jueves, 9 de agosto de 2018

El último encuentro


Cuando pasa de los noventa, la gente envejece de manera distinta que a los cincuenta o a los sesenta. Envejece sin resentimiento.

El tiempo lo conserva todo, pero todo se vuelve descolorido, como en las fotografías antiguas, fijadas en placas metálicas. La luz y el paso del tiempo desgastan los detalles precisos que caracterizan los rostros fotografiados.

Ninguno de los dos pudo hacer nada en contra de aquel encuentro.

En los picaportes se sentía el temblor de unas manos de antaño, el fulgor de momentos pasados, llenos de duda, cuando aquellas manos no se atrevían a abrir una puerta. Todas las casas donde vive gente tocada por la pasión con toda su fuerza se llenan de este contenido impreciso.

La amistad entre los dos muchachos era tan seria y tan callada como cualquier sentimiento importante que dura toda una vida.

La amistad de Konrád y Henrik brillaba en este caos humano como la luz suave de una ceremonia votiva medieval. No hay nada más singular entre dos muchachos que ese tipo de afecto sin egoísmos, sin intereses, un afecto donde no se desea nada del otro, donde no se pide nada, ninguna ayuda, ningún sacrificio

Los dos muchachos sentían que vivían en un estado de gracia, un estado que no se puede nombrar, un estado maravilloso de la vida humana.

Uno siempre conoce la verdad, la otra verdad, la verdad oculta tras las apariencias, tras las máscaras, tras las distintas situaciones que nos presenta la vida.

Despedir los recuerdos ligeros del día.

Como se amaban, se perdonaban mutuamente su pecado original: Konrád perdonaba la fortuna de su amigo y el hijo del guardia imperial perdonaba la pobreza de Konrád.

El poder humano siempre conlleva un ligero desprecio, apenas perceptible, hacia aquellos a quienes dominamos. Solamente somos capaces de ejercer el poder sobre las almas humanas si conocemos a quienes se ven obligados a someterse a nosotros, si los comprendemos y si los despreciamos con muchísimo tacto.

La realidad no es lo mismo que la verdad —respondió el general—. La realidad son sólo detalles.

Los dos viejos (75) se contemplaron con ojos de experto, adoptando la actitud que suelen tomar las personas mayores al examinar los fenómenos corporales: con mucha atención, fijándose en lo esencial, en los últimos indicios de vida, en los rescoldos de las ganas de vivir que todavía se reflejaban en sus rostros y en sus posturas.

los últimos cuarenta y un años, el tiempo y la distancia —el tiempo transcurrido sin que se hubiesen visto, aunque hubiesen pensado el uno en el otro cada día, a cada hora— no habían podido con ninguno de los dos.

Los dos sentían que el tiempo de espera de las últimas décadas les había dado fuerzas para vivir. Como cuando alguien repite el mismo ejercicio durante toda la vida. Konrád sabía que tenía que regresar y el general sabía que aquel momento llegaría algún día. Esto los había mantenido con vida.

Algo te quema por dentro, tu corazón late de otra forma, y al mismo tiempo todo te da igual. Todo te da exactamente lo mismo, y eso dura meses y meses.

Las pasiones ocultas se alimentan de la vida de las personas, se esconden dentro de ellas, como los tifones se esconden tras las ciénagas, los montes y los bosques. Todo tipo de pasiones.

Como cuando las pasiones ya no duelen.

Los detalles son a veces muy importantes. Dejan todo bien atado, aglutinan la materia prima de los recuerdos.

El aburrimiento que en vano intentas hacer desaparecer con la ayuda de un orden de vida organizado de manera artificial.

La amistad es un servicio.

¿Qué valor tiene una amistad si sólo amamos en la otra persona sus virtudes, su fidelidad, su firmeza? ¿Qué valor tiene cualquier amor que busca una recompensa? ¿No sería obligatorio aceptar al amigo desleal de la misma manera que aceptamos al abnegado y fiel? ¿No sería justamente la abnegación la verdadera esencia de cada relación humana, una abnegación que no pretende nada, que no espera nada del otro? ¿Una abnegación que cuanto más da, menos espera a cambio?

Al fin y al cabo, todo ha ocurrido como ha ocurrido, y esto no tiene vuelta de hoja. Sin embargo, a veces los hechos son solamente consecuencias lamentables de otros hechos. Uno no peca por lo que hace, sino por la intención con que lo hace. Todo se resume en la intención.

Es que de alguna manera no podía creer en la realidad, no podía creer que la persona con quien había pasado la mayor parte de mi vida, veintidós años en concreto, los mejores años de mi adolescencia, de mi juventud y de mi madurez, hubiese huido.

Uno nunca sabe qué palabras o acciones suyas anuncian algo definitivo, un cambio fatal e irrevocable en sus relaciones.

Sufrimientos ordenados.

Un deseo constante, el deseo de ser diferente de lo que eras. Es la mayor tragedia con que el destino puede castigar a una persona. El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano, porque la vida no se puede soportar de otra manera que sabiendo que nos conformamos con lo que significamos para nosotros mismos y para el mundo. Tenemos que conformarnos con lo que somos, y ser conscientes de que a cambio de esta sabiduría no recibiremos ningún galardón de la vida: no nos pondrán ninguna condecoración por saber y aceptar que somos vanidosos, egoístas, calvos y tripudos; no, hemos de saber que por nada de eso recibiremos galardones ni condecoraciones. Tenemos que soportarlo, éste es el único secreto. Tenemos que soportar nuestro carácter y nuestro temperamento, ya que sus fallos, egoísmos y ansias no los podrán cambiar ni nuestras experiencias ni nuestra comprensión. Tenemos que soportar que nuestros deseos no siempre tengan repercusión en el mundo. Tenemos que soportar que las personas que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como nos gustaría. Tenemos que soportar las traiciones y las infidelidades, y lo mas difícil de todo: que una persona en concreto sea superior a nosotros, por sus cualidades morales o intelectuales.

Éramos unos niños y éramos amigos, y eso es un gran regalo de la vida, agradezcamos al destino el haberlo disfrutado.

Viviendo en soledad, uno lo conoce todo, y ya no le tiene miedo a nada.

Ni siquiera una pasión devoradora puede brindar tanta satisfacción como una amistad silenciosa y discreta, para los que tienen la suerte de haber sido tocados por su fuerza.

El lenguaje simbólico y peculiar de la vida nos habla de mil maneras distintas en días así, y todo sucede para llamar nuestra atención, cada señal y cada imagen, lo único que falta es comprenderlas. Las cosas maduran y responden de repente.

Mi vida se había partido en dos, como un paisaje fracturado por un terremoto: a un lado había quedado la infancia, la juventud, tú, con todo lo que la vida pasada significaba, y al otro lado empezaba el espacio poco definido, poco abarcable, que me tocaría recorrer el resto de mi vida. Y las dos partes de mi vida ya no estaban unidas. ¿Qué había ocurrido? No sabía qué responder.

Sentía una especie de angustia en el fondo de tanta felicidad. Todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad ordenada.

Nunca se me ocurrió pensar que quien se propone contárselo todo al otro, a lo mejor habla con sinceridad incondicional para no tener que decir absolutamente nada sobre aquello que de verdad le importa.

Son muy pocas las personas cuyas palabras concuerdan con su existencia.

Es preciso conocer todos los detalles, porque nunca sabemos cuál puede ser importante, ni cuándo una palabra puede esclarecer un hecho.

Uno también construye lo que le ocurre. Lo construye, lo invoca, no deja escapar lo que le tiene que ocurrir. Así es el hombre. Obra así incluso sabiendo o sintiendo desde el principio, desde el primer instante, que lo que hace es algo fatal. Es como si se mantuviera unido a su destino, como si se llamaran y se crearan mutuamente. No es verdad que la fatalidad llegue ciega a nuestra vida, no. La fatalidad entra por la puerta que nosotros mismos hemos abierto, invitándola a pasar. No existe ningún ser humano lo bastante fuerte e inteligente para evitar mediante palabras o acciones el destino fatal que le deparan las leyes inevitables de su propia naturaleza y carácter. ¿Es completamente cierto que yo no supiera nada de lo tuyo con Krisztina?

Salvaje por dentro, indomable

Era tan indefinible, tan inclasificable

Era una persona soberana, totalmente independiente y emancipada en su fuero íntimo, y tú lo sabes muy bien; y éstas son cualidades muy raras hoy en día, tanto en mujeres como en hombres. No se dejaba ofender, ni se dejaba atemorizar por ningún desafío; no toleraba las limitaciones, en ningún sentido. Sabía otra cosa más que pocas mujeres saben: era consciente de la responsabilidad que conllevaban sus propios valores humanos.

Porque ésa fue la última noche que cenamos juntos, Krisztina y yo: y eso tienes que saberlo. No solamente tú cenaste con ella por última vez, sino que yo también. Porque todo había ocurrido ya entre nosotros tres aquel día, de la manera que tenía que ocurrir. Como los dos conocíamos bien a Krisztina, fue inevitable tomar ciertas decisiones: tú te marchaste al trópico, y Krisztina y yo no volvimos a dirigirnos la palabra. Vivió ocho años más, sí. Vivíamos aquí, en la misma casa, pero nunca jamás nos volvimos a hablar —añade tranquilamente.

Existe demasiada tensión en los corazones humanos, demasiada pasión, demasiado deseo de venganza. Miremos dentro de nuestros corazones: ¿qué es lo que encontramos? Pasiones que el tiempo sólo ha conseguido atenuar, pero no apagar. ¿Con qué derecho esperamos algo distinto del mundo, de los demás? Nosotros dos, sabios y viejos, ya al final de nuestra vida, también deseamos la venganza… ¿la venganza contra quién? Del uno contra el otro, o de los dos contra el recuerdo de alguien que ya no existe. Qué pasiones más estúpidas. Y sin embargo, están vivas en nuestros corazones.

Uno envejece poco a poco, primero envejece su gusto por la vida, por los demás, ya sabes, todo se vuelve tan real, tan conocido, tan terrible y aburridamente repetido… Eso también es la vejez. Cuando ya sabes que un vaso no es más que un vaso. Y que un hombre no es más que un hombre, un pobre desgraciado, nada más, un ser mortal, haga lo que haga… Luego envejece tu cuerpo, no todo a la vez, no, primero envejecen tus ojos, o tus piernas, o tu estómago o tu corazón. Envejecemos así, por partes. Más tarde, de repente, empieza a envejecer el alma: porque por muy viejo y decrépito que sea ya tu cuerpo, tu alma sigue rebosante de deseos y de recuerdos, busca y se exalta, desea el placer. Cuando se acaba el deseo de placer, ya sólo quedan los recuerdos, las vanidades, y entonces sí que envejece uno, fatal y definitivamente. Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado. Lo que el nuevo día te traiga, ya lo conoces de antemano: la primavera, el invierno, los paisajes, el clima, el orden de la vida. Ya no puede ocurrirte nada imprevisto: no te sorprende ni lo inesperado, ni lo inusual, ni siquiera lo horrendo, porque ya conoces todas las posibilidades, ya lo tienes todo visto y calculado, ya no esperas nada, ni lo bueno, ni lo malo…y esto es precisamente la vejez. Todavía hay algo vivo en tu corazón, un recuerdo, algún objetivo vital poco definido, te gustaría volver a ver a alguien, te gustaría decir algo, enterarte de algo, y sabes que llegará el día en que ya no tendrá tanta importancia para ti saber la verdad, como creíste durante las décadas de espera. Uno acepta el mundo poco a poco y muere.

Pero como cada beso humano, es también una respuesta —a su manera distorsionada y tierna— a una pregunta que no se puede formular con palabras.

miércoles, 1 de agosto de 2018


Amelie Nothomb; La nostalgia feliz

Todo lo que amamos se convierte en una ficción.

Nunca se me ocurrió deslizar lo falso dentro de lo verdadero, ni disfrazar lo auténtico con apariencias de falsedad.

Lo que has vivido te deja una melodía en el interior del pecho: ésa es la que, a través del relato, nos esforzamos en escuchar. Se trata de escribir este sonido con los medios propios del lenguaje. Esto implica recortes y aproximaciones. Podamos para desnudar la confusión que se ha apoderado de nosotros.

Cuando una historia es tan perfecta, uno teme no estar a la altura en el futuro. Me asustan los reencuentros. Los temo tanto como los deseo.

Esta pulsión de aniquilación de uno mismo tiene una potencia demencial.

Nunca me he dejado vencer por ella, pero la he experimentado miles de veces, sin que ninguna explicación haya logrado convencerme.

Este lugar común me deja el corazón a la intemperie.

El Apocalipsis es cuando ya no reconoces nada.

Natsukashii designa la nostalgia feliz —responde ella—, el momento en que el recuerdo hermoso regresa a la memoria y la llena de dulzura

No añada un retraso a la ofensa que le infligió hace veinte años.

Me irrita que otros se permitan llegar tarde y sin embargo no considero que deban ser ajusticiados. Sólo mi retraso merece la muerte.

La única explicación que he encontrado para justificar mi patología es mi pertenencia a la especie aviar: los pájaros nunca se retrasan en sus migraciones, ni en sus puestas. En cambio, a veces sí llegan antes de tiempo. Por desgracia, cuando les sugiero esta hipótesis a los anfitriones, consternados por que ya haya llegado, se parten de risa.

La profundidad de nuestro silencio da fe de nuestro grado de comprensión.

No hay futuro para lo que es únicamente poético

Basta con recordar la prodigiosa frase de Colette: «París es la única ciudad del mundo en la que no es necesario ser feliz».


miércoles, 25 de julio de 2018

Una soledad demasiado ruidosa


Una soledad demasiado ruidosa
Bohumil Hrabal

Cuando leo, de hecho no leo, sino que tomo una frase bella en el pico y la chupo como un caramelo, la sorbo como una copita de licor, la saboreo hasta que, como el alcohol, se disuelve en mí, la saboreo durante tanto tiempo que acaba no sólo penetrando mi cerebro y mi corazón, sino que circula por mis venas hasta las raíces mismas de los vasos sanguíneos.

Todos los inquisidores del mundo queman los libros en vano, porque cuando un libro comunica algo válido, su ritmo silencioso persiste incluso mientras lo devoran las llamas, y es que un verdadero libro siempre indica algún camino nuevo.

Te conduce más allá de sí mismo.

Hace treinta y cinco años que me dedico a envolver libros y papel viejo, vivo en un país que sabe leer y escribir desde quince generaciones atrás, vivo en un antiguo reino donde siempre ha persistido la costumbre y la obsesión de atiborrarse pacientemente la cabeza con ideas e imágenes que aportan un goce indescriptible y un dolor más grande aún, vivo envuelto entre personas dispuestas a dar incluso la vida por un paquete de ideas bien prensadas.

Bebo para que el texto me despierte, para que la lectura me produzca escalofríos, y es que comparto la opinión de Hegel de que una persona noble no es necesariamente un aristócrata, ni un criminal un asesino.

Los libros me han enseñado, y de ellos he aprendido que el cielo no es humano en absoluto y que un hombre que piensa tampoco lo es, no porque no quiera sino porque va contra el sentido común.

Cuando me sumerjo en la lectura, estoy en otra parte, dentro del texto, me despierto sorprendido y reconozco con culpa que efectivamente vuelvo de un sueño, del más bello de los mundos, del corazón mismo de la verdad.

Libros de los cuales espero que por la noche me expliquen algo sobre mí mismo, algo que todavía desconozco.

Lo que hacía más profunda mi humillación eran los guantes de colores: yo siempre había trabajado con las manos desnudas para poder sentir el tacto del papel con los dedos, en cambio aquí nadie deseaba tener esa extraordinaria experiencia que es palpar libros y papel viejo;

Se acabarían las pequeñas alegrías y sorpresas cotidianas que llegaban a mi madriguera en forma de hallazgos insólitos, se acabarían los viejos prensadores como yo, cultos a pesar de sí mismos, se acabarían nuestras bibliotecas privadas y nuestras esperanzas de alcanzar algún día un cambio cualitativo; ésta era otra mentalidad…

Mis vacaciones se evaporaban en el trabajo atrasado

Durante estos treinta y cinco años, he experimentado el complejo de Sísifo que tan bien describió el señor Sartre y aún mejor el señor Camus; cuantos más paquetes se llevan más papel llega, y así siempre, hasta el infinito;

Riendo a mandíbula batiente

Para decirlo con las bellas palabras de un existencialista católico.

Me quedé meditando sobre el destino y sus advertencias

Pienso que el cuerpo humano es como un reloj de arena, lo que está abajo está arriba, y viceversa, son dos triángulos comunicantes, el sello del rey Salomón, la media entre la obra de juventud y el punto culminante de la sabiduría de toda la vida, El cantar de los cantares y El Eclesiastés, la vanidad de las vanidades.

sábado, 30 de junio de 2018

El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde


Siempre tengo miedo de preguntar; me parece una cosa del día del juicio. Se empieza con una pregunta, y es como mover una piedra: vos estáis tranquilo arriba en el monte y la piedra empieza a caer, desprendiendo otras, hasta que le pega en la cabeza, en el jardín de su casa, a un buen hombre (el último en el que habríais pensado), y la familia tiene que cambiar de apellido. No, señor, lo tengo por norma: cuanto más extraño me parece algo, menos pregunto.

Habría aclarado o quizás disuelto el misterio, como sucede a menudo cuando las cosas misteriosas se ven de cerca.

Una maldad suavizada por la hipocresía.

Ese maldito vínculo, nacido del mal, no podía llevar más que a otro mal.

¡Ah, no hay peor enemigo del sueño que la mala conciencia!

Mi vida ha sido sacudida desde las raíces.

Respecto a las obscenidades morales que ese hombre me reveló, no sabría recordarlas sin horrorizarme de nuevo.

Aunque ya no fuera joven, yo no había aún perdido mi aversión por una vida de estudio y de trabajo. A veces tenía ganas de divertirme. Pero, como mis diversiones eran, digamos así, poco honorables.

Así fue como empecé muy pronto a esconder mis gustos, y que cuando, llegados los años de la reflexión, puesto a considerar mis progresos y mi posición en el mundo; me encontré ya encaminado en una vida de profundo doble.

He nacido en 18…, heredero de una gran fortuna y dotado de excelentes cualidades. Inclinado por naturaleza a la laboriosidad, ambicioso sobre todo por conseguir la estima de los mejores, de los más sabios entre mis semejantes, todo parecía prometerme un futuro brillante y honrado. El peor de mis defectos era una cierta impaciente vivacidad, una inquieta alegría que muchos hubieran sido felices de poseer, pero que yo encontraba difícil de conciliar con mi prepotente deseo de ir siempre con la cabeza bien alta, exhibiendo en público un aspecto de particular seriedad.

Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí, más radicalmente que en otros, esas dos zonas del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre.

Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo sobre esta dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y también, sin duda, entre las mayores fuentes de infelicidad.

Por doble que fuera, no he sido nunca lo que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de la ciencia y el bien del prójimo.

El lado malo de mi naturaleza, al que había transferido el poder de plasmarme, era menos robusto y desarrollado que mi lado bueno, que poco antes había destronado. Mi vida, después de todo, se había desarrollado en nueve de sus diez partes bajo la influencia del segundo, y el primero había tenido raras ocasiones para ejercitarse y madurar. Así explico que Edward Hyde fuese más pequeño, más ágil y más joven que Henry Jekyll. Así como el bien transpiraba por los trazos de uno, el mal estaba escrito con letras muy claras en la cara del otro.

El mal además (que constituye la parte letal del hombre, por lo que debo creer aún) había impreso en ese cuerpo su marca de deformidad y corrupción. Sin embargo, cuando vi esa imagen espeluznante en el espejo, experimenté un sentido de alegría de alivio, no de repugnancia. También aquél era yo. Me parecí natural y humano. A mis ojos, incluso, esa encarnación de mi espíritu pareció más viva, más individual y desprendida, del imperfecto y ambiguo semblante que hasta ese día había llamado mío.

He observado que cuando asumía el aspecto de Hyde nadie podía acercárseme sin estremecerse visiblemente; y esto, sin duda, porque, mientras que cada uno de nosotros es una mezcla de bien y de mal, Edward Hyde, único en el género humano, estaba hecho sólo de mal.

Volviendo de prisa al laboratorio, preparé y bebí de nuevo la poción; de nuevo pasé por la agonía de la metamorfosis; y volviendo en mí me encontré con la cara, la estatura, la personalidad de Henry Jekyll.

Esa noche había llegado a una encrucijada fatal. Si me hubiera acercado a mi descubrimiento con un espíritu más noble, si hubiera arriesgado el experimento bajo el dominio de aspiraciones generosas o pías, todo habría ido de forma muy distinta. De esas agonías de muerte y resurrección habría podido renacer ángel, en lugar de demonio. La droga por sí misma no obraba en un sentido más que en otro, no era por sí ni divina ni diabólica; abrió las puertas que encarcelaban mis inclinaciones, y de allí, como los prisioneros de Filipos, salió corriendo quien quiso. Mis buenas inclinaciones entonces estaban adormecidas; pero las malas vigilaban, instigadas por la ambición, y se desencadenaron: la cosa proyectada fue Hyde. Así, de las dos personas en las que me dividí, una fue totalmente mala, mientras la otra se quedó en el antiguo Henry Jekyll, esa incongruente mezcla que no había conseguido reformar. El cambio, por tanto, fue completamente hacia peor.

La incongruencia de esa vida me pesaba cada día más. Principalmente por esto me tentaron mis nuevos poderes, y de esta manera quedé esclavo. Sólo tenía que beber la poción, abandonar el cuerpo del conocido profesor y vestirme, como con un nuevo traje, con el de Edward Hyde.

Pero también en el impenetrable traje de Hyde estaba perfectamente al seguro. Si pensamos, ¡ni existía! Bastaba que, por la puerta de atrás, me escurriese en el laboratorio y engullese la poción (siempre preparada para esta eventualidad), porque Edward Hyde, hiciera lo que hiciera, desaparecía como desaparece de un espejo la marca del aliento; y porque en su lugar, inmerso tranquilamente en sus estudios al nocturno rayo de la vela, había uno que se podía reír de cualquier sospecha: Henry Jekyll.

Los placeres que me apresuré a encontrar bajo mi disfraz eran, como he dicho, poco decorosos (no creo que deba definirlos con mayor dureza); pero en las manos de Edward Hyde empezaron pronto a inclinarse hacia lo monstruoso. A menudo a la vuelta de estas excursiones, consideraba con consternado estupor mi depravación vicaria. Esa especie de familiar mío, que había sacado de mi alma y mandaba por ahí para su placer, era un ser intrínsecamente malo y perverso; en el centro de cada pensamiento suyo, de cada acto, estaba siempre y sólo él mismo. Bebía el propio placer, con avidez bestial, de los atroces sufrimientos de los demás. Tenía la crueldad de un hombre de piedra.

Henry Jekyll a veces se quedaba congelado con las acciones de Edward Hyde, pero la situación estaba tan fuera de toda norma, de toda ley ordinaria que debilitaba insidiosamente su conciencia. Hyde y sólo Hyde, después de todo, era culpable. Y Jekyll, cuando volvía en sí, no era peor que antes: se encontraba con todas sus buenas cualidades inalteradas; incluso procuraba, si era posible, remediar el mal causado por Hyde. Y así su conciencia podía dormir.

Me había dormido Jekyll y me había despertado Hyde.

Esa otra parte de mí, que tenía el poder de proyectar, había tenido tiempo de ejercitarse y afirmarse cada vez más; me había parecido, últimamente, que Hyde hubiera crecido, y en mis mismas venas (cuando tenía esa forma) había sentido que fluía la sangre más abundantemente. Percibí el peligro que me amenazaba. Si seguían así las cosas, el equilibrio de mi naturaleza habría terminado por trastocarse: no habría tenido ya el poder de cambiar y me habría quedado prisionero para siempre en la piel de Hyde.

Otras veces había sido obligado a doblar la dosis, y hasta en un caso a triplicarla, con un riesgo muy grave de la vida.

Si al principio la dificultad consistía en desembarazarme del cuerpo de Jekyll desde hace algún tiempo gradual pero decididamente el problema era al revés. O sea, todo indicaba que yo iba perdiendo poco a poco el control de la parte originaria y mejor de mí mismo, y poco a poco identificándome con la secundaria y peor.

Entonces sentí que tenía que escoger entre mis dos naturalezas. Estas tenían en común la memoria pero compartían en distinta medida el resto de las facultades. Jekyll, de naturaleza compuesta, participaba a veces con las más vivas aprensiones y a veces con ávido deseo en los placeres y aventuras de Hyde; pero Hyde no se preocupaba lo más mínimo de Jekyll, al máximo lo recordaba como el bandido de la sierra recuerda la cueva en la que encuentra refugio cuando lo persiguen. Jekyll era más interesado que un padre, Hyde más indiferente que un hijo.

Todo pecador tembloroso, en la hora de la tentación, se encuentra frente a las mismas adulaciones y a los mismos miedos, y luego éstos tiran los dados por él. Por otra parte, lo que me sucedió, como casi siempre sucede, fue que escogí el mejor camino, pero sin tener luego la fuerza de quedarme en él.

Sí, preferí al maduro médico insatisfecho e inquieto, pero rodeado de amigos y animado por honestas esperanzas; y di un decidido adiós a la libertad, a la relativa juventud, al paso ligero, a los fuertes impulsos y secretos placeres de los que gocé en la persona de Hyde.

Ser tentado, para mí, significaba caer

Mi demonio había estado encerrado mucho tiempo en la jaula y escapó rugiendo.

jueves, 28 de junio de 2018

Olor a Rosas Invisibles


Había despertado en él un hormigueo de tiempos idos que aplazaba la urgencia de los negocios del día, invitándolo a interrumpir esa implacable rutina de lugares comunes y gestos calculados que garantiza el diario bienestar de la gente como él.

Tuvo que hacer acopio de todo su poder de concentración para arrinconar al ratón hambriento que desde hacía un tiempo roía el queso blando de su memoria. Quería recomponer el escenario para ubicar esa voz de mujer: recuperar cada instante, cada olor, cada tonalidad del cielo…

Si pudiera rescatar al menos algún olor, un color siquiera.

No pudo acordarse de nada en concreto, pero sí, dichosamente, de todo en abstracto-

Les pidió disculpas por el momentáneo aplazamiento: en ese instante de inspiración no podía atenderlos; le resultaba indispensable borrar toda interferencia.

Muchas veces me he preguntado por qué la llamaría justamente ese día, si hasta el anterior ni se le había pasado por la cabeza. Hacerlo. ¿Por qué de repente volvía a sentirla indispensable y cercana, si cuatro decenios de buen matrimonio con otra mujer admirable habían hecho que, hasta ahora, sólo en las veladas del Automático la recordara?

Juego agridulce de rememorar viejos amoríos

Importantes momentos vividos

Es entonces cuando interviene el destino para alterar el cuadro

La sonata Claro de Luna, el canon de Pachelbel y el Adagio de Albinoni hacían parte de su noción domesticada de felicidad.

Una suerte de pequeño ritual íntimo

Estuvo inquieto y ausente a lo largo de la semana, como si no se encontrara a gusto dentro de su propio pellejo, y ya empezaba a preocuparse por esa absurda e insistente comezón mental que le estorbaba en sus relaciones familiares y laborales, cuando cayó en cuenta de que sólo le pondría alivio si la llamaba de nuevo.

Es obvio que durante todos estos meses Escuchar a Eloísa se le había convertido a Luicé en un bálsamo contra los peculiares atropellos que a un hombre de su condición le impone el ingreso a la vejez

Pero de ahí a arriesgar lo que había construido durante toda una vida por irse a recorrer el Nilo con una antigua novia, había un abismo que ni remotamente estaba dispuesto a franquear.

Fronteriza edad

Darse el gusto de ser irresponsable.

Debió pasar horas devanándose los sesos en busca de la manera más amable de negársele a Eloísa, sin ofenderla ni parecer patán, y en cambio tardó sólo dos minutos improvisando ante su esposa la primera gran mentira
de su vida conyugal.

Ciertamente Solita, Florence Nightingale de todos sus achaques, no era personaje que él pudiera deslumbrar con renovados trucos de seducción y magia. Para eso eran indispensables un escenario de estreno, una función de gala y una mujer bella y extraña que alumbrara el instante y que desapareciera sin dejar rastro antes de que se rompiera el hechizo, al sonar las doce campanadas.

La ineludible cadena de consecuencias que se desprenden de un acto equivocado; había cometido un error al tomar ese avión, o quizá meses antes, al llamar a Eloísa por primera vez, y era demasiado viejo para no conocer cierta ley de la realidad según la cual todo camino recorrido requiere tantos pasos de ida como de vuelta.

El pequeño Triángulo de las Bermudas que se había formado en ese brutal cruce de pasado y presente devoraba todas las identidades: la señora del pelo rojo no era Eloísa, como tampoco era él este señor que caminaba entre sus propios zapatos, ni era suya esta voz que le devolvía un eco ajeno, ni las palabras que le salían directamente de la lengua, sin pasar antes por su inteligencia.

Eloísa —esta Eloísa apócrifa de ahora— lo abrumaba con explicaciones no pedidas sin intuir siquiera hasta qué punto era irracional y oscuro, e independiente de ella, el verdadero motivo por el cual él había venido: buscar una prórroga para el plazo de sus días. No creo que ni él mismo lo supiera a ciencia cierta, pero era por eso que estaba aquí, por recuperar juventud, por ganar tiempo, y ella le estaba fallando aparatosamente. Eloísa, sagrada e inmutable depositaria de un pasado idílico, se le presentaba en cambio, como por obra de un maleficio, convertida en fiel espejo del paso de los años.

Dos personas que sólo tenían en común el recuerdo de un recuerdo.

Yo, que siempre encontré más real el olor a rosas invisibles que las rosas mismas; yo, que no supe matar de amor a ninguna panadera, ni hacer gritar de placer a las putas de Magangué: yo sí hubiera adivinado en la Eloísa joven A la mujer espléndida que con los años sería, y hubiera amado en la Eloísa vieja a la joven que fue.

Eloísa la chilena, quien durante una semana logró escabullirse de las tripas golosas de ese pasado que con sus ácidos gástricos nos va digiriendo y convirtiendo en sobras. Eloísa, preferida mía, que supo colarse en la contundencia del hoy, tanto más vital y real que Luicé o que yo, encarnada en todo el esplendor y el desatino de su pelo pintado de rojo y su vestido de seda lila.

Pero intuyo que logró salirse con la suya, al redondear según su soberana voluntad de mujer resuelta un viejo capítulo que había quedado en punta por imposición familiar. Esta segunda vez, el desenlace no fue forzado ni teatral como entonces; se desgajó por su propio peso y cayó amortizado por un cierto aplomo de viejos actores que saben que los papeles principales ya no les corresponden. Lo que Eloísa y Luicé no podían prometerse el uno al otro lo tramaron en el penúltimo atardecer de neón de la Florida, medio en sueños medio en juegos, para sus hijos Alejandra y Juan Emilio, de quienes conversaron obsesivamente, ingeniando situaciones hipotéticas para presentarlos, trucos para deshacerse de Nikos, pretextos para que Juan Emilio viajara a Suiza; fantasiosas estratagemas, en fin, para cederles esos días futuros de los cuales ellos mismos no podían disponer para sí.

Cerrar una despedida que se sabía para siempre.

Burlándose del gusto de él y desoyendo sus sugerencias, Eloísa escogió, después de probarse más de diez, una costosa y discreta de color blanco perlado con sutiles arabescos en un blanco mate, de corte clásico y manga larga, que hizo envolver en papel fino y colocar entre una caja.

Era demasiado viejo para no conocer cierta ley de la realidad según la cual todo camino recorrido requiere tantos pasos de ida como de vuelta.

Es la primera vez en toda tu vida que me traes de un viaje un regalo que me guste, que se adecué a mi edad y que me quede bien al cuerpo. Yo misma no la habría comprado distinta. Si no tuviera una confianza ciega en ti, juraría que esta blusa la escogió otra mujer. Él sonrió entre las cobijas, arropándose en la tibieza de una paz indulgente. Un poco más tarde, antes de caer dormido, mientras acompasaba su corazón a los hondos latidos del Adagio, supo que Albinoni le hacía señas y lo invitaba a cruzar, liviano ya de reticencias y temores, el umbral que conduce a las mansas praderas de la vejez. —El Adagio es tuyo, viejo Albinoni —debió pensar, con clara convicción—. Tuyo y de nadie más.

domingo, 10 de junio de 2018

La fórmula preferida del profesor


Vaya, vaya. Parece que aquí debajo hay un corazón bastante inteligente —había dicho el profesor mientras le acariciaba la cabeza sin preocuparse de que se le despeinara.

Sin embargo, por mucho que enumere estas cosas y otras más, no guardan proporción alguna con la intensidad de las horas que pasamos con él.

Tenía una concepción original sobre el «error correcto», de manera que era capaz de darnos de nuevo confianza precisamente cuando más apurados nos veíamos, sin poder encontrar la solución correcta.

Los números eran la mano derecha que tendía para estrechar la del prójimo y, al mismo tiempo, un abrigo para resguardarse de sí mismo. Un abrigo tan pesado que nadie conseguía que se lo quitara, tan recio que no permitía distinguir el contorno de su cuerpo, aunque se deslizara una mano por encima. Pero por el mero hecho de llevarlo puesto lograba proteger su propio espacio.

Aquella hojita era el comprobante de que había interrumpido su tiempo más preciado para pensar en mí.
Es igual de difícil expresar la belleza de las matemáticas que explicar por qué las estrellas son hermosas.

La suma de los divisores del 220 es igual a 284. Y la de los divisores de 284, igual a 220. Son números amigos. Son una combinación muy infrecuente, sabes. Fermat o Descartes sólo lograron descubrir un par, cada uno de ellos. Estos dos números están unidos por la gracia de un vínculo divino. ¿No te parece hermoso? ¡Que la fecha de tu cumpleaños y el número grabado en mi reloj de pulsera estén unidos por un lazo tan maravilloso!

Mi madre murió de una hemorragia cerebral, justo cuando la incomprensión mutua se estaba desvaneciendo y yo empezaba a sentirme respaldada con esa abuela cercana. Por ello me sentí tan feliz, más que el propio Root, cuando lo vi abrazado por el profesor.

Mi cumpleaños y el reloj del profesor se habían encontrado tras un gran esfuerzo en la inmensidad del mundo de los números; ambos cuidaban de su relación amistosa, apoyándose por completo el uno en el otro.

El único tema del que podíamos hablar sin ningún problema era las matemáticas.

El sabía enseñar. Sus suspiros de admiración ante una fórmula, sus palabras alabando su belleza, el brillo de sus pupilas, eran muy significativos.

Dado que él olvidaba cuanto me había dicho, yo tenía la gran ventaja de poder hacerle la misma pregunta cuantas veces quisiera, sin reserva alguna. Mientras a un alumno normal le basta con una sola vez, yo, para comprender perfectamente algo, necesitaba cinco o diez explicaciones.

Aquellos brazos tenían toda la ternura necesaria para proteger al ser débil que estaba ante él. Me sentí feliz de ver a mi hijo abrazado por alguien de aquella manera.

Un niño debe estar ya en la cama a las ocho. Los adultos no tenemos ningún derecho a quitarle horas de sueño. Desde la aparición del ser humano, las criaturas siempre han crecido mientras dormían.

Así fue cómo un antiguo matemático, en los umbrales de la vejez, una asistenta y madre soltera que no llegaba todavía a los treinta y un muchachito de escuela primaria pudimos disfrutar de la cena sin sentirnos incómodos por el silencio. Y todo gracias al profesor.

Aunque a ambas nos unía el hecho de ser madres solteras, o precisamente por eso, no hubo modo de apaciguar el enfado de mi madre. Era una indignación transida por gritos de dolor y de pena. Su emoción era tan violenta que yo era prácticamente incapaz de saber cómo me sentía realmente. Pasada la vigésimo segunda semana de embarazo, me marché de casa. A partir de entonces, perdí todo contacto con ella.

Ahora estás en la época de acumular energía y, cuando explote, crecerás de golpe. Muy pronto podrás escuchar el sonido de los huesos que se estiran.

Mi madre sólo me hablaba de mi padre para decirme que era un hombre apuesto. Nunca me habló mal de él. Por lo visto era un hombre de negocios que tenía un restaurante, pero ella me escamoteaba la información concreta, y se limitaba a repetirme cosas agradables sobre su persona: que era alto y guapo, hablaba muy bien inglés, conocía a fondo la ópera, era un hombre orgulloso pero a la vez modesto, y su sonrisa cautivaba a cualquiera que se encontrara con él…
Los que inventan el problema conocen la solución. Resolver un problema del que tenemos garantía de que existe solución, es como ir de excursión por el monte, con un guía, hacia una cumbre que ya avistamos. La verdad última de las matemáticas está escondida al final del camino, entre los arbustos, sin que nadie sepa dónde. Además, ese lugar no tiene por qué ser la cima. Puede estar entre las rocas de un despeñadero o en el fondo de un valle.

Todos los problemas tienen un ritmo, ves. Es igual que la música. Si consigues encontrar el ritmo al enunciarlo, leyendo en voz alta, descubres la totalidad del problema e incluso puedes adivinar las partes sospechosas en las que puede haber una trampa escondida.

Sobre todo, tenía ganas de estar al lado de Root cuando alguien era amable con él.

Curioso maestro que se enfada, encima de que tenemos tanto cuidado en no equivocarnos, ¿verdad?

Cuando un niño llega a casa, la madre tiene que estar presente para salir a recibirlo. Venga, démonos prisa. No hay nada más maravilloso que escuchar a un niño decir «¡Ya estoy en casa!».

Los pétalos del cerezo cayeron trazando círculos en el aire, añadiendo nuevos dibujos al secreto del universo.

La tranquilidad que buscaba el profesor existía dentro del corazón, adonde no llega el sonido del mundo exterior.

Lo que más aborrecía el profesor en este mundo era el gentío. Por eso no quería salir de casa. Los lugares donde se aglomera la gente, estaciones de trenes, grandes almacenes, cines, centros comerciales, le resultaban difíciles de soportar. el hecho de que diversos tipos de personas se unan por pura casualidad y se arremolinen rebullendo sin ningún orden, y, por otro lado, la belleza que requiere el sentido matemático, eran dos universos totalmente opuestos.

No era alegría ni libertad, sino calma lo que sentía al conseguir la solución correcta. Era la calma propia del que tiene la certeza que cada cosa está en su lugar, sin tener que añadir ni quitar una sola coma, y que las cosas van a quedarse así eternamente, como siempre había sido. Al profesor le encantaba aquello.

Esta vez, sin embargo, las lágrimas eran diferentes a las que yo conocía. Por mucho que le tendiera la mano, esta vez se derramaban en un sitio en donde yo no podía secarlas.

El dinero podía recuperarse después, y en cambio probablemente no habría muchas oportunidades para que un anciano y un niño disfrutaran juntos de un partido de béisbol.

Algunas de aquellas sencillas escenas que compartimos los tres no sólo no se han decolorado con el tiempo, sino que han ido emergiendo con más viveza y han reconfortado nuestros sentimientos.

Dios existe. Porque la matemática no tiene contradicción. Y el diablo también existe. Porque no es posible demostrarlo».
Necesitaba sentir que, en verdad, había un mundo invisible que sostenía al mundo visible. Una línea recta que se abriera paso con solemnidad entre las tinieblas, exenta de anchura y superficie, que se extendiera sin límite hasta el infinito. Esa línea recta me sumía en un sentimiento casi imperceptible de paz.

Eran platos poco originales pero apetitosos. Eran platos que podían aportar su dosis de felicidad al final de una jornada

El cumpleaños nos visita a todos una vez al año.

No había ningún contacto físico en ninguna parte, y sin embargo, daba la sensación de que entre ellos existía algún afecto.

El hecho de poder sentir el aliento de los otros muy cerca, y presenciar el proceso de ir acabando poco a poco las modestas tareas, nos aportó una alegría inesperada.

La conducta del profesor me hizo pensar nuevamente lo importante que había sido el día que nació Root.

Stefan Zweig; Carta a una desconocida


Desde que sentí esa tierna y suave mirada, quedé a tu merced.

Creí que esa ternura sólo era para mí, para mí sola.

No hay nada más terrible que estar sola cuando estás rodeada de gente.

Todas las vías de desprecio, de frialdad, de indiferencia, todas me las había representado

No me reconociste, ni entonces ni en ningún otro momento, nunca me has reconocido. ¿Cómo te puedo describir, querido, la decepción

La expectativa era paralizante.

Porque a ti, ciertamente, sólo te gustan las cosas fáciles, juguetonas, nada pesadas, tienes miedo de inmiscuirte en un destino ajeno.

Pero tu bondad es peculiar, está abierta a cualquiera para darle todo lo que le quepa en las manos, tu bondad es grande, infinitamente grande, pero es —discúlpame— indolente.

Ayudas cuando te llaman, ayudas por vergüenza, por debilidad, no por placer. Déjame que te lo diga sinceramente: te gusta más un compañero en la fortuna que un pobre necesitado. Y a las personas que son como tú, aunque sean muy buenas, cuesta pedirles cualquier favor.

Nunca he conocido a ningún hombre que se entregue en esos momentos con tanta ternura, que ofrezca su profunda intimidad con tanto altruismo y que después lo diluya todo en un olvido infinito, casi inhumano.

Entonces su mirada se posó en el jarrón azul que tenía ante él, encima del escritorio. Estaba vacío, por primera vez desde hacía años estaba vacío en el día de su cumpleaños, y se asustó: fue como si, de repente, se hubiese abierto una puerta invisible y un golpe de aire frío hubiera penetrado desde el más allá en su tranquila habitación. Sintió a la muerte y sintió un amor inmortal: algo le atravesó el alma y pensó en aquella mujer invisible, etérea y apasionada como el recuerdo de una lejana melodía.

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...