confusión y trastorno le son propicios, porque le dan la esperanza de obtener ventajas de ellos. V

Así era Venecia, la bella insinuante y sospechosa; ciudad encantada de un lado, y trampa para los extranjeros de otro, en cuyo aire pestilente brilló un día, como pompa y molicie, el arte, y que a los músicos prestaba sones que adormecían y enervaban. El aventurero creía que sus ojos recogían todo aquel esplendor, que sus oídos estaban envueltos en aquellas melodías; recordaba también que la ciudad estaba enferma y que se trataba de ocultar tal circunstancia por codicia. Así avanzaba con ansia desenfrenada hacia la góndola que marchaba ante él. V

Sólo tenemos la edad que aparenta nuestro espíritu y nuestro corazón. V

Los poetas, no podemos andar el camino de la belleza sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestras ansias han de ser de amor.V


jueves, 9 de agosto de 2018

El último encuentro


Cuando pasa de los noventa, la gente envejece de manera distinta que a los cincuenta o a los sesenta. Envejece sin resentimiento.

El tiempo lo conserva todo, pero todo se vuelve descolorido, como en las fotografías antiguas, fijadas en placas metálicas. La luz y el paso del tiempo desgastan los detalles precisos que caracterizan los rostros fotografiados.

Ninguno de los dos pudo hacer nada en contra de aquel encuentro.

En los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño, el fulgor de momentos pasados, llenos de duda, cuando aquellas manos no se atrevían a abrir una puerta. Todas las casas donde vive gente tocada por la pasión con toda su fuerza se llenan de este contenido impreciso.

La amistad entre los dos muchachos era tan seria y tan callada como cualquier sentimiento importante que dura toda una vida.

La amistad de Konrád y Henrik brillaba en este caos humano como la luz suave de una ceremonia votiva medieval. No hay nada más singular entre dos muchachos que ese tipo de afecto sin egoísmos, sin intereses, un afecto donde no se desea nada del otro, donde no se pide nada, ninguna ayuda, ningún sacrificio

Los dos muchachos sentían que vivían en un estado de gracia, un estado que no se puede nombrar, un estado maravilloso de la vida humana.

Uno siempre conoce la verdad, la otra verdad, la verdad oculta tras las apariencias, tras las máscaras, tras las distintas situaciones que nos presenta la vida.

Despedir los recuerdos ligeros del día.

Como se amaban, se perdonaban mutuamente su pecado original: Konrád perdonaba la fortuna de su amigo y el hijo del guardia imperial perdonaba la pobreza de Konrád.

El poder humano siempre conlleva un ligero desprecio, apenas perceptible, hacia aquellos a quienes dominamos. Solamente somos capaces de ejercer el poder sobre las almas humanas si conocemos a quienes se ven obligados a someterse a nosotros, si los comprendemos y si los despreciamos con muchísimo tacto.

La realidad no es lo mismo que la verdad —respondió el general—. La realidad son sólo detalles.

Los dos viejos (75) se contemplaron con ojos de experto, adoptando la actitud que suelen tomar las personas mayores al examinar los fenómenos corporales: con mucha atención, fijándose en lo esencial, en los últimos indicios de vida, en los rescoldos de las ganas de vivir que todavía se reflejaban en sus rostros y en sus posturas.

los últimos cuarenta y un años, el tiempo y la distancia —el tiempo transcurrido sin que se hubiesen visto, aunque hubiesen pensado el uno en el otro cada día, a cada hora— no habían podido con ninguno de los dos.

Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida.

Algo te quema por dentro, tu corazón late de otra forma, y al mismo tiempo todo te da igual. Todo te da exactamente lo mismo, y eso dura meses y meses.

Las pasiones ocultas se alimentan de la vida de las personas, se esconden dentro de ellas, como los tifones se esconden tras las ciénagas, los montes y los bosques. Todo tipo de pasiones.

Como cuando las pasiones ya no duelen.

Los detalles son a veces muy importantes. Dejan todo bien atado, aglutinan la materia prima de los recuerdos.

El aburrimiento que en vano intentas hacer desaparecer con la ayuda de un orden de vida organizado de manera artificial.

La amistad es un servicio.

¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada relación humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio?

Al fin y al cabo, todo ha ocurrido como ha ocurrido, y esto no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, a veces los hechos son solamente consecuencias lamentables de otros hechos. Uno no peca por lo que hace, sino por la intención con que lo hace. Todo se resume en la intención.

Es que de alguna manera no podía creer en la realidad, no podía creer que la persona con quien había pasado la mayor parte de mi vida, veintidós años en concreto, los mejores años de mi adolescencia, de mi juventud y de mi madurez, hubiese huido.

Uno nunca sabe qué palabras o acciones suyas anuncian algo definitivo, un cambio fatal e irrevocable en sus relaciones.

Sufrimientos ordenados.

Un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano, porque la vida no se puede soportar de otra manera que sabiendo que nos conformamos con lo que significamos para nosotros mismos y para el mundo. Tenemos que conformarnos con lo que somos, y ser conscientes de que a cambio de esta sabiduría no recibiremos ningún galardón de la vida: no nos pondrán ninguna condecoración por saber y aceptar que somos vanidosos, egoístas, calvos y tripudos; no, hemos de saber que por nada de eso recibiremos galardones ni condecoraciones. Tenemos que soportarlo, éste es el único secreto. Tenemos que soportar nuestro carácter y nuestro temperamento, ya que sus fallos, egoísmos y ansias no los podrán cambiar ni nuestras experiencias ni nuestra comprensión. Tenemos que soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y lo mas difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales.

Éramos unos niños y éramos amigos, y eso es un gran regalo de la vida, agradezcamos al destino el haberlo disfrutado.

Viviendo en soledad, uno lo conoce todo, y ya no le tiene miedo a nada.

Ni siquiera una pasión devoradora puede brindar tanta satisfacción como una amistad silenciosa y discreta, para los que tienen la suerte de haber sido tocados por su fuerza.

El lenguaje simbólico y peculiar de la vida nos habla de mil maneras distintas en días así, y todo sucede para llamar nuestra atención, cada señal y cada imagen, lo único que falta es comprenderlas. Las cosas maduran y responden de repente.

Mi vida se había partido en dos, como un paisaje fracturado por un terremoto: a un lado había quedado la infancia, la juventud, tú, con todo lo que la vida pasada significaba, y al otro lado empezaba el espacio poco definido, poco abarcable, que me tocaría recorrer el resto de mi vida. Y las dos partes de mi vida ya no estaban unidas. ¿Qué había ocurrido? No sabía qué responder.

Sentía una especie de angustia en el fondo de tanta felicidad. Todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad ordenada.

Nunca se me ocurrió pensar que quien se propone contárselo todo al otro, a lo mejor habla con sinceridad incondicional para no tener que decir absolutamente nada sobre aquello que de verdad le importa.

Son muy pocas las personas cuyas palabras concuerdan con su existencia.

Es preciso conocer todos los detalles, porque nunca sabemos cuál puede ser importante, ni cuándo una palabra puede esclarecer un hecho.

Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y carácter. ¿Es completamente cierto que yo no supiera nada de lo tuyo con Krisztina?

Salvaje por dentro, indomable

Era tan indefinible, tan inclasificable

Era una persona soberana, totalmente independiente y emancipada en su fuero íntimo, y tú lo sabes muy bien; y éstas son cualidades muy raras hoy en día, tanto en mujeres como en hombres. No se dejaba ofender, ni se dejaba atemorizar por ningún desafío; no toleraba las limitaciones, en ningún sentido. Sabía otra cosa más que pocas mujeres saben: era consciente de la responsabilidad que conllevaban sus propios valores humanos.

Porque ésa fue la última noche que cenamos juntos, Krisztina y yo: y eso tienes que saberlo. No solamente tú cenaste con ella por última vez, sino que yo también. Porque todo había ocurrido ya entre nosotros tres aquel día, de la manera que tenía que ocurrir. Como los dos conocíamos bien a Krisztina, fue inevitable tomar ciertas decisiones: tú te marchaste al trópico, y Krisztina y yo no volvimos a dirigirnos la palabra. Vivió ocho años más, sí. Vivíamos aquí, en la misma casa, pero nunca jamás nos volvimos a hablar —añade tranquilamente.

Existe demasiada tensión en los corazones humanos, demasiada pasión, demasiado deseo de venganza. Miremos dentro de nuestros corazones: ¿qué es lo que encontramos? Pasiones que el tiempo sólo ha conseguido atenuar, pero no apagar. ¿Con qué derecho esperamos algo distinto del mundo, de los demás? Nosotros dos, sabios y viejos, ya al final de nuestra vida, también deseamos la venganza… ¿la venganza contra quién? Del uno contra el otro, o de los dos contra el recuerdo de alguien que ya no existe. Qué pasiones más estúpidas. Y sin embargo, están vivas en nuestros corazones.

Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido… Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo…y esto es precisamente la vejez. Todavía hay algo vivo en tu corazón, un recuerdo, algún objetivo vital poco definido, te gustaría volver a ver a alguien, te gustaría decir algo, enterarte de algo, y sabes que llegará el día en que ya no tendrá tanta importancia para ti saber la verdad, como creíste durante las décadas de espera. Uno acepta el mundo poco a poco y muere.

Pero como cada beso humano, es también una respuesta —a su manera distorsionada y tierna— a una pregunta que no se puede formular con palabras.

miércoles, 1 de agosto de 2018


Amelie Nothomb; La nostalgia feliz

Todo lo que amamos se convierte en una ficción.

Nunca se me ocurrió deslizar lo falso dentro de lo verdadero, ni disfrazar lo auténtico con apariencias de falsedad.

Lo que has vivido te deja una melodía en el interior del pecho: ésa es la que, a través del relato, nos esforzamos en escuchar. Se trata de escribir este sonido con los medios propios del lenguaje. Esto implica recortes y aproximaciones. Podamos para desnudar la confusión que se ha apoderado de nosotros.

Cuando una historia es tan perfecta, uno teme no estar a la altura en el futuro. Me asustan los reencuentros. Los temo tanto como los deseo.

Esta pulsión de aniquilación de uno mismo tiene una potencia demencial.

Nunca me he dejado vencer por ella, pero la he experimentado miles de veces, sin que ninguna explicación haya logrado convencerme.

Este lugar común me deja el corazón a la intemperie.

El Apocalipsis es cuando ya no reconoces nada.

Natsukashii designa la nostalgia feliz —responde ella—, el momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura

No añada un retraso a la ofensa que le infligió hace veinte años.

Me irrita que otros se permitan llegar tarde y sin embargo no considero que deban ser ajusticiados. Sólo mi retraso merece la muerte.

La única explicación que he encontrado para justificar mi patología es mi pertenencia a la especie aviar: los pájaros nunca se retrasan en sus migraciones, ni en sus puestas. En cambio, a veces sí llegan antes de tiempo. Por desgracia, cuando les sugiero esta hipótesis a los anfitriones, consternados por que ya haya llegado, se parten de risa.

La profundidad de nuestro silencio da fe de nuestro grado de comprensión.

No hay futuro para lo que es únicamente poético

Basta con recordar la prodigiosa frase de Colette: «París es la única ciudad del mundo en la que no es necesario ser feliz».


Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...