jueves, 29 de septiembre de 2022

Javier Moro, El pie de Jaipur

A la memoria de Manuela de Sagazán, y a todos los que, a pesar de tener las alas recortadas, vuelan.

 

Prólogo

No seré dueño de mi destino, pero soy el capitán de mi alma. PHILIF BRICKMAN, psicólogo

 

Prólogo

Su historia es la de una resurrección

1

Christophe era tierno, afable, sonriente, pero sobre todo noble y espléndido. Siempre pensaba en los demás antes que en sí mismo.

 

3

Preferí pensar que lo había disfrutado veinte años, que había sido un magnífico regalo de la vida».

 

3

Un accidente es un accidente e intentar buscarle explicaciones es un ejercicio de masoquismo, y sobre todo inútil.

 

4

El ejemplo de su madre, que durante años había mostrado una estoica resistencia al sufrimiento, era el cimiento sobre el que voluntariamente construía su nueva identidad. Ella siempre había vivido bajo la amenaza de quedar totalmente inválida y no poder ocuparse de sus hijos. Sin embargo, Christophe no recordaba haberla visto quejarse, o apiadarse de sí misma; ni siquiera llorar. De ella había aprendido que, para sobrevivir, de poco sirven el miedo y la tristeza.

 

5

Al igual que muchos lesionados graves o enfermos desahuciados, había aprendido a anestesiar sus propias emociones para ahuyentar el fantasma del mañana. Es una especie de reflejo psíquico por el cual la mente se abstrae de una realidad imposible de afrontar.

 

8

La cirugía que te propongo es el arte de usar los restos. Pero repito que no debes esperar milagros, sólo mejorar un poco la calidad de tu vida.

 

14

Encontrar un vínculo entre la víctima y lo que le ocurre es una manera de volver a encontrar el hilo de la existencia. La casualidad, el azar o la simple mala suerte son un vacío al que es imposible aferrarse.

 

16

«La discapacidad nace en la mirada del otro».

 

19

La vida interior de cada cual contiene el potencial de transformar traumas en distintos grados de triunfo.

 

19

El ser humano era un perpetuo superviviente de los holocaustos, grandes y pequeños, personales y colectivos que definen buena parte de la existencia. «Los que superan situaciones límite tienen una cosa en común: todos desean algo de manera muy intensa, todos tienen una meta. En el caso de los discapacitados puede ser conseguir el máximo de independencia, o demostrar a alguien lo que pueden hacer por sí mismos. Todos los que salen adelante tienen la habilidad de encontrar sentido a su experiencia. Son personas que no se conforman con ser “pacientes”, “enfermos” o “discapacitados”. Saben que son más que eso».

 

20

«Los pequeños vientos se acumulan y forman un huracán», advierte un refrán camboyano.


22

Clima de amor, de ternura, el intercambio recíproco; todo aquello que cimenta la vida de una pareja.

Inés Martín Rodrigo; Azules son las horas

 



Para Aurora, que está en cada página de mi imaginación.

 

Capítulo I

No quiero que la amargura me venza estos días, pero son tantos los recuerdos, algunos tan dolorosos, que me gustaría haber perdido la memoria y no la vista.

 

Capítulo I

Cómo contarle, a sus treinta años, que hay desconsuelos que no tienen remedio y es mejor dejarlos, procurar que se vayan igual que llegaron, sin avisar.

 

Capítulo I

Mi nieta Sofía me ayudó a volver a mi habitación. «Dulces sueños, princesa del amor hermoso», me susurró al oído.

 

Capítulo II

Mecidos por las palabras

 

Capítulo II

Yo quería parecerme a él y a todos los grandes poetas que aliviaban mi alma, presa de la inquietud y el desvelo.

 

Capítulo II

Derrotas emocionales.

 

Capítulo II

Acabó, así, 1885. Un año que lo fue todo para mí, sin saber que, pocos meses después, el torbellino del amor, irracional e irrefrenable, cambiaría mi vida para siempre.

 

Capítulo III

Convertido la casa de Halita me asfixia, no puedo respirar. No les culpo a ellos. Pero no quiero seguir encerrada.

 

Capítulo III

Quedé fascinada por los versos del poeta, dolientes y, sin embargo, reparadores.

 

Capítulo IV

El encanto de París era incomparable.

 

Capítulo IV

Y hoy sigo sin comprender que el destino de los pueblos dependa más del capricho de sus mandatarios que de su propia historia, definitoria y definitiva.

 

Capítulo IV

El invierno avanzaba lento y extremo en Drozdowo. Nos instalamos en un pequeño cotagge, cerca del caserío principal, pero lo suficientemente alejado como para que pudiéramos hacer una vida aparte. Al menos eso era lo que yo esperaba. Podía tener una idea ingenua del matrimonio, pero mi marido era mi centro, mi todo, aquello que daba sentido a cuanto me pasaba; mi hogar, en definitiva. A medida que fui conociendo a Wincenty esa idea se fue diluyendo, como la harina en la leche; al principio en grumos densos, poco a poco más pequeños, hasta terminar en un solo líquido que lo invadía todo. Apenas si hablábamos y cuando lo hacíamos, era a base de monosílabos o escuetas frases, cortantes como el filo de una navaja. Yo no sabía lo que estaba pasando, o sí lo sabía, pero me había vuelto tan cínica y cobarde, a miles de kilómetros de mi verdadero hogar, que no quería afrontar el hecho de que mi marido me quería de una forma muy particular. ¿Acaso me quería? Había momentos en los que no tenía ninguna duda de que lo hacía, pero otros me daba incluso la sensación de que lo molestaba.

 

Capítulo IV

El folio se me cayó como si me quemara en las manos. La verdad de mi matrimonio se manifestaba, por primera vez, ante mí, y lo hacía de puño y letra de mi propio marido. Una mezcla de sentimientos, hasta ahora desconocidos, se agolpaban en mi pecho y pugnaban por salir, todos al mismo tiempo: rabia, indignación, desolación, incredulidad, y una profunda tristeza, que se apoderó de mi corazón y que a duras penas logré superar en los siguientes meses. El dolor se volvió físico y me encorvé, hasta caer de rodillas en el suelo, con las manos sujetando el vientre, fruto de mi desdicha. A los pocos minutos, ante el temor de que mi suegra apareciera, me incorporé; recogí la hoja, la guardé en el sobre y cerré la carta, como si nada hubiera pasado. Me enjugué las lágrimas y salí de casa, erguida pero con la dignidad hecha pedazos.

 

Capítulo V

Mamá, tú siempre haces que nos sintamos especiales.

 

Capítulo V

Consciente del fracaso de mi matrimonio, me inventé una vida nueva, junto a mis hijas, a las que jamás renunciaría, y ayudada por Pepa, que me acompañó hasta el final.

 

Capítulo VI

Me acuerdo de los últimos días de Pepa, cuando la pobre ni siquiera podía reconocerme; me miraba, con esos ojos cristalinos, agua pura, y se perdía en mis rasgos, sin ser capaz de recomponer el puzle de mi identidad. Las piezas ya no cuadraban en su cabeza, quebrada, quizás, de tanto sufrir.

 

Capítulo VI

Quiero que mi bisnieta me bese en la cara con la dulzura que solo la niñez permite, sin temor a ser rechazada, de un manotazo, por una anciana que se siente indefensa en su desmemoria. 

 

Capítulo VI

Demasiadas emociones —buenas, eso sí— para mi maltrecho corazón, poco acostumbrado a latir de alegría en los últimos años.

 

Capítulo VI

El tiempo pasó volando, como siempre cuando uno es feliz, y el 14 de octubre iniciamos el viaje de regreso a Cracovia

 

Capítulo VI

—¿Ayudarnos? ¿Quién puede ayudarnos? ¡Ni la misericordia divina! —exclamé desesperada al ver que, una vez más, la corriente se llevaba mi castillo de arena.

 

Capítulo VI

Siempre que atravesaba la frontera, justo al cruzar los Pirineos, me sentía feliz, aliviada, liviana pese al equipaje emocional que arrastraba, cada vez más pesado; pero aquella vez me dio un vuelco el corazón, como si se me fuera a escapar por la boca, excitado ante la posibilidad de cicatrizar heridas e iniciar una vida nueva. Razón y sentimiento iban ahora de la mano y en mi cabeza solo contemplaba la posibilidad de instalarme, para siempre y sin mirar atrás, con Pepa, Halita e Isabel en España. Estaba claro que no podíamos ir a casa de mi madre, empecinada en seguir viviendo sola pese a sus achaques y a su avanzada edad.

 

Capítulo VI

Mi obra se estrenó en el Teatro Español el 11 de marzo de 1913. Era una de las primeras mujeres que dirigía una obra en el coliseo madrileño. Embriagada de felicidad, lo celebré por todo lo alto, sin poder anticipar que cuando las sombras empezaban a alejarse, por fin, de mi vida, el peor nubarrón de la historia comenzaba a cubrir toda Europa.

 

Capítulo VII

No sé si quien me habla es un fantasma más de los que pueblan mi subconsciente y tratan de devorar mi razón o está aquí, en la habitación, junto a mí, más real que la poca vida que ya me queda. Trato de despegar los párpados, cansados y doloridos, reticentes a hacer el enésimo esfuerzo para comprobar que el milagro no se ha obrado y yo sigo ciega. Aun así, abro los ojos y la negrura vuelve a manifestarse, una vez más, inabarcable e inmisericorde.

 

Capítulo VII

A veces me invade una pena tan grande, un manto de melancolía tan espeso que apenas si puedo respirar.

 

Capítulo VII

Tenía esa aureola de belleza que solo poseen las mujeres que acaban de dar a luz; estaba radiante.

 

Capítulo VII

Un ritual que, no pocas veces, me salvó de la locura.

 

Capítulo VII

Qué ajena nos resulta la vida cuando no es la nuestra.

 

Capítulo VII

Damos por sentado el transcurso de los días, sin ser conscientes de que la muerte no entiende de calendarios, ni de fechas, ni de cumpleaños; llega y se va, llevándose con ella la vida de quienes más queremos, sin dar explicaciones.

 

Capítulo VII

Evocando la figura de mi madre...

 

Capítulo VII

Ninguna soledad se parece a la que sentimos al quedar huérfanos. Y, entonces, comenzó mi duelo. Un duelo sereno y largo que, en realidad, nunca abandonaría.

 

Capítulo VIII

Llega un momento en el que, a pesar de su prolongada ausencia, los muertos nos acompañan más que los vivos. Será porque estamos ya más cerca de su reino que de este valle de lágrimas o simplemente porque, agotada, la mente se entrega al placer del letargo.

 

Capítulo IX

El periodismo me llenaba, pero no me sentía plena. Echaba de menos la magia del lirismo, esa sensación de estar presa, dominada, por hermosas palabras, capaces de describir sentimientos propios y ajenos mejor que los actos, a veces tan inútiles.

 

Capítulo X

A estas alturas, tengo claro que una elige qué recordar y qué obviar de su pasado. Soy demasiado vieja y estoy demasiado enferma como para intentar engañarme a mí misma; algo que, por otra parte, nunca he pretendido, ni conmigo ni con los que me han acompañado a lo largo de todos estos años. No se trata de hacer balance, llegado el final, sino, simplemente, de ser consciente de lo vivido.

 

Capítulo X

Ya sabes cómo son los sueños: más impredecibles que la propia vida.

 

Epílogo

El luto es, como la edad, un estado de ánimo y hay que atravesarlo sin miedo; es el único modo de seguir viviendo. Yo lo sabía.

 

Capítulo X

Entrelazadas por el hilo de la amistad eterna, que también cobija en el más allá.

Julio Ramón Ribeyro; Prosas apátridas


El botín de los años inútiles, que con tanto celo guardaste, disípalo ahora: te quedará el triunfo desesperado de haber perdido todo. R. TAGORE

 

3

El sentimiento de la edad es relativo: se es siempre joven o viejo con respecto a alguien. César Vallejo dice en un poema en prosa que por más que pasen los años nunca alcanzará la edad de su madre, lo que es cierto además. Es comprensible que los hombres de cuarenta o cincuenta años sigan sintiéndose jóvenes, pues saben que todavía hay hombres de setenta u ochenta. Sólo cuando se llega a esta última edad comienzan a escasear los puntos de referencia por la cima. Los octogenarios se sienten pocos, es decir solos, viejos.

 

6

Los genios son estos locos más una cualidad: la de encontrar la solución de un problema saltando por encima de las dificultades intermediarias.

 

9

Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodíasnociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Podemos a lo más tener el recuerdo de esas sensaciones, pero no las sensaciones del recuerdo. 

 

10

La maravillosa elegancia con que los animales llevan su desnudez.

 

14

La existencia de un gran escritor es un milagro, el resultado de tantas convergencias fortuitas como las que concurren a la eclosión de una de esas bellezas universales que hacen soñar a toda una generación. Por cada gran escritor, ¡cuántas malas copias tiene que ensayar la naturaleza!

 

16

Una mujer, cómo anima una casa. Ausente ella, las cosas languidecen. Todo se cubre de polvo y se marchita. En el florero una rama seca, la cómoda llena de pelusas, quemado el foco de la lámpara, percudida la ropa. La mujer mantiene con las cosas de la casa un comercio asiduo. Son sus cosas, posesiva ella, y las engríe y acariña. Las pone en su lugar, las pule y embellece. Depositaria de los objetos domésticos, tiene para cada cual una palabra, una pasión. Ella, sólo ella, sabe dónde están las tijeras, el hilo, la libreta que en vano buscamos. Habita las cosas y las cosas la habitan. Sensible a lo pequeño, descubre la mancha en la alfombra, la ceniza en la mesa. Nosotros, desdeñosos, distantes, adquirimos las cosas, pero luego las dejamos vivir indiferentes y las vemos perecer sin pesadumbre.

 

32

Parece que el rostro se organizara alrededor de la mirada.

 

53

Distancia: a doscientos metros no podemos saber si una mujer es bella. A unos centímetros todas son iguales. La percepción de la belleza necesita cierto margen espacial, que varía no sólo de acuerdo al observador, sino también de acuerdo al objeto observado. Entre nosotros decíamos sobre algunas mujeres, utilizando una expresión ya convenida, «tiene buen lejos», pues a cierta distancia parecía guapa, pero apenas se acercaba no lo era. Otras en cambio tienen «buen cerca», pero al alejarse notamos que son desproporcionadas o flacas o con las piernas torcidas. ¿Qué distancia debe servirnos de patrón para dar un veredicto estético sobre una persona? Un amigo, a quien hice esta consulta, me respondió: «La distancia de la conversación».

 

55

El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las conocemos o las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible, implacable de los signos alfabéticos.

56

Un amigo me revela negligentemente, como si de nada se tratara, algo que ocurrió hace años, muchos años, y de pronto siento dentro de mí un derrumbe de galerías. Zonas íntegras de mi pasado se hunden, se anegan o se transfiguran. Esto me sirve para comprobar que no somos dueños de nada, ni siquiera de nuestro pasado. Todo lo que hemos vivido y que tendemos a considerar como una adquisición definitiva, inmutable, está constantemente amenazado por nuestro presente, por nuestro futuro. La maravillosa historia de amor, que guardábamos en un sarcófago de nuestra memoria y que visitábamos de cuando en cuando para buscar en ella un poco de orgullo, de ánimo, de calor o de consuelo, puede reducirse a polvo por la carta que hallamos en un libro viejo el día en que mudamos de lugar la biblioteca. Una puta nos revela una noche que el padre venerado, que permanecía hasta tarde en la oficina para ganar más y mantener con holgura a su familia, frecuentaba a esa misma hora los prostíbulos más abyectos de la ciudad. Por un azar descubrimos que el amigo adulto que admirábamos de niños, porque era con nosotros tan generoso y tan asiduo.

 

56

Así, la abuela que odiábamos y que llenó de rencor nuestra infancia por su severidad, su malhumor, sus caprichos, era en realidad una mujer buenísima, que sufría un mal incurable y que repartía prospectos de madrugada en las casas para poder con su salario comprarnos caramelos. En suma, nada hemos adquirido, ni paz, ni gloria, ni dolor, ni desdicha. Cada instante nos hace otros, no sólo porque se añade a lo que somos, sino porque determinará lo que seremos. Sólo podremos saber lo que éramos cuando ya nada pueda afectarnos, cuando —como decía alguien— el cuadro quede colgado en la pared.

 

58

Ahora que mi hijo juega en su habitación y que yo escribo en la mía me pregunto si el hecho de escribir no será la prolongación de los juegos de la infancia. Veo que tanto él como yo estamos concentrados en lo que hacemos y tomamos nuestra actividad, como a menudo sucede con los juegos, en la forma más seria. No admitimos interferencias y desalojamos inmediatamente al intruso. Mi hijo juega con sus soldados, sus automóviles y sus torres y yo juego con las palabras. Ambos, con los medios de que disponemos, ocupamos nuestra duración y vivimos un mundo imaginario, pero construido con utensilios o fragmentos del mundo real. La diferencia está en que el mundo del juego infantil desaparece cuando ha terminado de jugarse, mientras que el mundo del juego literario del adulto, para bien o para mal, permanece. ¿Por qué? Porque los materiales de nuestro juego son diferentes. El niño emplea objetos, mientras que nosotros utilizamos signos. Y para el caso, el signo es más perdurable que el objeto que representa. Dejar la infancia es precisamente reemplazar los objetos por sus signos.

 

62

También mueren los lugares donde fuimos felices.

 

78

Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo. En él, más que en espejos o almanaques, tomamos conciencia de nuestro transcurrir y registramos los síntomas de nuestro deterioro. El diente que le sale es el que perdemos; el centímetro que aumenta, el que nos empequeñecemos; las luces que adquiere, las que en nosotros se extinguen; lo que aprende, lo que olvidamos; y el año que suma, el que se nos sustrae. Su desarrollo es la imagen simétrica e invertida de nuestro consumo, pues él se alimenta de nuestro tiempo y se construye con las amputaciones sucesivas de nuestro ser.

 

86

Al escribir, en realidad, no hacemos otra cosa que dibujar nuestros pensamientos, convertir en formas lo que era sólo formulación y saltar, sin la mediación de la voz, de la idea al signo. Pero tan prodigioso como escribir es leer, pues se trata de realizar la operación justamente contraria: temporalizar lo espacial, aspirar hacia el recinto inubicuo de la conciencia y de la memoria aquello que no es otra cosa que una sucesión de grafismos convencionales, de trazos que para un analfabeto carecen de todo sentido, pero que nosotros hemos aprendido a interpretar y a reconvertir en su sustancia primera.

 

94

94 Entro a la cocina y veo a mi mujer sumergida bajo centenares de platos, tazas, fuentes, ollas, copas, cubiertos, coladores, espumaderas, aparatos eléctricos, tratando de limpiarlos y de ponerlos en orden. Y me digo que no hay nada peor que caer bajo la dominación de los objetos. La única manera de evitarlo es poseyendo lo menos posible. Toda adquisición es una responsabilidad y por ello una servidumbre. De ahí que ciertas tribus recolectoras de Australia, Nueva Guinea, Amazonía, hayan decidido no poseer nada, lo que, paradójicamente, no es un signo de pobreza, sino de riqueza. Eso les permite la movilidad, la errancia, es decir, lo que no tiene precio: la libertad.

 

95

Nuestro rostro es la superposición de los rostros de nuestros antepasados. En el curso de nuestra vida los rasgos de unos se van haciendo más visibles que los de otros. Así, de bebés, nos parecemos al abuelo; de niños, a la madre; de adolescentes, al tío; de jóvenes, al padre; de maduros, al papa Bonifacio VI; de viejos, a un huaco Chimú y, de ancianos, a cualquier antropoide. Casi nunca nos parecemos a nosotros mismos.

 

97

Somos un instrumento dotado de muchas cuerdas, pero generalmente nos morimos sin que hayan sido pulsadas todas. Así, nunca sabremos qué música era la que guardábamos. Nos faltó el amor, la amistad, el viaje, el libro, la ciudad capaz de hacer vibrar la polifonía en nosotros oculta. Dimos siempre la misma nota.

 

106

El más insignificante de los hombres deja una reliquia —su pantalón, una medalla, su carta de identidad, un rizo guardado en una cajita— pero son pocos los que dejan una obra. Por ello las reliquias me deprimen y las obras me exaltan. Por ello también rara vez visito la «casa del artista», se trate de Balzac, Beethoven o Rubens, y prefiero la compañía de sus libros, melodías o pinturas. Las reliquias segregan un aroma de tristeza, de fugacidad y sobre todo de ausencia, pues son el signo visible de lo que ya no está. Su valor es condicional: se conservan porque pertenecieron a tal o cual, pues de otro modo hace tiempo que serían polvo, como sus dueños. Nada más angustioso por ello que ver el sillón de Voltaire, la tabaquera de Bach o el pincel de Leonardo. Cosas deshabitadas. El espíritu pasó por allí, pero solamente pasó, para instalarse en la obra.

 

Soy un hedonista frustrado.

 

182

El artista de genio no cambia la realidad, lo que cambia es nuestra mirada. La realidad sigue siendo la misma, pero la vemos a través de su obra, es decir, de un lente distinto. Este lente nos permite acceder a grados de complejidad, de sentido, de sutileza o de esplendor que estaban allí, en la realidad, pero que nosotros no habíamos visto.

 

197

Hay momentos en que el sufrimiento alcanza tal grado de incandescencia que diríase nos cristaliza y nos vuelve por ello indestructibles.

 

145

El amor, para existir, no requiere necesariamente del consentimiento, ni siquiera del conocimiento del ser amado. Podemos querer a una persona que nos desprecia o incluso que nos ignora. La amistad, en cambio, exige la reciprocidad, no se puede ser amigo de quien no es nuestro amigo. Amistad sentimiento solidario, amor solitario. Superioridad de la amistad.

David Trueba; Ganarse la vida


Capítulo 2

Apartir de aquel día la lectura se convirtió en una búsqueda intensa de sentido y cordura en un mundo que, ya entonces, me parecía disparatado y agónico.


Capítulo 3

El poder sanador de lo humorístico.


Capítulo 3

No había esa obsesión de hoy por proteger a los chicos de lo desconocido, de lo que no podrán entender. La cultura asomaba en los medios de masas sin ser descartada por compleja o inescrutable, pues aún no se había empezado a usar la democracia para anular la democracia.


Capítulo 4

Yo en la escritura perseguía el placer y la aventura. Solo eso.


Capítulo 5

Truffaut tenía una personalidad irradiadora, es de esa gente que uno escucha y lee porque transmite pasión por lo que hace y además exhibe capacidades pedagógicas. Una de las cosas que sostenía siempre es que la primera señal de un artista ha de ser la insumisión, para empezar al servicio militar, y posteriormente a toda autoridad.


Capítulo 5

El mundo es un orfanato, escribió Marianne Moore en otro de sus versos magistrales.

lunes, 27 de junio de 2022

Will Schwalbe; El club de lectura del final de tu vida


Will Schwalbe; 
El club de lectura del final de tu vida

 

 

Mi hermana, mi hermano y yo disfrutamos de conversaciones y momentos extraordinarios con mi madre a lo largo de toda su vida, y también durante sus últimos años. Mi padre pasó con ella más tiempo que nadie -en el transcurso de décadas de matrimonio y al final-, y tanto su manera de cuidarla como el amor que se profesaban nos sirvieron de inspiración a todos nosotros.

 

Ya sabes casi con toda seguridad lo que te deparará el destino. Podría decirse que la tertulia literaria se convirtió en nuestra vida, pero sería más preciso decir que nuestra vida se convirtió en una tertulia literaria. Tal vez siempre lo había sido y fue necesario que mi madre enfermase para que nos diéramos cuenta. No hablábamos mucho sobre el club de lectura. Hablábamos de libros y hablábamos de nuestra vida.

 

Para los que aún no habéis leído En lugar seguro (o los que seguís fingiendo haberlo leído), es una historia sobre la amistad de dos parejas durante toda su vida: Sid y Charity, y Larry y Sally. Al principio de la novela, Charity se está muriendo de cáncer. Así que cuando lo acabé, sentí la necesidad de hablar del tema con mi madre. La novela nos ofreció una manera de abordar algunas cosas a las que se enfrentaba ella y algunas cosas a las que me enfrentaba yo.

 

Los libros siempre habían sido para nosotros dos una manera de sacar a colación y explorar temas que nos preocupaban pero que nos resultaban incómodos, y también nos habían dado temas de conversación cuando estábamos estresados o ansiosos.

 

Como en muchos clubes de lectura, las conversaciones iban y venían de las vidas de los personajes a las nuestras.

 

No leíamos únicamente «grandes libros», leíamos al azar, con promiscuidad y por capricho.

 

Los libros la ayudaban a centrarse, la tranquilizaban.

 

Rebosante de pasión e ingenio.

 

Tenía tantos amigos de sus muchas vidas distintas

 

Una de las mejores amigas de mi madre desde la escuela preparatoria contrató y pagó a una cocinera para que fuera una vez a la semana a servir la cena, de modo que mi madre pudiera invitar a un pequeño grupo de amigos sin cansarse más de lo debido, o sencillamente compartir una deliciosa comida casera con mi padre si no estaba de ánimo para recibir visitas.

 

Otros escribieron acerca del efecto que había tenido mi madre en sus vidas.

 

¿Por qué no disfrutar mientras puedes de la alegría de saber que llegaste a conmover a otras personas durante tu vida?

 

El destino y los efectos de las decisiones que toma la gente. Creo que la mayoría de los libros buenos comparten esa temática -señaló ella.

 

Esa es una de las virtudes de los libros. Nos ayudan a hablar. Pero también nos aportan algo de lo que todos podemos hablar cuando no queremos hablar de nosotros mismos.

 

Mi madre me confesó entonces, mientras seguíamos allí sentados, que creía de verdad que la vida íntima era íntima. Los secretos, estaba convencida, rara vez explicaban o disculpaban nada en la vida real, o revestían mucho interés siquiera. La gente contaba más de la cuenta, dijo, no menos de lo debido. Creía que uno tenía que ser capaz de mantener su vida privada en la privacidad por cualquier motivo, o incluso sin motivo alguno. Lo aplicaba igualmente a los políticos -siempre y cuando no fueran unos hipócritas- y mucho se temía que no encontraríamos nunca gente lo bastante buena e interesante para ocupar un cargo si nos dedicáramos a fisgonear en todos los rincones de su pasado.

 

En realidad no había dejado tiempo para la tristeza. Me había mantenido ocupado con mi trabajo y también con las facturas, la tintorería y los correos, todas las tareas triviales que colman mi vida

 

La energía y la chispa que poseían, y también su sonrisa.

 

Su sonrisa abarcaba todo su ser.

 

Estaba, creo yo, orgullosa de su autocontrol, como si fuera una forma de ascetismo moderado.

 

Hay autores que llenan hasta el último milímetro del lienzo: todo se describe y se detalla; no existe nada que no se mencione. Igual que en la descripción de una oferta inmobiliaria, si algo es digno de decirse, ciertos autores lo dicen. (Si en una oferta inmobiliaria no pone «luminoso», puedes apostar a que el apartamento es de una oscuridad estigia; si no dice que hay ascensor, carece de él; y si no dice «ambiente seco», es que reina allí la misma humedad que si lo atravesara un río). Los escritores que «lo dicen todo» suelen ser más de mi gusto: Dickens y Thackeray, y el Rohinton Mistry de Un perfecto equilibrio. Mi madre prefería los autores que pintan con unas cuantas pinceladas. Adoraba el arte abstracto y yo adoro el figurativo.

 

Lo que se celebraba en ambas ocasiones era el paso del tiempo, claro, pero también la vida. Aun así, no quería dejar de lado por completo dónde estábamos y hacia dónde nos dirigíamos.

 

No tenía ni la menor idea de cómo vivir su muerte.

 

Todos estamos muriendo y ninguno sabemos cuándo nos llegará la hora; podrían quedarnos décadas o ser mañana, y sabemos que tenemos que vivir nuestra vida con la mayor plenitud posible. Pero, en serio, ¿quién puede prestarse a esa treta mental? Hay una diferencia inmensa entre ser consciente de que podrías morir en los dos próximos años y saber que, efectivamente, es casi seguro que morirás.

 

Celebra algo siempre que surja la oportunidad.

 

Siempre que lees algo maravilloso te cambia la vida.

 

Yo estaba aprendiendo que cuando estás con alguien que se está muriendo, tienes la necesidad de celebrar el pasado, vivir el presente y llorar el futuro, todo al mismo tiempo.

 

No hay que dar nada por sentado respecto a una persona. Nunca se sabe si alguien puede ayudarte y se prestará a hacerlo hasta que se lo pidas. Así que nunca hay que pensar que alguien no podrá o no querrá por causa de su edad, su trabajo u otros intereses, o de su situación económica.

 

La alegría no se deriva de si los personajes viven o mueren, sino de lo que han comprendido y logrado, o de cómo se les recuerda.

 

Una clase especial de valentía y determinación.

 

Echaría de menos conocerla mejor.

 

Eran los compañeros y los maestros de mi madre. Le habían mostrado el camino. Y ella los podía mirar mientras se preparaba para la vida eterna que, como bien sabía, la aguardaba.

 

Epílogo


Naturalmente, las tertulias también nos aportaron una buena cantidad de libros de toda clase que leer, libros que degustar, sopesar y disfrutar; libros que ayudarían a mi madre en su viaje hacia la muerte, y a mí en el mío hacia la vida sin ella.

 

Epílogo

Pienso a menudo en las cosas que me enseñó mi madre. Hazte la cama todas las mañanas; da igual que no tengas ganas, tú háztela. Escribe notas de agradecimiento de inmediato. Deshaz la maleta, aunque solo vayas a pasar una noche en ese lugar. Si no llegas con diez minutos de antelación, es que llegas tarde. Muéstrate alegre y escucha a la gente, aunque no estés de ánimo. Dile a tu pareja (tus hijos, nietos, padres) que la quieres todos los días. Usa papel tapiz para forrar las cómodas por dentro. Ten siempre a mano.

 

Epílogo

Unos cuantos regalos (mi madre tenía un «cajón de los regalos») para que siempre puedas dar algo a la gente. Celebra los acontecimientos. Sé amable.

 

Epílogo

Su convicción de que los libros son la herramienta más poderosa en el arsenal humano, que leer toda suerte de libros, en el formato que uno elija -electrónico (aunque no era para ella), impreso o audiolibro- es el mejor entretenimiento, y también es la manera en que uno toma parte en la conversación de la humanidad. Mi madre me enseñó que se pueden cambiar las cosas en este mundo y que los libros tienen importancia: son la manera de averiguar lo que tenemos que hacer en esta vida, y el modo de decírselo a los demás. Mi madre también me enseñó, en el transcurso de dos años, docenas de libros y cientos de horas en hospitales, que los libros pueden ser el modo de intimar, y de seguir cerca, incluso en el caso de una madre y un hijo que ya estaban muy cerca de entrada, y siguen estándolo incluso después de la muerte de uno de ellos.

 

Mercedes Salisachs; El secreto de las flores

1 Y lo que es peor, el desmoronamiento se produjo de repente, sin que hubiera intervenido antes un signo de alerta, ni los ecos de aquella n...