jueves, 29 de septiembre de 2022

Sándor Márai; La Gaviota


 


Qué poco sabemos de nosotros mismos! ¡Qué poco de nuestro cuerpo! ¿Qué podemos saber, pues, de nuestra alma, cuya naturaleza desconocemos por completo y de la que sólo percibimos reacciones? ¿Y del alma de los demás, que conocemos menos aún que la nuestra? ¿Qué podemos saber los hombres unos de otros?…

 

Al miedo y la amenaza los sigue una especie de espasmo, una huida. En circunstancias así, todos buscan algún refugio.

 

Poemas cuya lectura provocaba un hormigueo en el cuerpo.

 

Y luego, una mañana, aquel extraño silencio. Cuando algo llega a su fin, siempre se impone un silencio extraño: tanto en el mundo como en el corazón de las personas.

 

En estos años también se ha fraguado su propia guerra mundial, su propia historia mundial.

 

Si no lo matan, si no comete ningún error fatal, si practica deporte y se nutre de buenas lecturas, si no se entrega a algún miedo o pasión enloquecedores, a la desesperación creciente y anhelante ante lo efímero de la juventud, aún le quedan unos diez años aceptables. No demasiado buenos, pero sí lo suficiente. Debemos mostrarnos siempre atentos y corteses también con nosotros mismos.

 

Qué refinados éramos y qué heridos nos sentíamos, como si entre dos guerras lleváramos en el equipaje una especie de pena portátil metida en una bolsa; una pena hecha de poemas, música, libros de historia de la época y de «la crisis» y artículos de prensa; una pena personal destilada con los vestigios de dos mil años de recuerdos de cultura cristiana, que sólo era nuestra, de los iniciados, made in Europe.

Esa forma de acicalarse exagerada y escandalizadora de algunas mujeres, que se visten por encima de su situación y destino.

 

A veces las personas se enteran de lo que resulta decisivo para su destino sin necesidad de radio ni periódicos.

 

Yo le tenía cierto miedo, como se le teme a un demente, no tanto a la persona del loco en sí, sino a la fuerza silenciosa y fiera que personifica.

 

El conoció el dolor, lo lloró, luego lo ocultó a los ojos del mundo, de alguna manera lo disecó y lo guardó en la sala conmemorativa de sus recuerdos como si se tratara de una momia con bellos adornos. No te engañes, el dolor causado por el amor también se cura. Queda el luto, una ceremonia oficial de desconocidos, y el recuerdo.

 

En el fondo de la vida humana está el beso; un beso, porque sólo a través del beso los cuerpos pueden exteriorizar lo que persiguen a lo largo de la vida; un beso, porque entre hombre y mujer sobran las palabras. El beso ya es un hecho, pues ha llegado el momento, ese momento inaplazable, en el que todo lo que pueda ocurrir sin que medie el beso carece de sentido. Es ese gesto ávido e inevitable, ese encuentro torcido y maravilloso de dos epidermis resecas, por encima de costumbres, impulsos y ritos; ese mordisco dócil; ese gesto de rapaz domesticado que el hombre aún conserva en sus nervios y labios como atavismo de lo que, en los inicios de los tiempos y la vida humana, era temible, sangriento y mortal… Se han besado porque no han podido evitarlo.

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